30 oct. 2012

Las ventajas de ser invisible (o acerca de los héroes de todos los días)


En 1977 David Bowie y Brian Eno escribieron “Heroes”. Once años después The Wallflowers, la banda comandada por Jakob Dylan, hijo del legendario Bob Dylan, hizo un cover de esa canción como parte del soundtrack de una espantosa versión gringa de Godzilla.

La letra de la canción habla básicamente de anhelos, deseos y amor; tema éste último que no puede faltar en ninguna canción pop moderna que se precie de serlo.

Hay quien, embebido por los distintos usos publicitarios y emocionales que se le han dado a esa canción, afirma –tal vez con desbordado optimismo- que se trata de un himno moderno y por esa razón constituye el soundtrack que adhereza sentimentalmente algunos momentos convencionalmente considerados importantes en la vida de las personas, como el triunfo en una justa deportiva o la obtención de un logro académico.

Lo cierto es que la letra y la música de esa canción sí están como para formar parte de la banda sonora de la vida de personajes habituados a remar contracorriente en las agitadas aguas del manantial del espíritu, para parafrasear a Günther Frager (todos los créditos a Les Luthiers), como es el caso de Charlie, el protagonista principal de la cinta “Las ventajas de ser invisible”, adaptada y dirigida por Stephen Chbosky, autor del best seller del mismo nombre publicado por MTV Books (sí, yo también fruncí el ceño al enterarme de que MTV editara libros).

Charlie es un adolescente que carga tras de sí con un pasado incómodo y farragoso. Es el menor de tres hermanos criados en el seno de una familia católica norteamericana, lo cual quizá acentúa aún más los rasgos de culpa en su personalidad ya por si misma tendiente al conservadurismo heredado de un padre que aun bendice los alimentos a la hora de la cena.
Producto de esa historia de vida, Charlie es un sociópata potencial, incapaz de entablar amistad  en la escuela, retraído aunque aplicadamente inteligente, lo cual resulta hasta cierto punto explicable cuando no tienes distractores mundanos en la vida como los amigos o la novia.

Sin embargo su vida comienza a dar un giro cuando conoce a Patrick y a Sam, dos hermanastros del último año de la preparatoria con quienes entabla una amistad fundada en gran medida en el piso común de la anti popularidad escolar por razón de la homosexualidad de él y la promiscuidad de ella.

El título del libro y de la cinta reflejan con total claridad la condición de Charlie y de muchos adolescentes promedio que no son retratados en las películas gringas, que generalmente suelen jugar con los extremos de los estereotipos. Esto es, o se dedican a narrar la vida de las porristas y los jugadores de los equipos deportivos (Chicas pesadas y Todas contra John), o denuncian en forma bastante comercial la condición de los marginados (Kids, Perversión).

En “Las ventajas de ser invisible” encontramos la vida de un adolescente ordinario, de esos que forman el enorme grueso de la población de los centros escolares pero que también tienen una historia que contar. Como en el caso de Charlie, Sam y Patrick, que a pesar de sus propias circunstancias luchan por encontrar la felicidad sin necesariamente tener que embonar en los patrones de la “normalidad” impuestos por la sociedad del consumo y sus centros de diseño mercadológico, que ya no ideológico, si habremos de hacer caso a Naomi Klein (No Logo).

De ahí quizá el tino de hacer de “Heroes” la canción principal de la banda sonora, pues como decían Bowie y Eno, se puede ser héroe… aunque sea por un día. 

19 oct. 2012

Noroñismo


Hoy traigo la inspiración desbordada, como podrá constatar el lector si se apercibe que en un solo día he publicado dos entradas en esta humilde atalaya de pendejadas y asuntos sin importancia.

Lo que en esta ocasión me mueve a escribir ha sido la (in)grata noticia de que mis textos publicados con anterioridad aun son leídos por algunas almas extraviadas pero generosas que, dejando a la deriva su devenir por los inescrutables caminos de la Internet, han encallado en este pequeño archipiélago de insensateces.

Sucede que, hace un par de días, revisando los comentarios pendientes de autorización, encontré un par de ellos para un texto que escribí en el 2009, en el cual, tal vez todavía movido por alguna reminiscencia de insidia, comparé a este honorable país de globos, bicicletas y premios de chocolate para escritores piratas, con otro país del sur del continente, ubicado entre Venezuela, Perú y Ecuador, cuyo nombre no recuerdo en este preciso momento.

El punto es que mi texto resultó ofensivo para esos lectores, que me dejaron encendidos reclamos que en el más amplio respeto a la libertad de expresión tuve a bien aceptar y publicar.

Debo confesar que me da gusto saber que lo que escribo suele ser leído de vez en cuando por alguien más. Y también debo confesar, pero con mucho placer maligno, que disfruto cuando mis letras arrancan algún impulso en quien las lee.

No sé, y esto es motivo de una profunda reflexión y devaneo existencial, si sea un provocador por naturaleza, o si mi naturaleza me incita a provocar. Pero lo importante es que en ocasiones lo hago tan bien, que hasta improperios concito.

Supongo que si esa práctica, hábito, costumbre, inclinación o simples y sencillas ganas de chingar formaran el corpus de una ideología, ésta sin duda se llamaría Noroñismo. Y ahora explico por qué.

Entre la fauna política nacional habita un espécimen único, aunque emparentado con especies endémicas como el homo radicalis pendejus y el homo irremediabilimente stupidus. Dicho espécimen responde al nombre de Gerardo Fernández Noroña y tiene entre sus hábitos y costumbres oponerse a todo y a todos por todos los medios.


Es un provocador y reventador nato, dotado de una palabrería fluida y una habilidosa capacidad para el escarnio, la sorna y la ironía. De ahí el origen del Noroñismo, que además de ideología también podría ser un padecimiento mental.

No sé en qué nivel se encuentre mi  Noroñismo, pero de que provoca, provoca. Ante tal circunstancia, sólo puedo alegar, en descargo de mi defensa, que aunque quiera en ocasiones no puedo evitar llevar la contra o poner el dedo en la llaga y hundirlo con saña; o en los casos menos notorios, hacer  un discreto escarnio a costa de mi interlocutor y cualquier cosa que en su ethos me desagrade.

Es como cuando en las chicas chic que piensan que piensan me desagrada su pose aspiracionalmente rebelde y casi intelectual que me produce comentarios sarcásticos que tienen toda la intención de probar su agilidad mental midiendo su reacción. Las más de las veces es triste ver que no se dan cuenta.

O en el caso del snobismo facebookero de las frases hechas y las fotos con poses. Por lo menos en un par de ocasiones he recibido amenazas vía mensajes privados de personajes irritados al ser exhibidos en su fatuidad. Aquí una muestra. Son las palabras de una chica chic que, allá por el 2010, se enojó sólo porque descubrí que su papá había participado en el Yunque en Puebla y me burlé -solo un poquito- de su discurso (el de ella) presuntamente progre y favor de... AMLO: 
[...] usted se metió en honduras, abusó de su discurso racista y clasista ahora debe soportar lo que venga. No le extrañe que lo denuncie ante el ministerio público federal por esa "guerrita" de odio desatada en su muro y en el mío... Lo que Usted tiene es un gran resentimiento social, que no le permite ver el alma o el corazón de los otros [...] 
Dios me libre de verle la cara por que lo único que merece es un escupitajo... o ni eso, la indiferencia es lo mejor!!! QUE asco demuestra ser usted como ser humano.

Desconozco si mi noroñismo sea un síntoma de mi falta de madurez o de mi potencial misantropía. Pero lo cierto es que lo disfruto. Aunque supongo que todavía no estoy tan grave, porque en ocasiones, cuando así lo considero pertinente, suelo pedir una disculpa.

Lo que no entiendo a veces es porque no me la dan. 

Cuando Facebook aburre...


A todos los que hemos sucumbido a las redes sociales, que curiosamente y contrario a la percepción imperante, existían aun antes de Facebook y Twitter, nos ha pasado que por temporadas encontramos tremendamente aburrido andar fisgoneando en la vida de nuestros amigos o conocidos.

Sencillamente ya no encontramos interesante hurgar en sus fotografías o en las actualizaciones de su estado o incluso, en los casos de los amigos que son todavía más farolones que los que tienen cientos de fotos y emplean la aplicación foursquare, ni siquiera nos llama la atención enterarnos de los lugares en los cuáles comieron y las esquinas en las cuales orinaron borrachos.

Cuando eso sucede, los usuarios de las redes sociales que aun tenemos un poco de sentido común y evitamos eZcRiviR AsI (que por cierto, es muy laborioso), tenemos la opción de escribir en un blog. Como es mi caso.

Sucede que es viernes por la tarde. Estoy en la oficina. Técnicamente debería estar haciendo algo provechoso como revisar los pendientes para la próxima semana o algo parecido. Pero lo cierto es que estoy aburrido. Y si he decidido escribir este post es simplemente por dos razones: la primera es entretenerme en algo lúdico y la segunda es hacerte perder el tiempo a ti, estimado lector. Aunque supongo que coincidirás conmigo en lo que escribí al inicio de este texto.

Incluso ahora mismo me viene a la mente la duda acerca de qué hacíamos cuando no existían Facebook, Twitter, Hi5 y todas esas cosas para el ocio virtual. Al respecto, apenas vagamente recuerdo que solía platicar con las personas a mí alrededor. Pero eso era en el tiempo en el que platicar con algún desconocido en forma presencial aun no era percibido en forma sospechosa como ahora paradójicamente sucede.

Lo paradójico reside en que, ahora, preferimos platicar con los amigos de nuestros “amigos” del Facebook, aunque nunca los hayamos visto, ni sepamos absolutamente nada de sus filias y sus fobias, que darle la oportunidad a la persona que cotidianamente comparte el elevador con nosotros, de la cual por lo menos sabemos en piso trabaja o en qué número de departamento vive.

Supongo que son de esas paradojas de la Modernidad en las que tanto suelen hacer hincapié aquellos teóricos sociales que alguna vez leí. Y ahora que lo recuerdo, qué buenos eran esos tiempos. Había discusiones con contenido, argumentos encendidos, replicas vehementes. Incluso había un vocabulario que aspiraba a la exquisitez. Eran los días, parafraseando a un escritor que aparentemente nunca plagió a nadie, de las batallas en el desierto. Últimamente he andado entre la nostalgia y pañuelo.

En fin, que cuando Facebook aburre siempre queda escribir. 

15 oct. 2012

La historia y la trama


Marx, Carlos, no Groucho (pausa para una cápsula mental: qué anticuado resulta citar al filósofo alemán en estos tiempos; es como acordarse de “Chispita” ahora que Lucero es la novia de Jaime Camil en la telenovela que dan en el canal 2 de Televisa, en la que él se caracteriza de drag queen)… Marx –vuelvo al hilo de mi exposición- iniciaba el 18 Brumario de Luis Bonaparte, escrito seguramente allá por 1851, entre Moby Dick y el péndulo de León Foucault, citando a Hegel con aquella famosa frase respecto a que la historia se repite dos veces; la primera como tragedia y la segunda como farsa.

Desde luego que el viejo de las barbas (Marx, no Santa Claus) se refería a los grandes acontecimientos  y personajes. Sin embargo, un párrafo más adelante en la misma obra afirmaba que si bien los hombres hacen su propia historia, no la hacen a su libre arbitrio, sino condicionados por las circunstancias actuales y las que les han sido heredadas por el pasado.

Más allá de que Marx y Hegel puedan caernos gordos por pretensiosos y oscuros, no podemos negar que hay gran lucidez en su diagnóstico. De modo que tal vez hubieran sido más respetados y conocidos por el grueso de la masa palurda que todo lo infesta si a sus reflexiones no les hubiesen puesto cotos de exclusividad para los grandes sucesos y los grandes hombres. Esto debido a que en la vida cotidiana de los ordinarios mortales que poblamos este yermo infértil a pesar de las lágrimas sobre él vertidas llamado mundo, la historia también suele repetirse a veces como tragedia y a veces como farsa.

Es decir que en ocasiones el Cosmos, el Destino, el Karma (como ahora vulgarmente se emplea esta palabra para denotar una situación inexorable como las leyes del Universo) o –si se prefiere- Dios, confabulan para producir circunstancias similares a experiencias pasadas en la vida de las personas, aunque con matices cualitativamente distintos.

Donde generalmente resulta más fácil adquirir conciencia de esto es en la experiencia amorosa, coquetosa, sentimental o como el gentil lector que ahora gasta su tiempo en leer esta baratija mental quiera nombrarle. El punto es que, en ese tipo de situaciones es en las que se puede observar con mayor claridad cuándo algo adquiere tintes trágicos y cuándo tintes cómicos o banales.

Es como cuando, en la adolescencia, donde todo es inocencia y campo fértil para sembrar la delicada planta de la experiencia, se suscita el primer desamor cristalizado en sentimientos no correspondidos.

Todos en alguna ocasión sentimos cómo el alma abandonaba a nuestros cuerpos al escuchar ese primer “no”, o el todavía más lacerante y lastimoso “sólo te quiero como amigo” pronunciado por la musa que durante meses y quizá hasta años fue la fuente de arrebato poético y desbordamiento lírico.

Ya las segundas ocasiones el golpe pasa y es menos seco. Hay quienes incluso hasta aprenden a disfrutarlo y a vivir en ese estado de inmunidad sentimental que es el estoicismo. Ya en estas ocasiones la musa portadora de la primera experiencia trágica se convierte en la bufona a la cual se le pueden escribir poemas como “Una carroña” de Baudelaire o letras todavía más domingueras como la de “La tumba falsa”, o ya en el límite del paroxismo “Que chingue a su madre la que no me supo amar”.    

Pero hay otras veces en las que lo cómico de la experiencia toma la forma de un deja vu. Y es tal vez cuando resulta más hilarante porque sabemos perfectamente cómo acabará. Por eso sólo queda disfrutar el halago, proyectar los escenarios, poner en guerra las imaginaciones y –como diría el maestro Drexler- amar la trama.

Sea tal vez esa la palabra que podría actualizar la vigencia de la sentencia hegeliano-marxista: la trama sucede dos veces, una como tragedia y una como comedia. Tal vez hasta en las mismas latitudes… 

10 oct. 2012

Instántanea fugacidad


Mientras el aire soplaba con liviana intensidad, meciendo suavemente las ramas de los árboles, en el horizonte se observaba con claridad el lento inicio del andar de la luna llena en esa clara noche de octubre.

Sentado sobre una roca, el discípulo se hallaba plenamente entregado a la contemplación de ese sublime paisaje cuando subrepticiamente un recuerdo pasó con gran velocidad por su mente.

Había pasado tanto tiempo desde aquella experiencia que tenía la aparentemente plena seguridad que se hallaba enterrada en el más recóndito lugar de su memoria. Pero aun a pesar de la instantánea fugacidad, todo aquello vino nuevamente a su presente.

Sin duda, era el preludio de algo que, al igual que en ella ocasión, sería irónico, cómico y mordaz.

Por eso es que lo vemos ahí, sentado sobre la roca con el semblante apacible. Si observamos bien, podremos ver en los labios del discípulo la curvatura causada por una discreta sonrisa…