13 ago. 2013

Aquellos tiempos...

Para seguir con la nostalgia y el pañuelo de la última entrada de este anónimo e intrascendente blog, en esta ocasión escribiré acerca de mis años maravillosos como pobresor universitario motivado por una charla reciente acerca de aquellos tiempos y el reciente inicio de los cursos en la Universidad.

Si bien desde que estudiaba la licenciatura ya consideraba la idea de algún día convertirme en profesor, en gran medida motivado por la enorme admiración que sentía por los maestros que me dieron clases, no visualizaba tan próxima la posibilidad, ni tan circunstancial como ocurrió.

Sucede que como resultado de mi innata inteligencia y dedicación al estudio, desde que ingresé al primer semestre de Ciencias Políticas y Administración Pública había obtenido buenas notas en todas las asignaturas. Sin embargo, al terminar de cursar Filosofía y Teoría Política Contemporáneas en el séptimo semestre obtuve la deshonrosa nota de 9.5 para mi ensayo final que versaba sobre alguna mamada metafísica relacionada con la política, pero en el cual -dicho sea de paso- ya se vislumbraba con mucha claridad la complejidad, vastedad e intrepidez de mi pensamiento.

Indignado por tan deplorable acontecimiento, me dirigí a la oficina de la profesora que había impartido el curso para exigirle una explicación objetiva y contundente del porqué de esa nota tan ignominiosa. Ella me recibió amablemente y con mucha cortesía me explicó que mi ensayo le había parecido una soflamería pretensiosa, pero que comparada con las estupideces que mis demás compañeros habían escrito, era la soflamería con la nota más alta ya que nadie había alcanzado el 10 como calificación, lo cual restituyó mi orgullo intelectual y me hizo sentir como un filósofo o sociólogo francés (por aquello de la soflamería pretensiosa).

Acto seguido a las aclaraciones y disculpas pertinentes, la profesora me preguntó sí me gustaría ser su ayudante en el próximo curso, en el cual impartiría la asignatura de Filosofía y Teoría Política II, que era la continuación de la revisión de los filósofos y teóricos políticos clásicos que iniciaba en Gianbattista Vico y culminaba en Max Weber.

Evidentemente le respondí que aceptaba con gusto ser su ayudante y que estaba dispuesto a tolerar estoicamente ser su gato particular, cargarle el bolso, llevarle el café y firmarle sus asistencias a cambio de que me iniciase en el arcano mundo de la academia (la de la docencia, no la de TV Azteca).

Así fue como, al inicio del siguiente curso, siendo las seis de la tarde en punto, me apersoné en el salón B 301 de la Facultad, cerré la puerta tras de mí y dirigí la mirada a la docena de alumnos que miraban con incredulidad y quizá también con un tanto de decepción, que alguien un par de años mayor que ellos sería su profesor adjunto -en adelante “el adjunto”- probablemente durante todo el semestre, pues era práctica común entre algunos profesores de carrera no impartir sus clases por considerar casi una humillación tener que enseñar en licenciatura. Pero éste no era el caso. Con la profesora titular habíamos acordado que yo impartiría la primera media hora de la clase y la hora y media restante la impartiría ella.

Así que ahí estaba yo, con mis veintipocos años a cuestas, mi morral de intelectual progre de Coyoacán, mis notas acerca de la “Historicidad de la filosofía política” escritas en un bloc óptico, mi gis y mi borrador.

Con un poco de inseguridad en la voz que denotaba mi nerviosismo me presenté ante los alumnos diciéndoles que yo sería el ayudante de profesor. Sólo hasta el momento de pronunciar esas palabras fui consciente de la responsabilidad que denotaban, pues implicaban tener que hacer todo lo que el profesor titular no tenía ganas de hacer, es decir, revisar los controles de lectura, calificar los ensayos, recomendar bibliografía y atender a los alumnos con dudas sobre los temas de la clase.

Ya cuando comencé a disertar sobre el tema que había preparado y noté en la mayoría de los rostros que prestaban atención a mis palabras, comprendí que más allá de la charolez que significaba ser profesor universitario, realmente me gustaba el oficio de enseñar.

Sin embargo, todo lo narrado hasta ahora no describe cómo era mi actitud ya como profesor titular, pero lo resumiré en un par de palabras: era un profesor gandaya. Es decir, no era el tipo de profesor que quería ser amigo de los alumnos, ni el pedante que pretendía mirarlos siempre hacia abajo, ni mucho menos el que quería tener un club de fans que lo alabara.

Era más bien distantemente cordial o sobriamente amable. Aunque ahora que lo pienso, creo que en realidad sólo me importaban los alumnos cuando estaban en mi clase. Me interesaba que retuvieran un poco de lo que les decía, que hicieran caso de la bibliografía que les recomendaba, que se interesaran en los libros de literatura que les leía en la última hora de la clase de los viernes. Pero fuera del salón lo cierto es que detestaba que se me acercaran, que intentaran ser mis amigos, que las alumnitas tontitas y bonitas mostraran su síndrome de Julissa (por aquello de querer ser las consentidas del profesor). No me interesaba tener fans y cuidaba mucho mi endeble e incipiente imagen de joven profesor. No podía darme el lujo de que los demás colegas me vieran por los pasillos con un enjambre de alumnos rodeándome. Me disgustaba.

A estas alturas y después de ya varios años de haber dejado la Facultad no sé si mi desempeño fue bueno, malo, regular o intrascendente. Nunca me he encontrado a algún alumno para preguntárselo o para que me lo diga. Pero me queda el recuerdo haber sido parte de la Universidad, de haberme esforzado en preparar las clases y de intentar hacer entendibles los en ocasiones oscuros párrafos de la obra de algunos autores y de escuchar y aprender a tolerar una diversidad de opiniones y también –porqué no- de sinsentidos, como las estupideces de este blog.

24 jul. 2013

Panikkar y la razón de mi no optimismo

Hace ya seis años -justo por estas fechas- oí por primera vez el nombre de Raimon Panikkar Alemany en la cátedra Global Ethics de la Vanderbilt University, en Nashville, Tennessee.

Por aquellos entonces quien esto escribe era un entusiasta, joven, brillante y prominente profesor universitario (sobra decir que también poco humilde y más bien soberbio, ególatra y presuntuoso como el lector podrá notar) interesado en la filosofía política, la teología y la ética. De ahí que haya podido obtener una beca para asistir a dicha cátedra entre cuyos lecturers figuraba precisamente Panikkar, cuya disertación no fue presencial sino virtual mediante videoconferencia.

Ese único “encuentro” fue singular por muchas razones. Una de ellas porque el nivel de comprensión auditiva del inglés por parte del profesor universitario no era precisamente el óptimo, y el inglés con acento catalán y balbuceos con el que pronunciaba su ponencia el senil conferencista Panikkar dificultaba captar la totalidad de sus ideas. Otra razón era el hecho de que tales ideas, pertenecientes al punto de confluencia de la filosofía y la teología, me eran hasta cierto punto ajenas aunque no del todo desconocidas.

Sin embargo, logré captar algunos planteamientos en torno a la ética como disciplina dialogal y compartida en la que la aspiración a la universalidad de sus normas y cosmovisión debía surgir del encuentro cultural de la otredad consigo misma, es decir, de las diferentes culturas entre sí, pues “lo otro” es siempre lo ajeno y lo ajeno es una constante dado que no hay una única cultura, sino diversas.

Esta remembranza viene a colación porque la reciente visita de Jorge Mario Bergoglio Sivori, (el Papa Francisco) a Brasil ha desatado el entusiasmo de muchos columnistas que ven en dicho acontecimiento una oportunidad de renovación de la Iglesia por lo que el acto en si mismo significa; es decir, la asistencia de un Pontífice presuntamente reformista al Encuentro Mundial de Jóvenes (que por tal condición son supuestamente dinámicos y siempre dispuestos a cuestionar el orden establecido y empujar cambios trascendentales) organizado en un país sudamericano en cuyo seno religioso surgió una teología disidente a la dogmática imperante: la teología de la liberación.

No comparto tal entusiasmo y más bien disiento de quienes aun ven en el Papado un liderazgo carismático, influente y transformador. Ciertamente es una institución que aun posee algunas de esas cualidades, pero pienso que no son las necesarias ni tienen el empuje para lograr transformaciones que vayan más allá de la propia Iglesia Católica como comunidad de fe.

Aunque si tal viso de esperanza o posibilidad reformadora existiese en la figura de Bergoglio, quizá debiera de expresarse en un planteamiento discursivo más ecuménico, que no por ser tal está exento de valores, sino que por esa condición puede llegar a un auditorio más amplio que el de la comunidad católica. Pero ello depende del contenido y éste debiera rescatar el planteamiento en torno a la ética desarrollado por Panikkar, que curiosamente también fue sacerdote católico; de lo contrario, aunque sea un hombre “venido del fin del mundo” –como el mismo se definió al asumir el Pontificado- el entusiasmo renovador y la intención de desempeñar un papel activo en la esfera global mostrado por Francisco, se irán diluyendo en el océano de las expectativas incumplidas por líderes y movimientos de diversa índole y escala.

18 jul. 2013

El microblogging y la pauperización de la cultura

Después de poco más de un año, apenas ahora he conseguido reunir el valor y hacer a un lado la vergüenza para confesar que abrí una cuenta de Twitter. Sí. Yo que fui un crítico acérrimo de esa red social en este mismo espacio, ahora soy uno más entre sus millones usuarios.

Desde luego que no pretendo justificarme diciendo que abrí la cuenta más por necesidad que por gusto. Pero en cierta medida algunas cuestiones de información relacionadas con mi trabajo me impulsaron a socavar mi congruencia personal para tratar de entender el funcionamiento y la dinámica del microblogging, tan diferente a la hoguera de vanidades y frivolidades visuales del Fakebook (¿o era Facebook?), que ya tiene más de seis meses que tomé la decisión de abandonar, un tanto impulsado por el hastío producido por la carencia de contenidos interesantes y la desbordante abundancia de acontecimientos intrascendentes para mis intereses personales. (Básicamente me aburrí de husmear en las fotografías y los “posteos” de mis “amigos”).

No obstante, que Twitter y su dinámica sean diferentes a las de Facebook no significa que sean mejores. Ahí también campean la cretinez, la frivolidad, la vacuidad y la superficialidad; sólo que, para fortuna de todos, sus apariciones aunque permanentes son fugaces y seguirlas o no es una cuestión opcional. Es un poco como sucede cuando se prueba una droga: es uno mismo quien decide su adicción.

Pero, principalmente, Twitter está hecho para escribir y leer, no para mirar y aspirar (que no suspirar). Y es precisamente en este aspecto en cual radican al mismo tiempo su fortaleza y su debilidad.

Por una parte, la limitación de los 140 caracteres exige desarrollar una cierta capacidad de síntesis para expresar una opinión o una idea con la suficiente claridad y precisión para que pueda resultar atractiva al resto de los usuarios. Eso desde luego, tratándose de usuarios con cierto sentido común y discernimiento, que generalmente son los que pasan de los 20 años y tienen la fortuna de prodigiosamente haber terminado el bachillerato, cursar o haber concluido estudios universitarios. El resto son adolescentes imberbes que muestran sin recato alguno la precariedad de su cultura y la degradación de la lengua escrita.

Por otro lado, esa misma limitación de extensión propicia que en muchas ocasiones se sacrifique la sintaxis y el correcto empleo de la ortografía para escribir aberraciones que corrompen el idioma.

Sin embargo, el proceso de pauperización que más preocupa -y aquí sale mi afición por la Sociología- es el que se observa en el nivel cultural de un sector mayoritario de “tuiteros”.

Casi a diario hay etiquetas (hashtags) relacionadas con racismo, clasismo y discriminación que se vuelven tendencias principales (trending topics), lo cual refleja la intolerancia e ignorancia que caracteriza a los usuarios que las emplean.

Ese hecho por sí mismo es preocupante, pues el trecho entre la manifestación de ese tipo expresiones en una red social y la realidad cotidiana es muy corto. Es decir, lo que se expresa en la red social bajo el salvoconducto que significa estar detrás de un monitor (o de la pantalla del teléfono móvil), es lo que se piensa pero no se expresa directamente porque aun existe una suerte de contención social ejercida por la corrección política; esto es, el temor a quedar mal ante los demás y perder sus simpatías.

En la red social tal temor se disipa, porque la afinidad entre quienes reproducen ese tipo de manifestaciones de intolerancia es viral, de ahí que sus etiquetas (#Eresnacosi, #Esdeindios, etc) rápidamente se conviertan en tendencias y actúen en forma ovejuna canalizando un poco de su resentimiento o inclinación al escarnio mediante el “trolleo” (acoso sistemático) a otros usuarios que piensen diferente.

Desde luego, la fatuidad tampoco podía faltar y es común también encontrar en Twitter muchos intentos de personal branding atrevidos, irreverentes y antisistémicos (desde su perspectiva, claro está), así como las ya clásicas fotografías retocadas y los personajes carentes de estima personal que la buscan a través de la aceptación y la adulación de los demás. Pero eso es un universal de la sociedad humana (Norbert Elías dixit) que existía mucho antes de las redes sociales, pero que éstas han potenciado a sus máximos niveles.

En fin, que si además de leer las estupideces que escribo aquí también quisieran leer las que microbloggeo, me pueden encontrar como @Zuniga_Vic. Será un gusto para mi darles follow back.

9 jul. 2013

Abismo

Llegados a cierta etapa de la vida nos cuesta adaptarnos a la realidad ¿o más bien nos cuesta resistirla y por eso mejor optamos dejarnos llevar por su caudalosa corriente, sólo con la conciencia de no estar de acuerdo con ella?

Es muy probable que a muchas personas eso nos suceda. De pronto caemos en la cuenta de que hemos crecido y que todas esas retóricas que acompañaron una parte de nuestra juventud han dejado de tener vigencia, y con ellas los bríos para defenderlas y más aún, para promoverlas. Quizá lo único que quede sea la nostalgia del recuerdo y un discreto dejo de frustración por todo aquello que no se hizo y no se dijo. Quizá lo único que quede sea el vacío o la ausencia de imaginación, de anhelos y fuerzas para emprender nuevas batallas y afrontar nuevos retos.


¿En qué momento sucede todo eso? Es lo más irónico: no lo sabemos. Pero de pronto está ahí, como si fuese el filo de un abismo ante el cual el vértigo en vez azuzar el instinto de sobrevivencia lo inhibe y hace que uno se pregunte si arrojarse al vacío no será acaso la única forma de desaparecer todos esos sentimientos de desesperanza, frustración y tristeza. 

5 jul. 2013

El fútbol y la conspiración de las cantinas

Quizá con el paso del tiempo lo que despuntaba como una actitud crítica y refinada por virtud de mi cercanía con los círculos intelectuales universitarios (¡ay pero qué mamón se ve esto!), ha devenido en vulgar y ordinaria intolerancia o en deplorable y rancio elitismo; el punto es que algunas manifestaciones culturales y sociales comúnmente aceptadas y reproducidas por la mayoría, me resultan irritantes. Las más de las ocasiones tal irritación la aduzco a una especie de esnobismo prevaleciente de forma inconsciente en esas mayorías, con el objetivo de construirse o sentirse parte de una identidad colectiva o de un cierto patrón de “normalidad”.

En otras palabras, a veces tengo la impresión de que la gente hace lo que hace porque lo considera “bueno”, “refinado”, “actual”, “correcto”, “acertado” o de “buen gusto”, simplemente porque alguien más también así lo considera, sin reparar que todas esas valoraciones con frecuencia les son impuestas por agentes externos y más bien son asumidas en forma acrítica.

Para ilustrar lo anterior tómese por ejemplo el fútbol. En sus inicios, como algunos otros deportes, era un ritual religioso –rasgo que aun prevalece en forma notoria para observadores con un poco de sentido común- practicado por nobles, guerreros y sacerdotes. Mucho tiempo después se convirtió en un juego profano practicado por el populacho; de aquí su “popularidad”, es decir su carácter plebeyo. Así prevaleció durante mucho tiempo, hasta que en los tiempos contemporáneos resulta que se ha convertido en una actividad de culto y enajenación de las masas.

Sí, quizá pueda parecer una apreciación demasiado exagerada. Pero cuando escucho los programas radiofónicos, leo los encabezados de los diarios deportivos o los comentarios de sobremesa en los comederos oficinísticos, me queda la impresión de que el fútbol, particularmente el europeo, se ha convertido en un objeto de culto y reproducción del aspiracionismo tan presente en los sectores medios y medios bajos de la sociedad. Cuando se escuchan con detenimiento esas charlas se puede identificar una especie de suficiencia argumentativa respecto a las capacidades tácticas de tal o cual equipo, a los talentos personales de X o Y jugador y a la productividad y eficacia del equipo A respecto al equipo B mediante la cita escrupulosa de las últimas estadísticas de anotación, tiros a gol o balones recuperados.

Pero ese no es el problema. Cada quien tiene el derecho a emplear su memoria en lo que mejor le plazca, así como a aparentar lo que así convenga a sus intereses laborales (quedar bien con el jefe demostrando los amplísimos conocimientos históricos, estadísticos y tácticos respecto a los equipos más prestigiados de las ligas inglesa, española e italiana), afectivos (impresionar al personaje oficinesco o talleresco que finge gustar de los deportes para sentirse aceptado por los demás o para asegurar su lugar en el comedor a la hora correspondiente) o viriles (demostrar que el tamaño de sus genitales es proporcional a sus conocimientos sobre ligas, jugadores y torneos).

El problema, el maldito y jodido problema, es que todos aquellos a quienes nos vale un reverendo rábano el fútbol y los mecanismos de manipulación y enajenación empleados por los grupos hegemónicos del capitalismo deportivo (no cabe duda: sigo siendo un insensible socialista irredento) tengamos que padecer el esnobismo y el aspiracionismo de esas masas palurdas cuando, al asistir a un restaurante a la hora en que por la televisión están dando un partido de fútbol, sencillamente es imposible encontrar una mesa disponible.

Incluso he llegado a sospechar que los torneos de fútbol nacionales e internacionales han sido confeccionados por la FIFA en contubernio con una cofradía secreta de restauranteros y dueños de bares y cantinas. De otra manera no me explico cómo es que cada dos semanas hay un juego Real Madrid vs. Barcelona, o Inglaterra vs. Francia transmitido en vivo.

Es claro que el fútbol es un espectáculo y como tal un divertimento. Sin embargo no está de más pasarlo de vez en cuando por un crisol crítico, porque el otro lado no tan amable de un espectáculo es el negocio. Y el fútbol es un negocio indecentemente millonario en el que no sólo se comercia el trabajo de un jugador, traducido en sus capacidades y habilidades, sino el patrocinio de los equipos, la publicidad en la transmisión de los partidos, el marketing de todos los productos adyacentes (jerseys, souvenirs, consumibles dentro y fuera de los estadios) y, desde luego, las reservaciones de las cantinas, bares y restaurantes.

Está bien emocionarse porque a mitad de la semana transmitan los partidos de la Copa Confederaciones y a la siguiente la Champions Ligue y a la más siguiente la Copa Pistón o como quiera que la hayan nombrado los publicistas. Pero también estaría bien detenerse un momento a pensar que más allá del rato de diversión, el fútbol no deja nada más que pérdidas económicas para los espectadores y aficionados, reflejadas en el consumo de la cantina, el pago de los boletos para asistir al estadio, la compra de las revistas y diarios deportivos, así como de la basura que suele anunciarse en las transmisiones en vivo y en los programas deportivos.

Está bien saber cuántos goles ha anotado Messi (o como se escriba, da igual), pero también estaría bien preguntarse si él y su equipo pagan los suficientes impuestos, o si es decoroso que un jugador que es el ídolo de las amplias masas de desclasados viva en la opulencia, mientras que éstos últimos están al borde del pauperismo propiciado por la crisis económica que padece buena parte de Europa.

Y más aun, en el caso de la afición mexicana que suele atestar las cantinas y restaurantes de las zonas oficinísticas, cabría preguntarse si esa exacerbada afición por el fútbol, los equipos y los torneos europeos no es más bien un vehículo de escape ante la mediocre realidad del fútbol nacional, secuestrado por los intereses de las televisoras y la falta de exigencia de la propia afición ante los pobres resultados ofrecidos por los jugadores, los entrenadores y sus directivos. Porque ese es el otro lado del problema: si el fútbol en México es mediocre en parte se debe a una afición conformista que no exige y no presiona para que el espectáculo deportivo eleve su calidad, lo cual también demuestra su mediocridad como consumidora.

Eso lo saben muy bien los directivos, las televisoras y la cofradía secreta de cantineros y restauranteros, que constantemente conspiran para mantener narcotizadas a las hordas de aficionados godinezcos con torneos puñetones, pero llenadores de localidades.

Sin embargo, no siempre será así. O al menos eso espero yo y seguramente muchos más que hemos tenido que padecer los inconvenientes de no poder comer y charlar decentemente porque las masas de simios sin cultura están mirando pasivamente cómo 22 gatos corren detrás de un balón.

P.S. Un saludo cordial para los visitantes que leen las entradas anteriores. Muchas gracias por hacerlo. Ya he publicado sus comentarios. Me da gusto saber que de vez en cuando las idioteces que se me ocurren le resultan entretenidas a alguien más.

24 jun. 2013

Nostalgeos

-¿Qué te sucede?- preguntó el viejo maestro al discípulo, quien se hallaba sentado a un costado suyo al filo de aquella peña, desde que la cual contemplaban los tupidos arces y abedules que cubrían con la sombra de sus frondosas ramas el suelo de aquella fría región. El aire soplaba liviano, agitando suavemente los cabellos de ambos, ondeando como lábaros sus amplios y ásperos hábitos. El sol, que caía lentamente a sus espaldas, arrojaba sus últimos tibios rayos sobre el denso bosque de distintos matices de verde y marrón que yacía a sus pies, mecido discretamente por el viento que al rozar su follaje producía un sonido lastimero.



-Maestro- preguntó el joven discípulo- ¿alguna vez en su juventud anheló ir más allá de donde podían mirar sus ojos? Quiero decir ¿alguna vez quiso descubrir el mundo? ¿sus pueblos? ¿sus costumbres? ¿sus lenguas? ¿Alguna vez se sintió prisionero de sus circunstancias, atrapado en un círculo, en una rutina?



Mientras hacía estas preguntas, el joven aprendiz mecía sus pies en el vacío y mantenía la mirada fija un punto indeterminado, al tiempo que el viento que comenzaba a tornarse frío pegaba directo sobre su cara, levantando sus cabellos castaños.



El maestro, por su parte, jugueteaba con los nudos del cordón que ceñía el sayal alrededor de su cintura. Al cabo de escuchar las preguntas permaneció un momento en silencio para, acto seguido, hablar en los siguientes términos:



-Creo saber cuál es la pena que te acongoja, joven amigo. Se llama nostalgia y contrario a la común creencia, no es un sentimiento de anhelo por el pasado. Los griegos le llamaban "nosteo" y "algeo"; con lo primero querían significar el deseo por la gloria pasada, por el hogar que se ha dejado atrás, por la patria lejana. Con el segundo denotaban el dolor causado por la evocación, la tristeza y la melancolía generadas por remembrar las presencias ausentes; los recuerdos de los que no están presentes, pero están ahí: en la memoria y en el pensamiento.



Pero también -prosiguió el viejo con un tono doctoral- describían la "nostalgeos" como la necesidad de estar en otra parte o en otra condición; de transcender la temporalidad y la espacialidad. Era un sentimiento indicativo del despertar de la conciencia a la universalidad, al saber que allende las fronteras individuales, más allá de las circunstancias que mencionabas, también habían un mundo y un cúmulo de experiencias aguardando a ser vividas.



Todos en algún momento hemos sentido nostalgia, dolor por existir, anhelo por regresar, deseo de trascender, necesidad de estar en otra parte. Eso no representa ningún problema. El desafío, porque se trata de un reto que constantemente debe ser superado, es afrontarla sin morir en el intento.



-Pero ¿cómo se puede hacer eso maestro- interrumpió bruscamente el discípulo la disertación de su tutor- cuando ese sentimiento es tan fuerte y desgarrador; cuando la frustración nubla el juicio y el discernimiento, cuando la propia conciencia señala la imposibilidad que las economías refuerzan?



Al pronunciar estas últimas palabras la voz del joven registró un discreto quiebre y sus ojos, siempre curiosos y alegres, se rozaron agobiados indicando hasta qué punto la pena que padecía lo desbordaba.



El maestro notó ese detalle y levantándose cuidadosamente de la orilla de aquel risco se volvió hacía el sol que ofrecía sus últimas luminiscencias, las cuales coloreaban el horizonte con suaves tonalidades rojas, azules y verdes que realzaban el titilar de los primeros luceros de la tarde. Sin apartar la vista de esa escena, el viejo reanudó su discurso.



-El desafío, como te decía antes de que tu arrebato le robase la palabra a tu razón, es afrontar la nostalgia. Y para ello la clave es mirarla como una oportunidad para aprender, como una corriente contra la cual hay que navegar. Porque será siempre en la adversidad en donde ejercitaremos la fuerza del espíritu y no en los momentos de sosiego, que aletargan la conciencia y reblandecen el alma.



Por eso nunca rehuyas a las complicaciones y las complejidades.



Cierto, ellas son como las tormentas que azotan inclementes a las pequeñas embarcaciones en medio del océano. Pero si los navegantes conocen los caprichos de los vientos, bien pueden superarlas. Así como ellos, tú tienes que aprender a conocer los caprichos de tu espíritu. Pero más importante aún: debes aprender a dominarlos. Por eso debes afrontar esa nostalgia que ahora te embarga y preguntarte qué la ha causado: ¿una añoranza del pasado? ¿un anhelo del futuro? ¿una imposibilidad del presente?



Cuando hayas reflexionado lo suficiente en torno a esas preguntas, entonces la noche que ahora envuelve a tu alma anunciará la proximidad del alba y la claridad del nuevo día. Y ahí es donde tendrás que mostrar firmeza en tu decisión, para afrontar con entereza, satisfacción y determinación todas sus consecuencias.



No sé si con esto haya contribuido a responder tus cuestionamientos. Pero en cualquier caso, no eches estas palabras en un saco roto, que en ellas algo de razón existe. Ya en otra ocasión, cuando tus ánimos se encuentren apaciguados, te mostraré las enseñanzas de los maestros de la Stóa poikilé. En esa ocasión también procuraré que no estemos en un lugar tan alto como éste, para evitar que el vértigo que experimenta ahora tu existencia te provoque ganas de volar hacia el vacío...



Concluida su perorata, el maestro se levantó la capucha de la espalda, la colocó sobre su cabeza, unió sus manos sobre su regazo, bajó la mirada y comenzó a caminar por el sendero serpenteante que conducía hacía el monasterio.



El discípulo, que había flexionado su pierna derecha a la altura de su pecho, la rodeó con ambos brazos y como si se tratase de alguien que estuviese sentado a su lado, recargó en ella su mejilla derecha y permaneció en esa posición mirando hacía el frente, sintiendo como el gélido viento bañaba su cara.


16 may. 2013

Castelo Branco y el amor de perdición

En 1856 Portugal apenas superaba la contingencia sanitaria propiciada por una epidemia de cólera iniciada en 1853. En el resto de Europa, pero principalmente en Inglaterra y Alemania, comenzaban a organizarse los movimientos obreros que posteriormente darían origen a los partidos políticos laboristas, algunos de corte socialdemócrata y otros más canteados hacia el comunismo tan activamente promovido por Carlos Marx y Federico Engels por aquellos días. En Francia, Napoleón III instauraba el Segundo Imperio cuya influencia se hizo sentir incluso allende el Atlántico, como lo pudieron constatar los ecuatorianos con su idea de un Protectorado tutelado por el Imperio Francés y desde luego, algunos años más tarde los mexicanos con la invasión del ejército imperial.

En el ámbito literario la denominada revolución romanticista, que por increíble que parezca fue iniciada por los alemanes (creadores del idealismo y de la versión más acabada del racionalismo ilustrado con Kant y Hegel a la cabeza) y los ingleses impulsores del empirismo y el pragmatismo en las obras de Hume y Pierce, era reemplazada por el realismo impulsado por los escritores españoles y franceses.

En ese contexto, aunque ignoro la fecha precisa, fue en el cual se conocieron Camilo Castelo Branco, entonces incipiente escritor portugués avecindado en Oporto, y Ana Augusta Vieira Plácido, una mujer que fue a Castelo Branco lo que Bettina Von Armin a Goethe, una especie de fan empedernida, aprendiz de escritora inteligente y lúcida, aunque a diferencia de Bettina, bastante fea.

Su relación, al igual que las de los personajes de las novelas de Castelo, o quizá inspiradas en ella, fue tormentosa, prohibida, perseguida y estigmatizada. Cuando se conocieron, en aquel lejano 1856, ella tenía cinco años de matrimonio arreglado por su padre con un comerciante emigrado de Brasil, razón por la cual en 1860 fueron acusados por adulterio y Castelo, de 35 años entonces, condenado a un año de prisión al cabo del cual continuó su relación con ella pese a que seguía formalmente casada con Manuel Pinheiro, quien fallecería dos años después en 1863.

Un año antes, y en medio de las calamidades que afrontaba su relación marcada por el rechazo moral de la sociedad portuguesa de entonces, Camilo había publicado “Amor de perdición”. Una historia hecha con todos los rigores que dictaba el canon romanticista del que él fue uno de los últimos exponentes y que había sido escrita precisamente durante su reclusión en la cárcel de Oporto.

Esta obra aborda la historia de Simón Botello y Teresa de Albuquerque, dos jóvenes presuntamente enamorados que, como lo indica el nombre de la novela, son llevados a la perdición por causa de un sentimiento o cúmulo de sentimientos confusos que, si las circunstancias y tribulaciones que tuvieron que afrontar les hubiesen permitido detenerse un momento a analizarlos, tal vez habrían concluido que ni siquiera podían ser llamados “Amor” y que todo lo que padecieron, incluida la muerte y el destierro, no era necesario ante el tamaño de esa trivialidad.

Pero muchas veces las supuestamente “grandes historias de amor”, son así. De hecho tengo una teoría al respecto, a la cual he denominado la “paradoja de la Bella Durmiente”, inspirado desde luego en la parte no bonita de este cuento que por tener tal característica es poco conocida. Me refiero al hecho de que en las historias convencionales de amor, los amantes pasan todo el tiempo luchando contra las vicisitudes que amenazan a su relación y al cabo de vencerlas todas sólo conocemos que “vivieron felices para siempre”, cuando en realidad no es así.

En una de las versiones más antiguas de “La Bella Durmiente”, la relación entre ésta y el noble que la encuentra en el castillo abandonado –y que prácticamente la viola al sostener relaciones sexuales con ella mientras está en el trance profundo del sueño causado por la astilla evenenada- dura apenas una semana, después de la cual él la abandona para regresar con su esposa, quien al enterarse de su amorío y más aun, de que producto de la violación, la princesa durmiente tuvo gemelos, manda a secuestrarlos y ordena al cocinero prepararlos como plato fuerte para la cena mientras que para la princesa dispone una cruenta muerte en la hoguera.

Como se puede apreciar, el amor romántico ideado en la imaginación de escritores como Castelo, Goethe, Musset y un largo etcétera, es precisamente eso, una idea parcialmente concebida, un cuento de hadas cuya versión real y original tiene un final cruento y terrorífico.

10 may. 2013

Historias de semáforos

Eran las cuatro de la tarde de ese martes de agosto. El verano, siempre atípico en esta parte del mundo, no ofrecía la convencional panorámica de las hojas secas cayendo de las copas de los árboles para tapizar las calles de distintas tonalidades marrón, ni los días soleados y calurosos coronados por un cielo despejado. Por el contrario, en las alturas de la bóveda celeste se cernían grandes nubes grises y blancas que, desplazadas velozmente al capricho del intenso viento, formaban tantas figuras como la imaginación de quien las mirase quisiera proyectar.

Abajo, en la calle, los tibios rayos del sol poniente bañaban los edificios, los parques y las avenidas, aunque continuamente eran eclipsados por el paso de las nubes, entre cuyos cúmulos los haces de luz se abrían paso produciendo un sublime espectáculo que acontecía majestuoso ante las indiferentes miradas de quienes caminaban a prisa por las aceras, así como entre las de quienes circulaban lenta y resignadamente en sus automóviles, con expresiones de hastío en sus rostros, absortos en sus pensamientos o simplemente distraídos por cualquier detalle de esa ordinaria estampa urbana.

A través del amplio ventanal del autobús que lo conducía de vuelta a casa, en medio del raudal del tráfico propio de esa hora del día, él dirigía la mirada hacia el profundo carmesí que aparecía en el horizonte. En sus manos sostenía un libro del que faltaban unas cuantas páginas para concluir su lectura. Había decidido precisamente descansar un poco sus ojos cuando reparó en el espectáculo que acontecía en el cielo, mientras en sus audífonos sonaba una vieja canción que creaba una atmósfera de introspección, o -si se permite al narrador realizar un breve apunte- de esa condición espiritual que en alguna de sus obras Hannah Arendt denominó como “solitud”.

Ahí, en ese ambiente intimista, comenzó a pensar en algo que había leído hacía ya algunos años en una obra de un escritor checo, acerca de la contingencia de los encuentros y el entrecruzamiento de historias personales. Mientras reflexionaba en torno a la relación entre necesidad, posibilidad, contingencia y determinación, el autobús había detenido su marcha obedeciendo el alto marcado por la luz roja del semáforo justo frente al paso peatonal paralelo a la avenida que pretenía atravesar.

Afuera, a través de la amplia ventana, se podía observar que ella también esperaba al cambio de luz para proseguir su camino. Un par de calles más adelante alguien aguardaba su llegada, sentado a la mesa de un pequeño y agradable café.

Casualidad, destino o contingencia, juzgue el lector lo más conveniente, ella también dilucidaba acerca de lo fortuito de los encuentros, de las miradas, de las sonrisas, de las historias que había detrás de cada una de las personas que a su alrededor también esperaban en ese cruce de avenidas para continuar sus respectivos trayectos.

Ambos, en esa fugaz coincidencia, si es que pudiera considerarse como tal al hecho de compartir por unos instantes un mismo punto en el espacio, ignoraban la existencia del otro.

Y he aquí la sorprendente capacidad de la literatura para deshilvanar historias, contar las acontecidas e inventar las improbables.

Y he aquí también las ventajas de la omnisciencia del narrador, que puede adelantarnos que ese encuentro, hasta ese momento potencial, se materializaría algunos años más tarde, unas calles más adelante; justo en el café en el cual la esperaban a ella esa tarde de martes de verano.

Lo que sucedió ahí, en ese lugar a donde la contingencia los llevó a ambos, queda para que el gentil lector imagine su propia historia.

23 abr. 2013

El último encuentro

Sandor Marai y la impaciencia producida por su prosa elegante

Ahora que me reconozco sin pudor como uno más de los analfabetas funcionales que pueblan este parroquial país de globos, bicicletas y presidentes frívolos y superficiales, debo aceptar que me enteré de la existencia de Sandor Marai por simple casualidad, mientras leía una entrevista a un novel político presuntamente de izquierda que, al cuestionamiento sobre algunos de sus escritores favoritos, soltó el nombre de este húngaro, que unos días más tarde volví a escuchar en un noticiario matutino. Así fue como se suscitó mi interés hacia su obra.

Semanas más tarde, al acudir a la librería, caí en la cuenta de que Marai había sido un escritor prolífico y por tanto la elección de una de sus obras para un primer encuentro era estratégica. Porque con los narradores de vasta producción siempre es prudente escoger con dedicación el primer texto a leer, pues de él dependerá el apego o el rechazo a su prosa. Aunque también puede darse el caso, desde luego, de que sin importar la obra que se escoga, el escritor en todas será siempre el mismo. O también puede ocurrir que la convergencia de determinadas circunstancias propicien el trauma o la afección a un autor y sus escritos; como me sucedió con Imre Kertéz cuya Kaddish por el hijo no nacido llegó a mi haberes en una etapa en la que, hasta antes leerla, pensaba que era insondablemente crítica pero que comparada con el dolor impregnado en cada letra de esa historia no era más que un frívolo y superficial lapsus de estupidez.

En el caso de Marai, supongo que ni las circunstancias, ni quizá la elección de la obra sirvieron para que pudiera unirme al numeroso club de fans que elogian su escrupuloso estilo narrativo y la profundidad psicológica de sus personajes. Sencillamente el argumento central de El último encuentro no me pareció lo suficientemente sólido en su desarrollo para sembar en el lector la semilla de la reflexión en torno a la temática de la verdad y la apariencia, la amistad, el amor y la traición como valores y antivalores centrales en la definición del curso y el sentido de la vida de las personas, así fueran éstas parte de la menguante aristocracia del Este de Europa durante el tránsito del siglo XIX al XX.

Si hemos de dar crédito a la Wikipedia y la mayoría de los estudiosos de la obra de este escritor y periodista húngaro, El último encuentro es una de sus novelas más importantes, debido a que la escribió durante su etapa de madurez. En ella cuenta la historia de dos hombres que se conocen durante su etapa preadolescente en una escuela de formación de oficiales del ejército austrohúngaro. Provenientes de dos estratos sociales distintos y hasta contrapuestos, Konrad (el pobre) y Henrick (el rico), entablan una amistad que se prolonga a través de los años hasta que, oh si, la fórmula no es novedosa, una mujer aparece para introducir el elemento de discordia y disputa entre los amigos, que después de una fría mañana de caza en uno de los frondosos bosques húngaros, terminan separándose bajo la sospecha de la traición e incluso del intento de homicidio.

Después de ese episodio habrán de transcurrir 41 años, al cabo de los cuales el otoño ha llegado a la vida de Konrad y Henrick, mientras que la muerte ha sobrevenido como ejecutoria casi divina para la mujer que fue la causa de la separación de los dos amigos.

Es hasta entonces que deciden sostener un último encuentro, no en el sentido del final de una serie consecutiva de reuniones sociales, sino en el de la plena conciencia de que el ocaso de la vida es inminente. Ahí, en esa última cena, es en donde encontramos la más exasperante prueba de paciencia a la que nos somete el escritor, quien recuerre a una excesvia perorata victimista en voz de Henrick, el amigo traicionado, para tratar de conducir la reflexión en torno al descubrimiento de la verdad subyacente en los hechos como elemento sine qua non para la liberación de la conciencia, aunque al final termina pareciendo más bien que lo es para la satifacción de un capricho de un viejo aristócrata, que usa el encuentro para arrojar a la cara del antigüo amigo el cúmulo de sapiencia senil.

Aunque es una novela corta, queda la sensación de que pudo haber sido aun más corta, y que la elegancia de la prosa con la que está narrada en nada se hubiese sacrificado si el autor nos hubiera puesto en antecedentes de la historia de los personajes en menos páginas, y si nos hubiese ahorrado detalles insulsos. Al final, para introducir una reflexión existencial acerca de los universales del espíritu humano (valores, sentimientos, apetitos, etc) no es necesario dosificar en forma tan prolongada los detalles de una historia que comparada con su propósito principal (incitar a la reflexión acerca de la verdad), pareciera más bien secundaria o superficial.

Pero esa es solo mi modesta opinión de lector aficionado. Ya los críticos literarios seguramente tendrán juicios más informados y precisos para elogiar y recomendar la obra de este escritor. Como sea, el hecho concreto es que si a mi en lo particular me preguntaran si recomendaría o no la obra de Marai, respondería que sustentado sólo en El úlitmo encuentro no tendría elementos suficientes para decir que es un buen autor, pero que siempre será recomendable un escritor serio, sistemático, culto y perdurable en la memoria y el tiempo, a un best seller que al cabo de un par de años ya nadie recordará.

8 abr. 2013

Estar a la mitad de esta carretera

Ha comenzado Abril. En la Ciudad de México ya se siente con fuerza el calor primaveral, quizá un tanto acentuado por la tradicional escasez de agua que suele presentarse en los días de la "Semana Santa" por causa del mantenimiento al sistema de distribución proveniente del Estado de México.

Afortunadamente en esos días, en los que es común ver a temprana hora a los vecinos de algunas colonias corretear en pijama a los camiones-cisterna (las "pipas") para negociar el llenado de sus respectivos depósitos, tambos, cubetas y cualesquiera otros medios de almacenamiento, yo acostumbro estar fuera de la ciudad. Como ha ocurrido en esta ocasión.

Sin embargo, contrario a la práctica habitual de quienes salen del Distrito Federal en el asueto de los días santos, yo no suelo ir a revolcarme en la arena de alguna playa barata y maloliente, ni a chapotear en las albercas rebosantes del lumpen proletariado llegado de los márgenes de la ciudad a algún balneario de los estados de México, Morelos o Hidalgo. Desde luego que tampoco acostumbro recorrer las calles en procesiones, ni flagelarme la espalda, ni asistir a representaciones teatrales que en ocasiones rayan en lo snuff acerca de la muerte de Jesucristo, como ocurre con los naturales de Guanajuato, Guerrero y Jalisco.  

No escribiré aquí acerca de lo que hago en esas fechas, pero sí de lo que no hice en esta ocasión; o más bien, de porqué no lo hice.

Resulta que por pecar en los días de guardar entregándome a los placeres de la gula, pesqué una gastroenteritis infecciosa marca "no llego al sábado de Gloria" (a propósito de las fechas) y tuve que quedarme en cama, alternando desde luego con frecuentes visitas al baño. Así que lo que originalmente había sido planeado como un asueto para relajarme, tomar una que otra cerveza fría y visitar uno que otro lugar, fue sustituido por visitas al médico, la farmacia y una dieta astringente.

Falto de previsión, o más bien, pleno de conciencia de la flojera que me produciría (ahora que me he convertido en un analfabeta funcional), no eché entre los objetos de mi maleta un sólo libro para que si quiera él pudiera acompañarme en mis momentos de congoja existencial y tormento gástrico. De modo que renuente a entregarme a la programación de los canales de televisión satelital, no tuve más remedio que permanecer durante largas horas acostado boca arriba, con la mirada fija en el techo, convaleciendo mi enfermedad.

Y como siempre ocurre cuando el ocio se apodera de la conciencia, se comienza invariablemente a pensar sobre una y mil cosas que cotidianamente son irrelevantes; como la letra de las canciones que suelen estar en el repertorio de nuestro reproductor portátil. En esta ocasión tocó el turno a "Sea", himno a la esperanza y la contingencia escrito por el gran maestro Jorge Drexler (que por cierto, vendrá a la Ciudad de México el 24 de abril próximo), que abre la composición haciendo referencia a estar a la mitad de la carretera, simbolizando con ello estar precisamente en el punto intermedio de un trayecto que ha sido complicado, plagado de retos, como la vida misma, que no es en modo alguno un regalo, como en ocasiones ilusa e ingenuamente se nos pretende hacer creer, si no un reto a superar, casi que un derecho a ser conquistado, sin más armas que las que la propia contingencia y la selección natural nos han dado.

Estar a la mitad del camino, del reto, de la adversidad o incluso de la prosperidad, es siempre motivo de reflexión porque supone pensar acerca de lo que se ha logrado, lo que se ha errado y lo que está por delante, lo que falta por hacer, por superar o por disfrutar. De lo que resulte de esa reflexión dependerán los ánimos para resistir y continuar o la debilidad para desistir.

Un pequeño momento de adversidad, trivial si se quiere, como una enfermedad pasajera, un momento de ocio tal vez más encauzado, da siempre oportunidad a pensar si uno mismo está o no a la mitad de la carretera. La única manera de saberlo es mirar hacia atrás y si aquellos recuerdos de la infancia y la adolescencia desprevenidas y despreocupadas, aparecen ya como punto lejanos, es muy probable que sí se esté a la mitad del camino. Pero también puede ser que el camino sea una metafora para denotar un reto que se ha tomado; uno de esos que se toman a veces con mucha determinación, con plena conciencia de los riesgos que implica, de las vicisitudes que habrá de concitar, o también de aquellos otros que se encaran sin nada más que arrojo momentáneo, de ese que generalmente es coronado con la muy folclórica expresión "¡chingue a su madre, a como nos toque y a ver qué pasa!".

Cuando se está en ese punto intermedio pueden ocurrir dos situaciones: una, que se abra una espiral de nostalgia, melancolía y angustia. Nostalgia por el pasado, por lo que fuimos, por lo que hicimos, por las risas de la infancia, por los recuerdos de la adolescencia y la ausencia de mayores tribulaciones que aquellas que imponía la angustia de saberse correspondido por quien en ese momento ocupaba nuestro pensamiento y nuestra imaginación. Melancolía por el shock que produce la conciencia de la realidad presente, tangible, perceptible y constantemente efímera a la vez, contrastada con el pasado que fue y ya no está. Melancolía por los que se han ido, pero nos han marcado, por los que han pasado de largo y los que se han quedado sólo un poco para luego emprender sus propios caminos, por todo lo que no se hizo y no se dijo, por el dolor y por la alegria, pues al final ambos contribuyeron a forjar lo que actualmente somos. Angustia por desconocer lo que vendrá adelante, saber si cuando, llegados al final de la carretera, en el examen final de la conciencia, los resultados de las acciones y las omisiones, de los pensamientos y las acciones, serán aprobatorios y satisfactorios o reprobatorios y frustrantes.

La otra situación es que el temple se imponga a los impulsos y la sensatez a las angustias. Que se adquiera la conciencia de que todo pasa, lo bueno y lo malo, pero siempre con la oportunidad de aprender algo, una lección impartida por las circunstancias. Esto siempre se dice fácil. Pero buscar "lo bueno" en medio de un infortunio, una lección a través de una pérdida, es tal vez uno de los desafios más complejos que haya que afrontar porque sólo será hacia el final cuando aquilatemos el esfuerzo invertido y el resultado obtenido.

Sea cual fuere de estas situaciones a la que nos enfrentemos, lo más importante será no quedarse a la mitad de la carretera, ni desandarla; sino ir siempre hacia adelante, con la certeza de que a cada paso se estará más cerca de la meta y que llegados a ésta seremos un tanto diferentes de quienes éramos cuando echamos a andar el camino. Con la conciencia de que caminar será siempre una oportunidad de aprender y madurar.

25 mar. 2013

Reforma a las telecomunicaciones ¿beneficios para quién?

Pasadas las sosas celebraciones de los primeros 100 días del nuevo gobierno federal, ahora el tema que ocupa el centro de la agenda pública, suministrado por la -hay que reconocerlo-eficiente estrategia de comunicación política ejecutada desde la Presidencia de la República, es la reforma constitucional en materia de telecomunicaciones que fue procesada por la Cámara de Diputados con una inusual velocidad.

Como se sabe, dicha reforma es parte de los “compromisos” signados por los principales partidos políticos nacionales y el titular del Ejecutivo, dentro del mecanismo de alineación de intereses comunes denominado “Pacto por México”.

El lado amable que justifica la incorporación de más párrafos y apartados a la ya de por sí enciclopédica Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, es la presunta necesidad pública de acotar a los agentes económicos dominantes en el mercado de las telecomunicaciones y la radiodifusión, mediante el fomento a la competencia y la diversificación de los oferentes de dichos servicios, lo cual en último término podría traducirse en presuntos beneficios para los consumidores.

Respecto a las cuestiones jurídicas y técnicas implicadas en dicha reforma, así como a sus alcances, riesgos y beneficios mucho han dicho desde hace ya mucho tiempo los expertos, abogados, economistas e ingenieros. De igual manera, sobre los actores involucrados en este tema y sus métodos de presión a los poderes públicos, así como de sus relaciones de cooperación e incluso de contubernio, mutuo usufructo y protección también ya mucho han opinado los columnistas de la prensa escrita y electrónica.

De manera que mi intención en estas líneas es centrar la atención en los aspectos residuales de dicha reforma, así como en sus posibles impactos en la vida cotidiana de la gran mayoría de personas que atestiguan como público pasivo el debate público y la disputa de poder implícita en dicho tema.

Así pues, comienzo por señalar el escepticismo en torno a las bondades de la reforma. Primero, porque introducir disposiciones particulares la Constitución es tanto como llamar a misa, porque se trata de una ley general, que como tal no se ocupa de detalles (más bien, no debería). Es decir, suena muy bonito que en la Constitución se diga que toda persona tiene derecho al “libre acceso a información plural y oportuna”; pero si no se especifica del otro lado que existe la obligación o el deber de procesar de forma “plural y oportuna” la información para proveerla a “toda persona”, ese derecho es etéreo. Además, la práctica ridícula y demagógica de los políticos mexicanos de incluir todo en la Constitución le resta seriedad y vigencia al texto constitucional, que debería de ser -según indica la teoría- una norma fundamental y fundacional; no un catálogo de buenas intenciones y corrección política.

Por otra parte, quién decide qué es lo “plural” y cuándo es “oportuna” esa información. A esa duda se responde, desde la técnica legislativa, afirmando que toca a la ley reglamentaria de la disposición constitucional ocuparse de los detalles. Y como el diablo está en los detalles, será en la Ley Federal de Telecomunicaciones donde los actores interesados ejercerán la mayor presión posible para mantener a salvo sus intereses. Por tal razón el CEO de Televisa, Emilio Azcarraga, pudo darse el lujo de declarar “bienvenida la competencia”, en el contexto de la presentación de la reforma, pues estaba plenamente consciente de que la disputa real estará en la definición de los detalles de la legislación secundaria.

Otro aspecto en el tema de las telecomunicaciones que ha sido muy mencionado es el supuesto beneficio que la competencia traerá a los consumidores, al propiciar más opciones de información y entretenimiento. Sin embargo, al respecto cabría formularse dos preguntas. La primera, porqué el Estado debería garantizar que tanto los servicios de telecomunicaciones como los de radiodifusión “brinden los beneficios de la cultura a toda la población”; y la segunda, a quién realmente beneficiará que el Estado garantice la prestación de dichos servicios en condiciones de competencia.

A la primera pregunta podría responderse con otra: ¿que no se supone que los beneficios de la cultura para toda la población el Estado los ofrece mediante la educación pública? Incluso podría formularse una más ¿qué es la cultura y por qué se da por sentado que así, mediante una conceptualización muy general, dicha cultura podría brindar beneficios? La cuestión es válida a la luz de los contenidos que actualmente se difunden tanto en los servicios de telecomunicaciones, como en los de radiodifusión. ¿Qué beneficios, por ejemplo, se desprenden de escuchar “Ya párate”, el programa radiofónico producido por MVS Radio, o “El Panda Show” de Televisa Radio? ¿Se puede denominar cultura a “Bailando por un sueño”, “La rosa de Guadalupe” o “Lo que callamos las mujeres”?

Los entusiastas de la reforma podrán objetar estas preguntas afirmando que la creación de una tercera cadena de televisión abierta diversificará las opciones. Sin embargo, mucho me temo que no importa el número de cadenas que se liciten, ni el número de canales, si lo que determina la oferta de contenidos -porque al final quienes operan los canales de televisión, las estaciones de radio y los portales de Internet son empresarios en buscar de beneficios económicos y no instituciones de asistencia social- es el perfil de la demanda, la cual en México y en Latinoamérica (basta un vistazo en YouTube a los programas televisivos que se producen en otros países de la región) está volcada hacia las telenovelas, el doble sentido y el alto contenido sexual en el que la mujer recurrentemente aparece como un objeto “saciamorbos”. En suma, la demanda está determinada por el ínfimo nivel cultural de los usuarios de dichos servicios, resultante de las lagunas, los vicios y las taras de la deficiente educación pública.

Por lo que hace a la pregunta en torno a quién realmente beneficia que exista competencia en las telecomunicaciones y la radiodifusión, hay que detenerse un momento a analizar cuál es el verdadero negocio de los prestadores de esos servicios. Para TV Azteca no lo es en modo alguno producir “Cosas de la vida”, sino la venta de los espacios publicitarios de ese programa para los anunciantes interesados en hacer llegar los beneficios de sus productos al público que consume “los beneficios de la cultura” que bondadosamente les hace llegar todas las tardes Rocío Sánchez Azuara mediante intensos e interesantísimos paneles con títulos como “Mi hermana vive de estafar a hombres casados”.

Si el mercado de las telecomunicaciones y la radiodifusión fuese más competido, ese anunciante no sólo tendría como opciones para insertar sus pautas publicitarias los programas producidos por TV Azteca (“Cosas de la vida”) o Televisa (“Laura en América”), sino en otros como “Casos de familia” producido por Cadena Tres, la televisora de la familia Vázquez Raña que mira con mucho apetito la posibilidad de ganar la concesión para operar la tercera cadena de televisión que se licitará como producto de la reforma y ofrecer su súper innovadora programación (el sarcasmo en gratis; de nada).

Así pues, a mayor competencia, los anunciantes de productos, entiéndase por ejemplo, Coca Cola, Bimbo, Alsea, tendrán más opciones de difusión de su publicidad a precios más bajos. Pero ¿y el consumidor/usuario/público? Sencillo, tendrá oportunidad de mirar la pauta publicitaria de Coca Cola en Televisa, TV Azteca, Cadena Tres o Uno TV (seguramente así se llamará la cadena de televisión de Carlos Slim). Eso es diversidad, sí señor.

Los siempre aguerridos, caricaturescos y residuales niños bien buena onda de la movilización #YoSoy132 dirán que con la reforma en comento se han dado los primeros pasos para la “democratización de los medios de comunicación”, cualquier cosa que eso signifique y cualquier cosa que entiendan por ello. Sin embargo, tratando de descifrar un poco el alcance de la tal demanda de medios más plurales, que es el adjetivo correcto que esos muchachitos deficientemente formados por sus dizque profesores universitarios, denotan al hablar de “democratización”, hay que considerar que ésta no se alcanza por efectos de una reforma a una disposición legal, sino por una asimilación cultural de los valores de la democracia: respeto, tolerancia, diversidad. Y estos y muchos otros más difícilmente se encontrarán en los contenidos de los medios de comunicación, porque no es su función, ni su finalidad ser instrumentos supletorios de la educación; sino mercadear información, entretenimiento y publicidad.

Por tal razón es que no hay mucho qué celebrar respecto al avance de esta reforma, que lo que hace es someter al arbitrio de la autoridad presidencial a los grandes poderes económicos en posesión de instrumentos estratégicos de dominación y manipulación como son los medios de comunicación, y propiciar la disminución de los costos de las pautas publicitarias al regular la entrada de nuevos oferentes de esos espacios al mercado de la radiodifusión y las telecomunicaciones.

Es, pues, otro cambio cosmético, al estilo del Presidente y su gobierno.

22 mar. 2013

Se me olvidó que te olvidé

El 26 de diciembre de 1948 fue domingo. En Tamaulipas, concretamente en el municipio de González, un grupo de ingenieros y técnicos trabajaba en el ensamblaje de un puente de acero de procedencia alemana, que años más tarde generaría una intensa polémica local cuando un periodista sugiriera que había sido un regalo de Hitler "con amor".

A unos 100 kilómetros de esa localidad, nacía, en Tampico, Dolores de la Colina Flores, a quien probablemente previendo la presteza de su nombre de pila al doble sentido, alguna alma piadosa o quizá ella misma, al momento de su incursión en medio musical del centro del país decidió cambiarlo por el más amable "Lolita de la Colina", que es con el cual la conocemos quiénes durante la infancia tuvimos que padecer sus canciones interpretadas por Alberto Vázquez, Angélica María, Vicky Carr o Lupita D'Alessio, quienes eran las grandes luminarias del género "adulto contemporáneo" de la época de nuestros padres.

Tal vez en alguna ocasión posterior me detenga a escribir acerca del impacto y profundidad que ese trauma psicológico infantil tuvo en mi generación, especialmente en la educación sentimental, porque a pesar de que a los 7 u 8 años de edad escuchar las canciones de Rafael Pérez Botija interpretadas por José José era un auténtico martirio, unos 10 años después se tornó en un gusto propio. Entonces hubo algo ahí que propició pasar del odio al amor a esas canciones. Pero en esta ocasión no quisiera desvariar as usual.

De modo que regreso a la breve reseña de Lolita de la Colina, de formación profesional traductora, de oficio locutora y de vocación compositora.

Ignoro si nacer en las cercanías de un puerto influya en alguna medida en el desarrollo del temperamento y el lirismo de las personas, o si éstos son más bien producto de una especie de fortuna individual. Pero lo cierto es que Tampico, con su cercanía a Estados Unidos y su frontera natural con el Golfo de México seguramente en algo influyó en la personalidad de Lolita de la Colina, que dentro de su prolífica producción como cantautora cuenta con temas con títulos y letras llenas de nostalgia, pasión, añoranza y cierta socarronería, como "La niña tristeza", que es para ponerse a llorar amargamente cuando recuerda que sollozaba tras las faldas de su madre y de su abuela, como esos sórdidos personajes que describe Dostoievsky en sus novelas.

Pero quizá una de las canciones más emblemáticas de esa voragine de sentimientos, intenciones y pretensiones que Lolita de la Colina solía emplear como ingrediente principal en sus letras es "Se me olvidó que te olvidé", originalmente interpretada por Olga Guillot allá por 1964, con unos arreglos bastante interesantes que rayaban en el soul, el funk y el gospel a la mexicana.

Posteriormente, en 2003, el productor Fernando Trueba rescata la canción y decide incluirla en un disco con arreglos de Bebo Valdés e interpretación a cargo de Diego Ramón Jiménez Salazar, "el Cigala". De ahí para adelante vienen otras interpretaciones quizá más desafortunadas, aunque el gusto se rompe en géneros.

Como sea, el punto es que la letra de la canción retrata con una coqueta dósis de desparpajo esa situación que todo aquel que haya tenido algún momento de delirio etílico ha experimentado, es decir, la de traer al presente los recuerdos de esa persona que se creía olvidada, pero que simplemente estaba ahí, como fantasma en duermevela, en las capas más superficiales de la memoria, esperando a ser remembrada para emerger con todo el bagaje de sinsabores, ingratitudes, frustraciones y reproches; porque suele suceder que siempre es ella la victimaria y poseedora de todos los defectos y vicios que corrompieron el alma inocente y casta de quien la recuerda.

Pero más allá de ese pseudo sicoanálisis, lo cierto es que a todos nos ha pasado en alguna ocasión eso que dice Lolita de Colina. A veces sucede que mientras caminamos por la calle, hay algo en el ambiente, en el paisaje, que propicia que se nos olvide que olvidamos a esa persona que no quisieramos recordar, pero que contra toda voluntad consciente, aparece ahí donde menos se le espera.

Quizá por eso el objetivo no es olvidar, porque es imposible, sino tratar de no recordar, lo cual es bastante difícil; pero a menos que se esté dispuesto a vivir traumado toda la vida, es la alternativa más viable.

O también está la otra, más incómodamente placentera de dejarse llevar por el intempestivo asalto del recuerdo, de olvidar que se olvidó, con la plena consciencia de que será un lapsus temporal, y aceptar con cierta ironía que "la verdad no sé porqué se me olvidó que olvidó que te olvidé, a mi que nada se me olvida". Como el Santo lo hizo con Blue Demon.


12 mar. 2013

Peña y el poder presidencial

Contrario a la opinión generalizada de los presuntos líderes de opinión y analistas políticos -que no precisamente politólogos- vertidas recientemente en la prensa escrita y electrónica, no encuentro motivos suficientes para laurear los primeros 100 días del actual gobierno federal, ni las expectativas generadas a su alrededor.

Las causales de tal escepticismo tienen sustento analítico en los siguientes factores, que para su mejor exposición han sido divididos en dos aspectos, uno político y otro económico.

En el primero de ellos se puede vislumbrar, detrás de la bien elaborada estrategia de comunicación política e imagen que ha sido diseñada y dirigida desde la Oficina de la Presidencia de la República específicamente hacia sector de la opinión pública más informado y analítico, un intento por reconcentrar el poder que la institución presidencial había perdido por efecto de reformas al marco constitucional que establece sus facultades, así como por el ineficaz ejercicio de la autoridad por parte de los Presidentes de la República surgidos de la alternancia.

Tal reconcentración si bien apunta a conferir eficacia al proceso decisorio, conlleva el riesgo de restauración de prácticas antidemocráticas ancladas a la figura presidencial durante la prolongada etapa de gobierno en la cual el Presidente era visto como el jefe político único de todo el país al cual debían de someterse todos los demás liderazgos formales y de facto.

Al respecto, pueden enunciarse las siguientes decisiones y acontecimientos ocurridos durante los 100 días transcurridos del actual gobierno:

1.- Elección de César Camacho Quiroz, ex gobernador del Estado de México –entidad de la cual es originario el Presidente y el grupo político al cual pertenece y en cual se formó políticamente- como dirigente nacional del PRI sin que mediara un proceso de competencia por dicho cargo al interior del partido.
Esta decisión permite al Presidente, o con más precisión, al grupo político gobernante, tener una comunicación directa con la estructura del partido para agilizar la toma de decisiones relacionadas con la implementación de las políticas públicas tanto en su negociación horizontal (búsqueda de consensos en la relación con el Legislativo) como en su penetración regional (negociación Ejecutivo federal-Gobernadores), así como la operación electoral que permita al partido mantener e incrementar los niveles de apoyo al gobierno.
2.- Inclusión del Presidente de la República como integrante del Consejo Político Nacional y la Comisión Política Permanente del PRI, que son las instituciones responsables del funcionamiento interno del partido y, principalmente, de delinear los requisitos de elegibilidad de los candidatos a puestos de elección popular; con lo cual el Presidente podrá tener injerencia directa en el avance o estancamiento de la carrera política de los militantes del partido, así como establecer o fortalecer los vínculos de lealtad personal y disciplina por parte de los militantes hacia el jefe del Ejecutivo.
3.- Cambio de los Estatutos del PRI para permitir un eventual incremento del IVA y la apertura del sector energético a la inversión privada, el cual fue operado precisamente por César Camacho alineando a los sectores tradicionalmente más movilizados del partido, como las organizaciones sindicales y campesinas, al proyecto de gobierno del Ejecutivo.
4.- Detención y encarcelamiento de Elba Esther Gordillo. Representa un “golpe de mano” que envía la señal a todos los grupos y liderazgos políticos que pudieran mostrar alguna oposición al Presidente y su proyecto de gobierno, en el sentido de que son vulnerables y no deben desafiar al poder político dominante.
5.- Intención de regular la capacidad de endeudamiento de los estados. Es un curso de acción contenido en el Pacto por México, que es un mecanismo mediante el cual los partidos opositores se alinean a la agenda pública del gobierno federal, mediante el cual se pretende clausurar uno de los mecanismos que durante los gobiernos de la alternancia permitieron a los gobernadores amplios márgenes de acción para tomar decisiones e implementar medidas de política pública sin contar necesariamente con la validación de las instituciones del centro. Cerrar la llave del financiamiento mediante la contratación de deuda conlleva una reducción del margen de maniobra de los gobiernos locales.

En el aspecto económico no se observan visos claros que demuestren que la intención discursiva del actual gobierno de “transformar al país”, aterrice en acciones concretas y eficaces, máxime cuando esa presunta transformación se ancla a temas sociales como la inseguridad pública y la pobreza.

Al respecto, la acción más destacada ha sido el anuncio de la “Cruzada Nacional contra el Hambre”, que en estricto sentido es un programa asistencial dirigido únicamente a paliar los efectos negativos más apremiantes de una política económica que se ha mantenido sin cambios sustanciales desde hace cuando menos 30 años.

Paradójicamente, esa “Cruzada” coexiste con la intención altamente probable de convertirse en hecho consumado de la aplicación del IVA a alimentos y medicinas, bajo una lógica fiscal difícil de asimilar precisamente para los amplios sectores populares, que no han tenido un incremento real en el poder adquisitivo de su salario en más de 30 años y, por el contrario, éste ha perdido su capacidad de compra en cerca de 70% desde 1970. A esta situación habrís que sumarle el “deslizamiento” gradual de los precios de los energéticos para controlar la inflación y presuntamente dejar de subsidiar a los sectores con ingresos medios para poder concluir que la “Cruzada contra el Hambre” y cualquier otra medida paliativa, son sólo programas de efecto publicitario, sin capacidad real para propiciar un cambio sustancial en las condiciones de vida de los sectores más pauperizados.

En relación con lo anterior se encuentra el presunto cambio en la estrategia de seguridad pública, que pretende pasar con novedosa y eficaz únicamente porque incluye apenas superficialmente el factor de prevención social del delito. Sin embargo, el aspecto reactivo de dicha estrategia adolece del mismo error que las estrategias implementadas por los últimos tres gobiernos federales, es decir, cambiar las siglas de las corporaciones policíacas y crear otras nuevas al vapor, echando mano de las tropas militares acondicionadas como cuerpos civiles, como será el caso de la futura Gendarmería Nacional.

Una estrategia eficaz debería incluir medidas de reconstrucción del tejido social, de rescate de las células básicas de interacción social como son la familia y la escuela, los espacios de convivencia, la política de vivienda y desarrollo urbano, así como el impulso al desarrollo de la economía agropecuaria.

Ya será ocasión para otro análisis la ausencia de vinculación entre la política educativa que se ha pretendido también vender como un logro y potencial palanca de desarrollo (centrándose únicamente en la educación básica, necesaria para formar ejércitos de maquiladores), con la política laboral, que debido a las reformas más recientes pareciera condenar a los trabajadores presentes y futuros a salarios de subsistencia, puestos de trabajo carentes de seguridad laboral y precaria seguridad y previsión social.

La intención de este análisis no es señalar chabacanamente los errores del nuevo gobierno, sino contrastar su estrategia de corporate branding, con la apremiante realidad nacional; ante la cual los discursos y las medidas superficiales son apenas paliativos ineficaces.

Empero, habrá que conferirle el saludable beneficio de la duda con la esperanza –término que adquiere matices escatológicos que desdibujan un pretendido análisis político- de que la sociedad más democrática o (si se quiere) menos tradicional que prevalece en México, sabrá anteponer sus reclamos y necesidades como barreras ante los eventuales intentos de restauración autoritaria.