26 ago. 2015

Jacobo Zabludovsky y el terrible juicio de las redes sociales

Hace un par de semanas en una entrevista para el diario italiano La Stampa, Umberto Eco cimbró a la opinión pública global con una carga de profundidad al declarar que las redes sociales le han dado el derecho de hablar a “legiones de idiotas” que se sienten “portadores de la verdad” pontificando sobre prácticamente cualquier tema con la misma pretendida autoridad intelectual de un premio Nobel. Como era de esperarse, además de generar una intensa polémica, el autor de El nombre de la rosa fue sentenciado al escarnio público por esas mismas huestes que criticó con dureza.

Si bien sus palabras hicieron blanco justo en el centro de un fenómeno cada vez más frecuente y preocupante como lo es la presteza de las redes sociales para elaborar y difundir juicios poco sustanciales fundados en información tergiversada o tendenciosa, lo cierto es que también plantean entre líneas un debate en torno a los alcances de la libertad de expresión como punta de lanza de lo que podría considerarse como la democratización del conocimiento y de la propia información, que ha dejado de procesarse en las mesas de redacción de la prensa, en las oficinas de alguna agencia gubernamental o en los cubículos universitarios. Ahora es creada, modificada o inclusive eliminada en línea por comunidades virtuales de aficionados -que no necesariamente expertos- a diversos temas.

Lo anterior ha propiciado la creación de una multiplicidad de versiones de la realidad que lejos de cultivar el conocimiento y nutrir a la opinión pública lo distorsionan y la confunden, respectivamente; amén de fomentar una especie de absolutismo moral desde el cual también se juzga y condena a todo aquello que no comulgue con los valores de la versión de la realidad escogida.

Esto último es lo que ha sucedido recientemente en México con el lamentable fallecimiento de Jacobo Zabludovsky, personaje con claroscuros -como sin duda los tienen todos aquellos que han participado en la arena pública- pero ineludible en las futuras reconstrucciones históricas del México contemporáneo.

Apenas un somero asomo a las redes sociales es suficiente para notar cómo ese fenómeno denunciado por Umberto Eco se ha reproducido fielmente: cientos de usuarios de Facebook y Twitter formulando juicios ligeros y poco informados sobre un periodista que fue simultáneamente obra y artesano de su propio tiempo.

No se adelante el lector a concluir que el resto de las líneas de este texto son una apología de Zabludovsky en contra de las huestes de portadores de la verdad que lo han acusado de manipulador de la verdad y vocero oficioso de gobiernos poco o nada comprometidos con la libertad de expresión y la democracia, porque no es la intención; como tampoco lo es aportar combustible a la pira en la que su tribunal inquisitorio ha decidido condenarlo.

Más bien la intención es invitarlo a colocar al personaje en su tiempo histórico y formarse una opinión informada y equilibrada. Es cierto que como el único comunicador de alcance nacional en la etapa embrionaria de la televisión hizo mutis en muchos acontecimientos informativos; pero también lo es que desempeñó un rol fundacional en el periodismo profesional cuya enseñanza se instituyó a nivel universitario hacia los años cuarenta.

Por otra parte, la relación entre el periodismo y el poder tiene dos facetas: una de fiscalización y denuncia de los excesos de los gobernantes y otra de contubernio y ocultamiento de la información. A lo largo de su extensa trayectoria Zabludovsky conoció de cerca esas dos caras y fue precisamente su sensibilidad para identificar el momento de cambiar y su capacidad para rectificar, lo que lo mantuvo vigente hasta el momento de su partida.


Difícilmente habrá entre los cientos de sus inquisidores alguno que tenga esa habilidad y talento.

El Imparcial 05/07/2015 

Los retos de Ricardo Anaya

La elección de Ricardo Anaya como dirigente nacional del PAN ha tratado de presentarse ante la opinión pública por parte de la corriente interna de militantes que apoyaron su postulación, como una oportunidad de renovación, reordenamiento y rescate de la identidad que caracterizó a dicho partido durante muchos años. No obstante, ese optimismo está más forzado por el voluntarioso deseo de superar rápidamente la crisis que atraviesa ese organismo político con una fórmula simplona, que por factores objetivos cuyo análisis permita concluir que, efectivamente, el joven político queretano representa una opción reformadora y claramente opositora al Gobierno Federal.

Lo anterior porque una revisión apenas somera a la trayectoria pública de Anaya da cuenta de que el éxito de su carrera no está basado tanto en sus meritos y talentos personales, como en sus nexos con un grupo de militantes pragmáticos que han desempeñado roles protagónicos tanto en la organización interna del PAN, como en la administración pública y, recientemente, en la interlocución con el PRI-Gobierno para la negociación y aprobación de las llamadas reformas estructurales. De ahí que a diferencia de otros dirigentes nacionales de su partido como Felipe Calderón, Carlos Castillo Peraza o Luis H. Álvarez, Anaya carezca de una sólida formación ideológica y doctrinal, la cual ha sustituido con relativa eficacia explotando su condición y apariencia de juventud, como si ésta por sí sola fuera garantía de cambio y transformación cuando no necesariamente ocurre así. Piénsese por ejemplo en la figura de Manuel Velasco, el también joven gobernador de Chiapas militante del Partido Verde, quien en los comicios locales recientemente realizados en su estado demostró ser un experto conocedor de las peores prácticas antidemocráticas que prevalecieron en el país durante décadas.

Así pues, el supuesto distanciamiento de Anaya respecto a los personajes que lo formaron e impulsaron políticamente, tales como Gustavo Madero y Rafael Moreno Valle se vuelve inevitablemente objeto de suspicacia por más señales que envíe en sentido inverso a los militantes antagonistas a su novel liderazgo; como por ejemplo el intento de nombrar a Marko Cortés como coordinador de los diputados federales del partido, seguida de la aparente “rebelión” de los legisladores afines a Madero externando su deseo de que sea éste quien asuma la conducción del grupo parlamentario.

Si realmente hay en el denominado “joven maravilla” un ánimo transformador de su partido éste se verá cuando asuma tareas realmente apremiantes para limpiar la imagen del panismo, tales como el combate a los “moches” exigidos a gobernadores y alcaldes a cambio de gestionar recursos para el financiamiento de obras y programas durante la discusión del presupuesto de egresos; o bien, si apuesta por construir equilibrios internos incorporando en funciones directivas a grupos disidentes, como el encabezado por su adversario en la contienda por la dirigencia nacional, el senador Javier Corral. Esto, desde luego, si el canto de las sirenas de la sucesión presidencial no logra distraerlo de sus tareas como dirigente, pues de ser el caso caería en el mismo error cometido por dirigentes de otros partidos (Roberto Madrazo en 2006), quienes en lugar de reconstruir y unir para llegar en condiciones competitivas a la disputa electoral, dividieron y polarizaron anteponiendo sus aspiraciones personales al proyecto partidista.

Hace muchos años, cuando el PAN estaba en pleno proceso de tránsito de una oposición testimonial a otra que se había propuesto disputarle abiertamente el poder por la vía electoral al PRI, Carlos Castillo Peraza -probablemente el último líder estatura intelectual que tuvo el panismo- planteó a la militancia el dilema de ganar el poder sin perder el partido.

El periodo de alternancia de 2000 a 2012 y la crisis interna que siguió a la pérdida de la Presidencia de la República evidenció que los panistas fueron incapaces de lograr el propósito planteado por Castillo Peraza; es decir, ganaron el poder pero además de que supieron apenas muy poco sobre qué hacer con él, se perdieron a sí mismos en sus disputas facciosas.

Sin embargo, como las crisis son también oportunidades, Ricardo Anaya está ante la circunstancia de reencontrar a su partido consigo mismo para asumirse como una oposición crítica, fiscalizadora de la actuación gubernamental y promotora de la consolidación de la democracia en el país. No es una tarea fácil, desde luego, pero si en los horizontes que se ha trazado el joven dirigente está el ganar nuevamente el poder, debe ser consciente de que primero tendrá que ganarse al partido auténtico; es decir el de la militancia y no el de las elites cuyas sombras se ciernen hasta ahora sobre su figura.



De pasada: ¿A alguien le sorprende que la Secretaría de la Función Pública haya exonerado al Presidente y al secretario de Hacienda del posible conflicto de interés por sus inmuebles financiados por Grupo Higa?

El Imparcial 23/08/2015

El Partivo Verde y el INE, qué tanto es tantito

Es común que después de un proceso electoral -como el que tuvo lugar el pasado 6 de junio- los partidos políticos entren en una etapa de evaluación interna de su desempeño en función de los resultados obtenidos, seguida inmediatamente por los ajustes que consideren convenientes para emprender nuevas estrategias que les permitan alcanzar sus objetivos primordiales: ganar y conservar el poder, en el caso de los partidos gobernantes, y fiscalizar al gobierno y disputarle el poder, en el caso de los partidos opositores.

En México los principales partidos se encuentran en una fase de reacomodos con miras a la gran batalla electoral de 2018, en la que se disputará la Presidencia de la República. En ese horizonte se enmarcan los procesos de renovación de las dirigencias nacionales del PRI y el PAN, así como el ajuste de cuentas entre “las tribus” sobrevivientes del PRD, que exigen el sacrificio y sustitución de su actual dirigente nacional.

En los tres casos es notoria la precaria transparencia y equidad de las reglas para normar la sustitución de sus elites dirigentes, lo cual resulta irónico y paradójico pues los principales promotores de la democracia adolecen de métodos democráticos para conducir su vida interna.

Sin embargo esa circunstancia no es exclusiva de los grandes partidos, también ocurre y quizá en mayor grado entre los partidos medianos y pequeños, sólo que no es tan visible debido al poco interés mediático que suscitan esas organizaciones; o por lo menos así ocurría hasta antes de la desaseada emergencia del Partido Verde en la pasada contienda electoral, cuando emprendió una agresiva campaña publicitaria de posicionamiento de su marca-producto mucho antes de los tiempos marcados por la ley para el inicio formal de las campañas electorales.

Posteriormente, ya durante la campaña, vulneró la protección de los datos personales de cientos de miles de ciudadanos al enviarles aleatoriamente por correo postal diversos productos promocionales. Pero ahí no terminó su violación de las reglas de la competencia electoral, pues el día de las votaciones se valió de las cuentas en redes sociales de diversas figuras públicas para promocionar el voto a favor de sus candidatos.

Ante esa violación sistemática de la legislación electoral se hubiera esperado una respuesta enérgica por parte de la autoridad, en la que incluso la aplicación del castigo máximo para un partido infractor que es el retiro de su registro se percibía viable. Pero en vez de eso, el INE sentó un preocupante precedente de la interpretación y aplicación de la ley a voluntad de los consejeros, bajo la sombra de presiones y en respuesta a intereses particulares, lo cual vulnera el principio de autonomía del árbitro electoral.

En este sentido, el argumento esgrimido por el consejero presidente del INE, el mismo que fue exhibido en una conversación telefónica privada en la que se mofaba de un presunto líder indígena, es que el retiro del registro hubiera significado lesionar los derechos políticos de los militantes de dicho partido; sin reparar en que las acciones emprendidas por el Verde violaron el principio de equidad en la contienda. Y aunque el planteamiento es válido, la señal enviada a la sociedad es que la autoridad encargada de aplicar la ley puede torcerla y que no importa transgredirla, porque el castigo nunca será proporcional a la falta.


Eso representa un golpe a la legalidad, al desarrollo democrático y al Estado de Derecho. Pero en la lógica de los consejeros del INE, qué tanto es tantito. 

El Imparcial, 16/08/2015

10 ago. 2015

Beltrones; que siempre sí

Al ser entidades de interés público por disposición constitucional, lo que suceda en la vida interna de los partidos políticos es de incumbencia de todos los ciudadanos y no únicamente de sus militantes, pues además de financiar su funcionamiento con recursos provenientes de los impuestos cobrados por el fisco, son los puentes formales de comunicación entre la sociedad y sus gobernantes dentro del modelo democrático de representación política vigente en México.

De ahí que la inminente designación de Manlio Fabio Beltrones como próximo dirigente nacional del PRI sea un tema de alcance nacional. Y lo es no sólo porque su partido ostenta la Presidencia de la República, sino también porque es la primera fuerza política en todo el país al gobernar 20 estados y más de mil municipios en los que habita poco más del 60% de la población. Adicionalmente, es la organización partidista más longeva con 86 años de existencia ininterrumpida, contados a partir de la fundación del PNR en 1929.

Con estos datos en consideración se entiende con mayor claridad el rol estratégico de la dirigencia nacional del PRI como fuente e instrumento de poder. De ahí que el presidente Peña Nieto haya decidido recuperar una añeja regla no escrita del sistema político tan pronto como tomó posesión del cargo, según la cual el Jefe del Ejecutivo surgido de dicho partido debía ser su líder real e indiscutible. En esa lógica e impulsado por el bono de legitimidad obtenido en las urnas, operó para que César Camacho -perteneciente a su mismo grupo regional- asumiera la Presidencia del Comité Ejecutivo Nacional en diciembre de 2012.

Sin embargo, pese a la creencia difundida y reproducida recientemente por muchos comentaristas en el sentido de que la toma de decisiones respecto al rumbo y la vida interna del PRI es facultad unipersonal del Presidente de la República, la realidad es mucho más compleja y precisa de un conocimiento más detallado del funcionamiento de los partidos políticos en general y de la evolución histórica del PRI en particular.

En primer término, los partidos no son organizaciones homogéneas. Ciertamente sus integrantes comparten objetivos comunes tales como ganar y mantener el poder, pero también tienen intereses particulares que promueven y defienden. Por tal razón, si bien ante sus adversarios se muestran como un bloque unido, al interior sus distintos grupos mantienen una permanente concertación y disputa por los espacios de dirección y administración en los que se deciden asuntos estratégicos como las políticas de alianzas, las plataformas electorales, la designación de los candidatos y el financiamiento de las campañas.
En segundo lugar, la evolución histórica del PRI tiene lugar desde una confederación de pequeños partidos regionales, controlados por caciques locales, hacia una organización de organizaciones que prácticamente englobó a todos los sectores sociales presentes en el país al término de la Revolución de principios del siglo XX. Durante esa etapa el partido sirvió como soporte social del nuevo régimen político que tenía en el Presidente de la República al árbitro de los conflictos surgidos entre tales sectores y entre los grupos políticos regionales.

En este sentido, la tarea principal del Presidente como árbitro era consultar y consensuar entre todos los sectores para tomar decisiones que permitieran administrar los conflictos o encontrarles salidas; para lo cual, además de tener un talento negociador, el jefe del Ejecutivo también disponía con un sistema de incentivos, recompensas y castigos muy efectivo.

A la luz de este sucinto panorama resulta ingenuo pensar que la llegada de Beltrones a la dirigencia del PRI fue una decisión unipersonal del presidente Peña Nieto, sin mediar consulta previa con los sectores del partido. De haber sido el caso, había un abanico de perfiles mucho más próximos a los afectos del primer mandatario del cual pudo haber escogido a uno para imponerlo, sustentado en su presunto poder absoluto al interior del partido sin encontrar mayor resistencia.

Sin embargo, a la luz del delicado momento que atraviesa el gobierno en términos de popularidad y percepción de eficacia de sus programas y acciones, el Presidente fue sensible a los signos de desgaste; de ahí que haya decidido respaldar la aspiración del operador político más experimentado de su partido, sobre todo mirando hacia 2016 y 2017 cuando se disputarán 14 gubernaturas, algunas de las cuales serán objeto de contiendas muy cerradas con la oposición (Chihuahua y Veracruz, por ejemplo).

Por otra parte, el arribo de Beltrones al mando del PRI debe leerse también como la posibilidad de abrir espacios en el partido y eventualmente en el gobierno a grupos internos que fueron desplazados o eclipsados por la alianza regional entre los priistas mexiquenses e hidalguenses que, de continuar esa situación, podrían propiciar que esos grupos marginados operen para partidos en los procesos electorales que se avecinan.

Por supuesto, la apertura de esos espacios también podría suponer la construcción de una red de alianzas y lealtades que eventualmente puedan respaldar la postulación de Beltrones como candidato presidencial. Pero esto último tendrá que pasar primero por la aduana de los resultados que entregue como estratega electoral. Al tiempo.

El Imparcial 09/08/2015

6 ago. 2015

Hacia el 2018: el PRI y la sucesión presidencial

Pese a que fue uno de los claros ganadores del pasado 7 de junio al lograr que dos cuadros de su círculo más cercano ganaran las gubernaturas de Sonora (Claudia Pavlovich) y Campeche (Alejandro Moreno) respectivamente, Manlio Fabio Beltrones ha optado por un bajo perfil mediático después de haber hecho pública su aspiración de asumir la dirigencia nacional del PRI.

 
Conocedor de las añejas reglas del juego en torno a la disputa por el poder -que pareciera retomaron fuerza y vigencia luego del retorno de su partido a la Presidencia de la República- probablemente Beltrones optó por obedecer aquella que dicta que en política hay tiempos para sumar, para sumarse y para sumirse; sin que esto último signifique que haya declinado a continuar operando su sobrevivencia política en un ambiente que le es hostil, debido a que sus adversarios dentro del PRI y principalmente dentro del Gobierno Federal lo perciben como un líder experimentado, inteligente, hábil y con la suficiente astucia como para proyectar su sombra incluso por encima de quien debería ser el dirigente natural del partido según lo estipulado por otra de esas arcaicas reglas, es decir, el Presidente de la República.

 
De ahí que el anuncio de sus aspiraciones políticas coloque al presidente Peña y a sus asesores en la difícil disyuntiva de, o sacar de circulación a un activo que tan buenos servicios prestó al Ejecutivo para sacar adelante en el Congreso su agenda reformadora sin mayores contratiempos y con los más amplios consensos posibles, o bien, dejarlo pasar hacia la dirigencia nacional del partido, con el consabido riesgo de que ese movimiento significaría compartir con él el control de la sucesión presidencial en 2018 o incluso permitirle construir su propia candidatura presidencial como en su momento lo hiciera Roberto Madrazo.

 
Y es que a últimas épocas las dirigencias nacionales de los partidos dejaron de ser instancias meramente burocráticas de arbitrio entre los diferentes grupos internos en disputa por diversos cargos de representación, para convertirse en plataformas de proyección personal e instancias de negociación y construcción de acuerdos con las demás fuerzas políticas para reproducir su propia hegemonía (lo que comúnmente se ha dado en llamar partidocracia).

 
De manera particular, en el caso del PRI la presidencia de su Comité Ejecutivo Nacional pasó de ser un instrumento empleado por el Presidente de la República en turno para articular el apoyo social y político a su programa de gobierno y administrar la carrera política de los principales cuadros del partido mediante la disciplina y la lealtad con miras a la sucesión, a una instancia privilegiada de interlocución con el gobierno federal desde una posición opositora durante la etapa de la alternancia (2000-2012).

 
Y fue precisamente en esa etapa en la que Beltrones logró relanzar su trayectoria política -congelada durante el sexenio de Ernesto Zedillo- negociando con los gobiernos panistas acuerdos que abonaron a la gobernabilidad en etapas tan críticas como la que prevaleció después del proceso electoral de 2006.

 
El regreso del PRI a la Presidencia de la República en 2012 propició nuevamente la supeditación de la dirigencia nacional hacia la figura del jefe del Ejecutivo, tal como fue demostrado con la elección de Pedro Joaquín Coldwell al frente del partido en 2011 y su relevo al año siguiente en la figura de César Camacho.

 
La eventual llegada de Beltrones a esa posición no sólo lo colocaría en el centro de la atención mediática dado su prestigio personal, sino también en la posibilidad de tejer territorialmente una red de lealtades políticas a la luz de los procesos electorales que se avecinan en el camino hacia 2018, en los que estarán en juego 15 gubernaturas, cientos de diputaciones locales y cerca de un millar de cargos municipales.

 
Eso lo saben muy bien sus adversarios y el propio Beltrones, hijo político y principal pupilo del legendario fundador de la inteligencia civil en México -don Fernando Gutiérrez Barrios- sabe que lo saben. De ahí la cautela con la que se ha conducido durante las últimas semanas.

 
Así las cosas, lo cierto es que el todavía coordinador de los diputados federales del PRI tiene el suficiente capital político y capacidad negociadora para poder acordar personalmente con el presidente Peña su llegada a esa posición.

 
En los próximos días veremos si echa mano de esos recursos.

El Imparcial, Julio 2015.

En la política como en el fútbol...

Un espacio de opinión dedicado al análisis político de coyuntura -como pretende ser éste- no debería ocuparse de un asunto tan baladí como la agresión de un entrenador de fútbol a un comentarista deportivo, porque en principio es un tema más propio de las notas de espectáculos que de la escena política. Aunque hay que reconocer, no sin tristeza y preocupación, que muchas veces la política ofrece más espectáculo que la farándula televisiva o deportiva.

Sin embargo cuando se observa más allá de la superficie del hecho noticioso aludido, es posible identificar el nivel de repercusión y diseminación del fenómeno de la violencia en México; particularmente la ejercida en forma sistemática en contra de los periodistas desde hace cuando menos una década. Es entonces cuando algo aparentemente frívolo adquiere relevancia analítica, pues las amenazas, los intentos de censura y las agresiones son expresiones de intolerancia y represión de la libre expresión, que es uno de los derechos esenciales para la construcción de una sociedad democrática.

Y es que, en efecto, hay un elemento de fondo más allá de la conjetura simplista de que la agresión del director técnico de la Selección Nacional de fútbol, Miguel Herrera, en contra de Christian Martinoli, comentarista deportivo de TV Azteca, es un distractor para desviar la atención de la opinión pública de problemas tan apremiantes como la corrupción que posibilitó la fuga de Joaquín Guzmán, el rumbo errático de la economía reflejado en la inestabilidad del tipo de cambio o la pauperización social (2 millones de nuevos pobres en lo que va del sexenio, según el CONEVAL). Se trata de la actitud poco tolerante a la crítica de la gran mayoría de los personajes públicos en México, sean éstos políticos, empresarios, deportistas, escritores, músicos, similares y/o conexos; los cuales infieren con una mentalidad bastante primitiva que su sola condición de popularidad o celebridad los hace admirables y hasta venerables, pero intocables y casi que infalibles.

Este fenómeno además de encontrar obvia explicación en el autoritarismo en el que fueron formados y a cuya reproducción aportan con sus comportamientos, también se explica por la persistencia de una práctica cultural a lo largo del tiempo en ese complejo universo nacional que alguna vez Guillermo Bonfil Batalla denominara como México profundo. Y es que como resultado de la mezcla entre el animismo y el naturalismo prehispánicos con el catolicismo pueblerino de los conquistadores españoles, nuestro mestizaje dio cabida y contribuyó a la consolidación del culto a los ídolos, colocándolos en pedestales e incluso dedicándoles una fiesta anual. Esta idolatría, según las principales corrientes de interpretación psicoanalítica, constituye el cimiento sobre el que se asienta un tipo de sociedad tradicional, sumisa, reverente y temerosa.

Extrapolado este supuesto a la realidad mexicana tenemos como resultado una especie de Olimpo de ídolos seculares, déspotas e intolerantes que son venerados por amplios sectores de una sociedad cuyos integrantes apenas si ejercen tímidamente sus roles individuales como ciudadanos, consumidores o aficionados.

De ahí que todo sea tolerado, soportado perdonado y olvidado, pues exigir y reclamar son, en esa perspectiva, actos sacrílegos. Eso explica nuestro pobre desarrollo político y la ínfima preparación de nuestra clase dirigente (cuya forma de ejercer el poder podría catalogarse no sin cierta sorna como mirreyismo). Ya no se diga la deplorable calidad de los contenidos de nuestros medios de comunicación, especialmente la televisión, y el pésimo desempeñó de los representativos nacionales en las competencias deportivas.

Pero más importante aún, la idolatría y la zalamería en torno a ella construida explican la intolerancia hacia la crítica y la denuncia, que son vistas como un sacrilegio inaceptable que debe ser castigado. Ahí está el germen de la violencia. Por eso en la política como en el fútbol, en los negocios, en la cultura, etcétera, tenemos a los representantes que merecemos; no como una suerte de condena, sino como resultado de nuestra propia herencia cultural.

Sin embargo no se trata de un destino manifiesto al que estoicamente haya que resignarse, pues precisamente la crítica y la denuncia periodísticas son los instrumentos adecuados para derruir los cimientos de esa sociedad reverencial que no exige, no participa y no discute. Por eso hay que condenar la violencia en contra de los periodistas, sean estos de la fuente que sea y por el motivo más trivial que parezca.

Al final, despojados de su aurea de devoción, los presuntos ídolos son hombres y mujeres falibles; pero sobre todo personajes públicos cuyas acciones, omisiones, acciones y comportamientos en la esfera pública impactan en el ánimo y la vida cotidiana de la colectividad. Por eso su desempeño debe ser sometido al escrutinio y sus excesos tienen que ser exhibidos. El periodismo y ahora también las redes sociales desempeñan esta función. Es nuestra tarea respaldarla si queremos superar la idolatría, la violencia y el autoritarismo, para avanzar hacia la construcción de una sociedad más crítica, exigente y democrática.

Voy a regresar

Después de muchos meses sin actividad en este espacio y por aclamación de mi club de fans, voy a regresar.

Sólo que ahora en lugar de publicar las estupideces habituales reproduciré aquí las estupideces que un diario de un estado del suroeste del país me hace el favor de difundir entre sus lectores; razón por la cual aprovecho este casi anónimo espacio para ofrecerles una sentida disculpa a esos lectores y pedirles que no me guarden rencor y no me declaren persona non grata, pues las playas de ese estado me gustan mucho, así como su comida y en general toda su cultura.

Aunque ha pasado ya demasiado tiempo, me da gusto que aun haya quien se tome unos minutos de su valioso tiempo para leer las sandeces que en otros tiempos escribí copiosamente en este espacio...

... creo que ya escribo como chavo-ruco; aunque chavito precisamente ya no soy. Supongo que en algún momento, como les sucede a las frutas, yo también maduré.

En fin, que si aun hay alguno de los otrora habituales que todavía se eche sus vueltas por acá para ver si hay alguna nueva entrada, le envío un cálido saludo y las infinitas gracias por su persistencia. Sólo espero que no me envíe la cuenta de su terapeuta por concepto de daño neuronal.

Sí; sigo vivo y espero retomar gradualmente este espacio.

Saludos