21 feb. 2013

Acerca de la intelectualidad (in)orgánica...

... a propósito de algunas taras ideológicas adquiridas durante la formación universitaria.

Ahora que he regresado a tomar clases, aunque sean de diplomado, después de no hacerlo desde hace ya unos 6 años, tengo una perspectiva distinta del quehacer académico. Supongo que buena parte de esa nueva visión está relacionada con mi incursión en un campo de ejercicio profesional mucho más práctico y pragmático, en el que tengo la oportunidad de ser testigo de primer orden de uno de los procesos de toma de decisiones más importantes que puede tener un país y es el relacionado con la hechura del marco jurídico al que deben ceñirse las políticas públicas y, en general, todas las actividades productivas.

Decía, pues, que la experiencia profesional acumulada a lo largo de estos años fuera del ámbito académico me ha dado la oportunidad de tener un enfoque distinto respecto a la docencia, investigación y difusión de la cultura a nivel universitario.

Si ya desde que -en mis años mozos- había decidido constituirme en un advocatus diavoli y crítico del establishment oligárquico que prevalece en todos los ámbitos de la vida social, cultural y política del país, había mostrado una actitud escéptica hacia las vacas sagradas de la calumnia y opinión política (o era columna), que pretenden cambiarnos el oro por espejitos, o lo que es lo mismo, impresionarnos con una palabrería bofa y carente de lógica argumentativa, ahora, ya con conocimiento de causa acerca de cómo funciona realmente el mundo político, esa actitud ha madurado aún más.

Quizá por eso, ahora que vuelvo a un salón de clases y escucho las participaciones de mis compañeros, con variopintas formaciones profesionales y grados académicos, creo poder distinguir con mucho más claridad no sólo a aquellos que realmente aprovecharon su paso por la universidad para adquirir conocimientos sólidos y perspectivas ecuánimes del ejercicio de sus respectivas disciplinas, sino principalmente a aquellos que tuvieron la fortuna de formarse un auténtico espíritu crítico, es decir, a aquellos que tienen la capacidad intelectual de formular apreciaciones fundadas y razonadas sobre distintos temas, yendo más allá del melatismo (a mi me late que...) y la repetición sosa y mecánica de cápsulas ideológicas leídas en algún panfleto del tipo de los que solían escribir Marta Harnecker y Louis Althusser.

Al respecto y para no fallar a mi característica egolatría, debo mencionar que un beneficio colateral de cursar el diplomado ha sido precisamente reconfirmar que soy muy bueno; esto es, que tengo un bagaje intelectual lo suficientemente necesario tanto para comprender los temas que son tratados, como para evitar meterme en discusiones estériles que sólo evidencian la pobreza argumentativa y de formación de quienes las inician.

Y esto último tiene mucha relación con ciertos comentarios que han estado apareciendo en las recientes entradas que posteado aquí, vertidas por un amigo que estimo demasiado y que por tanto sabrá comprender que lo que sigue a continuación no es escarnio público, ni venganza, ni desquitanza, similares y/o conexos.

Algo que he notado en algunos de los asistentes al diplomado es ese aire de pretendida suficiencia intelectual que erróneamente les conduce a pensar que sólo ellos están en posesión de los conocimientos correctos y de las opiniones precisas; por no mencionar su actitud de iluminados que ejercen la auténtica y verdadera crítica social, incolume a las manipulaciones informativas de los perniciosos medios de comunicación y la literatura y la cultura basura producida por ese ente etéreo pero omnipresente que es "el sistema".

Hace ya muchos años, Antonio Gramsci, filósofo italiano de sólida y atemperada formación marxista, acuñó el concepto de "intelectual orgánico" para referirse a aquellos profesionistas que tenían alguna conexión con los grupos dominantes en una sociedad, que él mismo denominó como "bloque hegemónico", cuya misión era justificar en el ámbito artístico, cultural, universitario, periodístico, la ideología (en el sentido amplio del término) de ese bloque.

No obstante, a la par de los intelectuales orgánicos existían también aquellos otros que servían de soporte a los grupos sociales que hacían contrapeso al bloque en el poder y aspiraban a desplazarlo de los espacios de dominación. Aunque Gramsci no le otorgó un nombre específico a ese tipo de intelectuales, podemos aquí darnos la licencia de denominarlos como intelectuales inorgánicos, no sólo en contraposición a los primeros, sino también en alusión a su carácter desechable y no reciclable, por no hablar de su casi imposible integración al ambiente.

Uno de los principales problemas de las universidades, y hay que reconocerlo con todo el dolor del alma, principalmente públicas, es la (de)formación de intelectuales inorgánicos, o como Álvaro Vargas Llosa y Plinio Apuleyo los denominaron en su momento: de perfectos idiotas latinoamericanos; de esos cuyas premisas fundamentales describe con una inusual lucidez Mario Vargas Llosa en el prólogo del Manual del perfecto idiota latinoamericano y que cito textualmente:
"Cree que somos pobres porque ellos son ricos y viceversa, que la historia es una exitosa conspiración de malos contra buenos en la que aquéllos siempre ganan y nosotros siempre perdemos (él esté en todos los casos entre las pobres víctimas y los buenos perdedores), no tiene empacho en navegar en el cyberespacio, sentirse on-line y (sin advertir la contradicción) abominar del consumismo".

El problema no es que las universidades públicas los formen, contribuyendo así a su propio descrédito y erosión de prestigio social, sino que permitan que continúen reproduciéndose al mantener prácticamente intactos sus programas curriculares de ciencias sociales y humanidades desde los años setentas ¡del siglo pasado! Y más aun, diría que el problema se agudiza cuando esos perfectos idiotas intelectuales inorgánicos deciden fastidiarle la vida a la Patria volviéndose profesores de educación media superior y superior, como algunos de los asistentes al diplomado, o como algunos colegas contemporáneos míos, que si de por sí ya reciben a hordas de analfabetas que por los vicios y defectos del sistema de educación básica pudieron colarse hasta el bachillerato o la universidad sin saber leer ni escribir adecuadamente, terminarán deformándose aun más con los prejuicios y chaquetas mentales que sus "profesores" les harán durante el paso por sus aulas.

Lo más irónico, risible o triste, según se quiera ver, es que estos personajes piensan que piensan, pero no sólo; piensan que son puros e incorruptibles porque ganan salarios de miseria pero se autoconsuelan repitiéndose que no necesitan ninguno de los lujos o necesidades creadas artificialmente por "el sistema" para reafirmar la conciencia de pobreza de las clases desposeídas y reproducir la agenda de consumo dictada por el "gran capital" desde sus metrópolis hacia la periferia subdesarrollada.

De esas nociones se desprenden otro especímen social que es el looser; es decir, aquel individuo pobre y resentido que piensa que porque un día leyó algún poema de Beneditti ya tiene espíritu bohemio y conciencia social. Pero de él escribiré en otra ocasión.

Por el momento detengámonos a pensar un poco si esas taras mentales de los intelectuales inorgánicos tienen algún remedio que no sea la incongruencia. Porque se da el caso, muy recurrente, de que muchos de ellos se dan el lujo de lumpenizarse porque económicamente tienen la vida resuelta, como esos que van a las cumbres sociales con su smartphone en la mano, sus deshilachados pantalones "Guess" de 300 dólares y sus morrales repletos de libros de editoriales inglesas y españolas que no cuestan tres pesos, como algunos que también conozco.

P.S.: Hace poco veía una rutina de stand up comedy de Gonzalo Curiel y me gustó mucho una frase, a propósito de mi egolatría: "tengo delirio de persecución y delirio de grandeza, es decir, siento que me persiguen porque me idolatran".

14 feb. 2013

¡Resistencia!

Mientras escribo estas líneas suena a todo volúmen en mis audífonos ese sublime himno a la subversión compuesto por Ska-P que lleva por título "El vals del obrero". Quizá por eso mi espíritu contestatario está hoy particularmente más encedido en contra de uno de los rituales de la sociedad del consumo más ascendrados y recalcitrantes: efectivamente, el festejo del 14 de febrero.

Sin embargo, debo suponer que en algún momento a lo largo de todos estos años he aprendido el díficil arte de la corrección política, pues en lo que va de este día he respondido con una sútil sonrisa y un discreto silencio a quienes al encontrarme o saludarme me dicen "felicidades", en alusión a la fecha en la que presuntamente se celebra al amor y a la amistad. En otras circunstancias tal vez les hubiera respondido con una elaborada ironía que seguramente sus limitados razonamientos no hubieran alcanzado a procesar. Pero al paso del tiempo uno va madurando (como las frutas) y aprende a dejar pasar de largo las nimiedades. De ahí que pueda tolerar el día de hoy todas las ridiculeces que se publican en las redes sociales, los comentarios sosos y secretariles que se vierten en los pasillos de las oficinas, las escenas insulsas de vendedores de globos de helio en las calles, el tráfico en las inmediaciones de los hoteles y la imposibilidad de beber tranquilamente un café en cualquier establecimiento público sin tener que esperar en una fila kilométrica.

Sí, lo sé.

El estimado lector que en este preciso momento desperdicia algunos minutos de su tiempo leyendo esta bagatela seguramente estará pensando "pero qué resentido está este güey". Pero no se apure a elaborar su juicio y más bien deténgase un poco -lo invito- a pensar si festividades como ésta no son acaso instrumento para fomentar el consumo, trivilizar lo que debería de ser trascendente y anestesiar el espíritu crítico que debería de prevalecer en las sociedades para volveras más libres y conscientes. Y sí. Una vez más lo digo para que usted, amable visitante de este blog, lo sepa: el amor es un producto burgués.

Pero más que eso y antes de que se comience a pensar que mi conclusión es producto de la lectura de algún vulgar panfleto pseudo marxista (he leído directamente a Marx, pero no sólo al viejo barbón, amargado y apestoso del "Manifiesto del Partido Comunista" y "La ideología alemana", sino al Marx profundamente sistemático de los "Grundrisse"), pienso que el sentido burgués del amor si bien absorbe los rasgos principales de esta conducta determinada por la totalidad histórico-social formada por el modo de producción y su superestructura política e ideológica, es principalmente heredero de las características del amor cortés desarrollado en la Alta Edad Media.

El sentido de sumisión a la pareja, su idealización, el permanente desafío de calamidades y amenazas, los sentimientos de angustia y ansiedad generados por el comportamiento distante y esquivo del sujeto amado, la disparidad del origen social de ambos, son aspectos del amor cortés que han logrado sobrevivir en la modernidad y han sido potenciados por la industria sentimental de consumo desarrollada por el capitalismo, que mediante la cosificación de lo abstracto ha logrado desarrollar formas superfluas de comunicación que en cierta medida impactan en la microfísica de las relaciones afectivas y explican las atrofias, disfuncionalidades y anomias colectivas.  

Ante esa realidad debería de existir una teoría y una praxis de emancipación contra la falsa realidad del amor burgués que, parafraseando a Gramsci y a Poulantzas, es empleada como un aparato de dominación ideológica del bloque en el poder para afianzar su hegemonía y asegurar su reproducción. Pero eso difícilmente sucederá.

Así que no queda más que ser la voz que disiente, gritar en el desierto o arrojar al oceáno la botella que contiene el mensaje.

En algún momento deberá ser leído.

P.S.: De parte de los juglares medievales:

Ell amor ha tales mañas
que quien no se guarda dellas,
si se l’entra en las entrañas,
no puede salir sin ellas.


Ell amor es un gusano,
bien mirada su figura:
es un cánçer de natura
que come todo lo sano.


Por sus burlas, por sus sañas,
dél se dan tales querellas
que, si entra en las entrañas,
no puede salir sin ellas.
(Florencia Pinar).

* * *
Es amor vna passión
En las entranyas nascida,
Que faze su producción
En nuestra cogitación
Por desorden conoscida;
La qual es introduzida
Por alguna facultad
Del objecto producida,
E del todo referida
A la nuestra voluntad.
(Hugo Urríes).

Antonio Chas Aguión, "El amor ha tales mañas". Descriptio Amoris en la poesía de Cancionero, Cancionero General, 2, 2004, Universidad de Vigo.

11 feb. 2013

Resistir al amor

Febrero sería un mes fenomenal si entre sus celebraciones no estuviera esa ridiculez del día de San Valentín, pues contrasta sobremanera con otra efeméride mucho más trascendente para la gloria nacional de México y me atrevería a decir que de la Humanidad, relacionada con el natalicio de un prócer en potencia de las letras y la sesuda reflexión teórica.

Así que no queda más que presentar resistencia y combate a la fiesta de la frivolidad, la superficialidad y la estupidez englobadas en el 14 de febrero, catalogado como el "día del amor y la amistad".

Sin embargo ahora lo haré desde una óptica distinta, con mucho más experiencia y conocimiento de causa, aclarando que cuestionar y criticar una celebración y la trivialización de su contenido, no significa en modo alguno incongruencia con lo que se practica, porque dicha práctica está sustentada en una base mucho más firme que las preconcepciones provistas a las masas palurdas por la educación sentimental desarrollada e impartida por la cultura occidental a través de sus centros de consumo y medios de generación de expectativas y necesidades artificiales.

En otras palabras, lo que quiero decir es que mi critica no anula ni entra en conflicto ni con mi pensamiento respecto al tema del amor, desarrollado y sostenido a largo de un tiempo ya considerable, ni con mi manera de vivir y experimentar lo afectivo en el plano de mi vida privada.

Dicho lo anterior, lo primero que hay que plantear es una interrogante: ¿se puede resistir al amor?

Ello depende de la idea de amor que prevalezca en el contexto en el que se pretenda presentar la resistencia y mucho más mundanamente, de contra quién se presentaría tal resistencia y a pesar cuáles prenociones.

Me explico.

Si la idea del amor que prevalece está relacionada con la cosificación de un cúmulo de sentimientos complejos, superpuestos y a menudo antagónicos que convergen en la conciencia de una persona respecto a otra y que han sido dificil y vagamente definidos con claridad, como ocurre actualmente en las sociedades occidentales; la resistencia contra el amor resulta sumamente compleja porque implica cuestionar y criticar aspectos de la cultura que comumente damos como realidades asentadas, e incluso, como leyes inexorables de la naturaleza humana.

Ya desde el principio mismo de la atracción surge la duda de hasta dónde es un genuino acto de voluntad consciente y autónomo, o más bien, un acto reflejo que responde a los estímulos bombardeados constamente por la estética prevaleciente. En otras palabras, cuando conocemos a una persona y la consideramos "atractiva", ese juicio es autónomo o está influido por la idea en torno a "lo atractivo" que se ha forjado desde la cultura dominante.

Pongamos por caso los concursos de belleza, en los que la arrogancia de la estética capitalista la ha conducido a asumir que los patrones de belleza occidentales son aplicables a todo el universo, dando el nombre de "señorita universo" al certamen que determina cuál mujer de todas las que cumplen con los parámetros de "lo bello" sobresale por encima de todas las demás.

Cuando un sujeto ordinario mira esos certámenes introyecta la idea de belleza y la convierte en un patrón a partir del cual construye sus juicios y parámetros para considerar a una mujer atractiva. De manera que para este sujeto la posibilidad de presentar resistencia y cuestionar las ideas establecidas en torno a la belleza y la atracción es muy remota, porque su conciencia no es plenamente autónoma y más bien ha sido moldeada para responder a determinados estímulos visuales. En este sentido valga también el ejemplo de la estética del cuerpo para preguntarse ¿por qué atrae la voluptuosidad? ¿es una cuestión puramente animal de instintos primigenios en la naturaleza humana? ¿o es más bien el resultado de un modelo impulsado desde determinados centros de diseño de conductas de consumo?

Lo más irónico de todo esto es que el paradigma estético occidental es totalmente machista y alienante. En él la mujer aparece como un objeto sexual hecho para la recreación o perdición del hombre; de manera que, en esa lógica, las mujeres no podrían resistir a la atracción porque carecen de un modelo cosificable. De ahí que estén en mayor posibilidad de desarrollar el lado afectivo y enfocar la atención en aspectos relativamente más cualitativos, como el intelecto y las conductas afectivas de los hombres, pues los estímulos visuales y las preconcepciones culturales no han sido confeccionadas para que ellas las introyecten.

No obstante, existe otro ángulo de la atracción que también debe ser abordado como objeto de análisis y es el relacionado con la seducción de la atracción misma; esto es "querer" solamente "el querer" pretendiendo falsamente creer que quiere al sujeto de la querencia.

Muchas personas desarrollan esta suerte de patología afectiva, la cual generalmente está asociada con rasgos de narcicismo y autosificiencia estética que son reforzados por experiencias de complacencia en el ámbito afectivo; es decir, por sujetos que cumplen con los rasgos generales establecidos por el patrón de la estética occidental prevaleciente y que por esa misma razón no han tenido complicaciones en el establecimiento de relaciones afectivas con las personas que desean.

Sin embargo, cuando experimentan una negativa o resistencia a la atracción comienzan a gestar una suerte de obsesión, capricho o antojo pasajero respecto no al sujeto que ha rechazado o resistido su atracción, sino a la negativa misma. De ahí que comiencen a creer que han desarrollado un afecto por el sujeto emancipado a su atracción, cuando en realidad sólo anhelan descubrir las razones de la resistencia.

Hasta aquí parece que el cuestionamiento inicial respecto a la posibilidad de presentar resistencia al amor encuentra una respuesta afirmativa si por amor se entiende al producto social de consumo ideado por la cultura occidental y reproducido por pautas de conducta ridículas y esterotipadas, así como celebraciones como la del 14 de febrero a la cual el catolicismo ha aportado una parte sustancial de la trivialización al relacionar a un personaje como Valentín de Terni con el amor de pareja (cupiditas), que no es en modo alguno el amor oblativo (caritas) predicado por Pablo como mensaje central de Cristo.

Sin embargo, cuando se piensa en la idea del amor desarrollada en los albores de la cultura occidental en Atenas (propria ratio amoris) y muy pronto extraviada en las pasiones viscerales de Roma (aegritudo amoris), pero más tarde rescatada por personajes como Agustin de Tagaste y con resonancias en el pensamiento ilustrado de Kant, la resistencia al amor pasa de ser un acto de conciencia crítica contra lo que en algún momento Andreas Capellanus y Pedro el Hispano denominaron amor hereos y muchos siglos más tarde Bauman denomina "amor líquido", a un impulso visceral contra la razón y el discernimiento.

El único problema es que ese amor sólo existe en la literatura filosófica, a lo sumo, como una aspiración moral de la sociedad, tal como el propio Kant alguna vez lo planteó. Pero no en la realidad concreta y próxima, donde la cosificación de esa complejidad afectiva adquiere la burda forma de un cursi corazon de cartoncillo...

5 feb. 2013

De la aventura de un fotógrafo

Lo demás puede ahogarse decididamente en la sombra insegura del recuerdo.

 Antonio Paraggi.
(Los amores difíciles, Italo Calvino).

1 feb. 2013

Febrero

Ha comenzado Febrero, mes de gloria nacional.


P.S.: Estoy grave. Ya sólo microbloggeo. Me doy pena a mi mismo.