21 sep. 2011

Otra vez en radio

Pues nada, que me invitaron otra vez a participar en la mesa política de W Radio y aquí les comparto el link al podcast

12 sep. 2011

Otros cinco minutos de fama

Pues nada, que he vuelto a tener otros cinco minutos de fama en la radio... bueno, ahora fueron más de cinco.

Me tocó compartir la mesa política de W Radio con dos divas del dizque análisis político, John Ackerman (un sangrón como pocos que he conocido) y Rubén Aguilar, el traductor de las idioteces del ex presidente Vicente Fox.

Dejo aquí el link a la página del podcast.

http://www.wradio.com.mx/programa.aspx?id=13616&au=1543526

Saludos!

8 ago. 2011

Videos

Además de compartir, con el objetivo de contar con sus buenas vibras, la posibilidad de ir a otro empleo, quiero compartir unos videos que están poca abuela; estos son músicos de verdad:


Otro más...

... Y otro


Espero que les gusten tanto como a mi.

Oportunidad

En esta ocasión tengo ganas de microblogear y sólo diré que se está cocinando una nueva oportunidad laboral y, desde luego, nuevos retos por afrontar y nuevas metas por cumplir.

Si acaso a alguien llegase a interesarle si esa oportunidad cristaliza o no, lo mantendré informado.

Un saludo afectuoso para los que aun me leen.

18 jul. 2011

Nuevo playlist

En este proceso de actualización del blog, de su diseño y sus gadgets, ya actualicé mi playlist.

Se puede encontrar en la columna de lado derecho con el título "Lo que me gusta escuchar": ------------->

Por un tiempo estará el playlist "Rainy days", que es una selección personal para estos días nublados.

Ya después iré cambiando el género y el número de tracks. Espero que les guste lo que me gusta, y si no, pus no.

También puede escuchar esta y otras listas de reproducción con selecciones personales dando click aquí.

Saludos

14 jul. 2011

Verano en la ciudad

Sé que el título  que escogí para esta entrada es como para una película ochentera protagonizada por Pedrito Fernandez y Tatiana, pero no se me ocurrió otro para escribir acerca de la llegada de esa estación del año por estos lares de la Tierra. 

A diferencia de Estados Unidos, donde el verano se caracteriza por días soleados y temperaturas infernales, en México ese ciclo climático se caracteriza por la caída de lluvias torrenciales en buena parte del territorio del país, así como por el azote de huracanes en las regiones costeras. 

Quizá los únicos estados que padecen los calores veraniegos son los del norte: Nuevo León, Chihuahua y Sonora, pero en lugares como la Ciudad de México en lugar de sacar las bermudas sacamos los paraguas y los impermeables y nos resignamos a llegar con retraso a todas partes por la ralentización del tráfico a causa de los chaparrones que se dejan caer en toda la ciudad. 

Y como muestra, para quienes no viven en el DF, les pongo una foto que tomé hace apenas dos días, de una enorme nube negra que se cernió sobre el centro-poniente de la capital. 

No sé a ustedes, pero a mi me impresionó 

Por cierto, es la misma vista, pero un día de diciembre

Tengo para mi que estos días lluviosos producen muchas sensaciones en las personas y creo que hasta las incitan a reflexionar mientras viajan encerrados en la soledad de sus automóviles, en los largos estacionamientos de las avenidas congestionadas, o en el transporte público, que con la transpiración de sus usuarios se vuelve un interesantísimo y variado buffet de olores. 

Al retrasar la movilidad en la ciudad, la lluvia brinda un tiempo de ocio que en algún momento es ocupado por los pensamientos, que van desde la programación mental de las actividades pendientes, hasta la introspección exploratoria de algunos recovecos de la existencia. 

A mi, por ejemplo, me dio la oportunidad de pensar en escribir estas líneas que ahora leen los dos o tres lectores que han pasado en forma aleatoria por este lugar. Y desde luego que también me ha dado la oportunidad de pensar en muchas otras cosas que iré escribiendo por aquí, en este nuevo intento por regresar a los orígenes, aunque no por ello igual que antes. 

Al paso de tiempo las personas evolucionamos, cambiamos algunas estructuras de pensamiento y damos la oportunidad a nuevas sensaciones y experiencias. En este sentido, el yo que escribe estos párrafos no es el mismo que un día, impulsado por la necesidad de hacer de la escritura una terapia para aliviar un dolor del alma, abrió este espacio allá por enero de 2007. 

Antes solía decir que la palabra "maduración" en el sentido de acumulación de experiencias de vida y aprendizajes, sólo podía aplicarse a las frutas, pero ahora comienzo a creer que también puede aplicarse a las personas. El yo que tenía 26 años ha evolucionado hasta convertirse en un yo maduro de 30, sin que eso conlleve necesariamente a la frívola crisis de los 30, que sólo ataca a ciertas personas vacuas que se rehúsan a asimilar que han crecido y que deben asumir nuevas responsabilidades y perspectivas de la realidad. 

En fin, que estoy de vuelta y espero no desistir en el camino. Tal vez he perdido el estilo socarron y corrosivo, pero intentaré rescatarlo, rehabilitarlo o desempolvarlo, para compartir con ustedes mi muy peculiar y caustica forma de ver la realidad. 

Un saludo afectuoso para quienes me leen!

11 jul. 2011

Sicilianismo: enfermedad infantil de ambidiestrismo


Antes de comenzar esta diatriba incendiaria, porque eso es lo que es, quisiera curarme en salud y decirle junto con Savater (o como Savater) al eventual lector políticamente correcto y buena onda que llegase a leer estas líneas: perdonadme ortodoxo.

Y le pido perdón porque lo que escribiré a continuación seguramente no será de su agrado y quizá hasta será descalificado como un acto de intolerancia, ignorancia, soberbia y todos los demás pecados, faltas y defectos del repertorio moralista propio de la cultura cristiana en la que seguramente se formó y a la que aquí se va a criticar.

Hecho el acto de contrición, debo iniciar señalando que un rasgo definitorio de la cultura mexicana es la idolatría. En este país de globos, bicicletas y niños héroes futboleros, somos dados a fabricar ídolos, nichos y liturgias para celebrarlos, honrarlos y venerarlos.

En nuestra mentalidad existe la capacidad, por lo demás propia del pensamiento mágico, para tomar algo profano, despojarlo de todo rastro de falibilidad y convertirlo en algo sagrado, revestido de un halo de misterio.

Lo sagrado, como bien lo dijo en su momento Rudolf Otto, está dotado de energía, pasión y violencia que provoca un sentimiento de inferioridad que somete; por tanto, no admite cuestionamientos, es algo dogmático.

Así, nuestros ídolos, sean laicos o religiosos, son sagrados y por tanto intocables, incuestionables, incriticables.

En un rápido recuento de los ídolos recientes podemos encontrarnos con López Obrador en la política, el “chicharito” o la “sub 17” en el fútbol, Monsivais o Poniatowska en la literatura y Javier Sicilia en la que no sin cierto dejo de sarcasmo he denominado la sociedad civil buena onda.

No sé si mi anti idolatría sea en realidad una extraña mezcla de soberbia con ignorancia e intolerancia hacia “lo otro”, ni tampoco sé si mi ánimo dadaísta de cuestionar a los ídolos y bajarlos de sus pedestales para señalar sus desaciertos y rasgos de humanidad, es decir, sus errores, sea un acto jacobino; o liberal; o agnóstico… o simplemente estúpido. Pero lo que sí sé es que la crítica, la contracorriente, también precisa de la construcción de argumentos con los cuales hacer frente a bloques de ideas respaldadas por amplios sectores, para generar debate y nutrir el pensamiento.

Un mundo monolítico, un país monolítico, una comunidad monolítica, se vuelve pasiva, autocomplaciente, ilusa e ingenua, porque parte de la idea de que todos concuerdan en un solo pensamiento que es el correcto y, como tal, posee todas las cualidades: unifica, clarifica, pacifica e instaura la felicidad entre los hombres de buena voluntad.

Un mundo así da pauta a la frivolidad en las expresiones y la vacuidad en el pensamiento; un mundo así constituye el terreno fértil para el crecimiento exponencial del Twitter y el Facebook, en donde más allá de explotar el potencial para nutrir las ideas propias en un intercambio álgido con las de los demás, se aplaude lo insulso y se premia lo estúpido, como el dicho de un ebrio que exhibe su miseria intelectual ante una cámara de televisión, para mayor regocijo de las mentes fatuas que son incapaces de articular argumentos mayores a 140 caracteres.

Un mundo así (y prometo que es la última vez que empleo la frase como recurso retórico) da la pauta para el surgimiento de sistemas de ideas políticas que combinan la cultura idolátrica con la banalidad de las redes sociales y el pensamiento monolítico, para predicar, así, literalmente, que el perdón, la paz y la unidad entre las víctimas y verdugos es el único camino para el progreso.

A falta de un nombre para tal sistema de ideas y considerando que sólo yo así lo veo, he decidido llamarle “sicilianismo”, porque su origen se desprende de la peregrinación de un poeta -es decir, de un hombre que no mira a la realidad desde el crisol de la Razón, sino desde el monocromo de los apetitos- por el centro y el norte de México.

El sicilianismo es una suerte de enfermedad endémica de aquellas personas que profesan (porque lo procesan al mismo nivel que lo religioso) la ambidiestra política en forma incipiente, esto es, la derecha y la izquierda al mismo tiempo, por eso se trata de una enfermedad infantil.

Si es muy profunda y no se trata a tiempo, esa enfermedad puede degenerar en pastoral cristiana, de esa cuyo origen de su compasión por los pobres surgió cuando,  un día, mientras esperaba el cambio de la luz del semáforo en un crucero, miró con estupefacción que un indígena mixteco se acercaba a pedirle una moneda para comer.

O bien, puede degenerar en guerrilla liberacionista, que liderada por un cura carismático formado en el Seminario de Cuernavaca, o en el de Saltillo o en alguna casa parroquial de alguna orden del clero regular, pretenda liberar a la Patria de la opresión de los malos gobiernos empuñando las cartas paulinas y el escapulario de Francisco de Sales.

Pero general y afortunadamente, el sicilianismo es una enfermedad pasajera, de moda; que en ocasiones hasta es contraída voluntariamente sólo para vestir un look de agente de pastoral buena onda, esto es, pantalón kaki, botas alpinas, camisa arremangada, chaleco de campaña y sombrero de explorador. Sin faltar, por supuesto, el accesorio religioso colocado estratégicamente para que pueda ser apreciado por todos.

En México el sicilianismo está controlado por un cerco sanitario, además de ser como ya se dijo, una enfermedad endémica e infantil del ambidiestro político que no sabe si está en la derecha o la izquierda del espectro de ideas en torno a los asuntos públicos, en los que desea tomar parte activa.

Lo malo del sicilianismo es que al no fijar una postura realmente crítica, ni retrospectiva en torno a la fuente primigenia de los problemas que pretende combatir, abre la puerta para que los responsables de haber abierto esa fuente primigenia retornen al poder. 

8 jul. 2011

Marat, Rusell y el sentido de la historia...

... a propósito del shock político-electoral de estos días

Recuerdo que una de las preguntas obligadas que hacían los profesores en los primeros cursos de Historia Universal en el Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH) de la UNAM era ¿para qué sirve la Historia? ¿tiene alguna finalidad práctica su estudio? y generalmente las respuestas que dábamos los alumnos de 15-16 años se resumían básicamente en que estudiar la Historia no servía para nada. 

En esos momentos tales respuestas tenían sentido, pues quién a esa incipiente edad en la que sólo se es remotamente consciente del presente, se preocuparía por mirar atrás en el tiempo para observar lo que una bola de rucos aburridos, solemnes y bastante histéricos habían hecho. 

Sin embargo, y no sé si por paradojas de la vida, sólo al paso de los años vamos dimensionando en sus justos alcances la importancia del estudio de la Historia, pero principalmente de la conservación de la memoria. 

Conocer la Historia y conservar la memoria son dos actos intrínsecamente relacionados no sólo para comprender el presente, sino también para proyectar el futuro. 

Al respecto, Jean Paul Marat, decía que los pueblos que desconocían su historia estaban condenados a repetirla y recalco que fue Marat y no Jorge Santayana como se cree, mientras que Bertrand Rusell muy irónicamente preguntaba: "¿por qué repetir los errores pasados si hay tantos nuevos por cometer?". 

Esto viene a colación a propósito de la reflexión en torno al resurgimiento electoral del PRI en los últimos años como una opción viable para gobernar al país. 

Según algunos datos estadísticos, pareciera que la mayoría de los votantes que han sufragado a favor de dicho partido se encuentran en el rango de los 18-25 años, es decir, se trata de personas que nacieron entre 1986 y 1993; ciertamente hijas de las crísis económicas crónicas que padeció el país durante esos años, pero también de los niveles mínimos de democracia que se comenzaron a registrar a partir de 1994, cuando tuvo lugar la primera elección con elementos básicos de credibilidad y competencia entre distintas opciones partidistas que disputaron la Presidencia de la República. 

A esos nuevos votantes ya no les tocó, como sí fue el caso todavía de aquellos de la generación a la que pertenezco, ver a un país monolítico en el que existía un sólo partido político con posibilidades reales de triunfo electoral, una sola televisora productora de los contenidos informativos y de entretenimiento que consumíamos pasivamente y una sola autoridad pública con poder de decisión real, que era el Presidente de la República. 

Desde luego que a esos nuevos votantes ya no les tocó ver el caso del "hermano incómodo" del Presidente, que se enriqueció a costa del erario público, ni el del gobernador de Quintana Roo arrestado y encarcelado por sus vínculos con el narcotráfico; ni mucho menos el de los cientos de militantes del PRD perseguidos, encarcelados y asesinados sólo por exigir elecciones limpias en varios estados de la República. 

De manera que, al carecer de un conocimiento aunque sea vago de la historia reciente de México, esos electores lograron ser seducidos por el marketing electoral de un partido que en vez de plantear plataformas ideológicas presenta catálogos de maniquíes insulsos y vacuos como candidatos a distintos puestos de representación. 

Y bueno, si muy jacobinamente hubiera que realizar un juicio sumario a quienes votaron por el PRI, muy probablemente esas generaciones obtendrían un indulto sustentado en la estupidez propia de su edad. Pero los que definitivamente no merecerían el perdón de entre 30 y 40 años que perdieron la memoria, ignoraban la historia o de plano se hicieron pendejos. Así tal cual, sin medias tintas.

7 jul. 2011

Estupefacción

Ante los resultados electorales en Coahuila, Hidalgo, Nayarit y Estado de México del domingo pasado, no puedo más que preguntar con asombro, indignación y tristeza ¿por qué la gente es tan estúpida? ¿por qué no tenemos memoria histórica? ¿por qué se nos olvidó que el PRI ha sido en gran medida el causante de la desgracia que vive ahora el país?

Por supuesto que señalar al PRI no significa exculpar al PAN y al PRD; sobre todo al PAN y sus gobiernos federales timoratos, torpes e ignorantes. Significa más bien centrar la atención en la matriz de todas las prácticas antidemocráticas que han propiciado que México se encuentre al borde del paupersimo, la violencia y la anomia social. 

Construir explicaciones coherentes acerca de la conducta de los electores que han hecho que los candidatos priístas ganen comicios municipales, estatales y federales, precisa de tiempo y reflexión disciplinada; no de gritos de señoras gordas histéricas como los que los opinadores profesionales han proferido en los diarios de circulación nacional en los últimos días. 

Sin embargo, una de las explicaciones que podrían adelantarse es el acendramiento del conservadurismo, reflejado en el abrazo cristiano entre  Felipe Calderón y Javier Sicilia en el Castillo de Chapulpetec. 

... ante eso, no queda más que decir: si Robespierre viviera, con nosotros estuviera.

Saludos

29 jun. 2011

Sí, hay que remover el polvo

Han pasado casi cuatro meses desde la última vez que vine a este espacio a escribir motivado por la espléndida narrativa de Murakami. Desde entonces han pasado muchas cosas tanto en lo laboral como en lo personal.

Por aquellos aciagos días de febrero, previos a la fecha fatídica en la que el transcurrir del tiempo quiso que el cronómetro de mis años sobre la tierra comenzara con el dígito tres, aun seguía instalado en un discurso y un pensamiento del que ahora si bien no reniego, sí pienso con detenimiento cuán atinado o auténtico podía ser.

Desde luego me refiero al pensamiento en torno a ese cúmulo de sentimientos confusos que a falta de un mejor nombre las personas denominamos como amor.

Ignoro si la naturaleza y sus inexorables leyes de la química y la atracción de los cuerpos decidieron pasar sobre mi conciencia y sobre mi voluntad, pero el punto es, ya sin miramientos y rodeos, que estoy enamorado; o como dicen los anglofonos: I falled in love. Y eso pasó en el transcurso de estos meses.

En el trabajo también hubo cambios importantes. Pasé de estar más de ocho horas diarias frente a la computadora, analizando y tratando de entender la dinámica política nacional e internacional, a promover directamente los intereses de la empresa en la que trabajo, ante los honorables diputados federales. El nombre de esa nueva función, que es cabildeo, no me gusta pero no encuentro otro mejor.

También me tocó sobrevivir a un martes negro de recortes en la plantilla laboral a nivel global, que trajo como consecuencia que el área en la que trabajo se haya quedado sin director desde principios de junio; de manera que ahora estamos bajo las órdenes directas de un vicepresidente y como marranitos sin mecate cada quien intentando jalar para su propio lado a todos los demás.

En fin, que después de tanto tiempo agradezco al siempre constante lector o relector de este blog, que es mi amigo Juan Valenzuela, mejor conocido como Liccarpilago, el haber venido a intentar remover el polvo para recordarme que este espacio es de mi propiedad... bueno, en realidad es propiedad de Google, al igual que el contenido que en el genero, pero que por lo menos me sirve como tribuna para expresar mis en ocasiones muy bizarras ocurrencias y opiniones.

Antes lo hacía en el Facebook, pero en un ataque de lumpen anarquismo decidí que era demasiado superficial para mi y decidí cerrarlo. Ahí se encuentra uno con la opinión de cada tarado que en ocasiones no se sabe si llorar o reír como reacción.

Removido, pues, el polvo, queda el compromiso de venir más seguido aquí a hacer un ejercicio de reactivación neuronal para volver a pensar y articular las ideas en frases coherentes, llenas de sarcasmo e ironía.

19 feb. 2011

Tokio Blues, o del dolor y la memoria

Hace algún tiempo tuve una chica, o debo decir ella me tuvo a mi…

Así comienza la letra de Norwegian Wood, escrita por Paul Mccartney y John Lennon. Los acordes de la melodía remiten inmediatamente a los años sesenta y setenta; tienen un tono nostálgico, tal como la letra, que está llena de evocaciones.

En general la vida, cuando ya se tiene algún trecho de ella recorrido, adquiere sentido por el cúmulo de evocaciones que concita, las cuales son como esas señales luminosas que delimitan los carriles de las carreteras de cuota para que los conductores no se salgan del camino en los trayectos nocturnos.

Bajo esa lógica adquiere sentido la historia, tanto la personal como la del mundo, que al final es el escenario en el que las personas representamos nuestros respectivos papeles en una trama las más de las veces improvisada y contingente.

La historia es, pues, el recuento de lo que hemos sido y un señero retrospectivo que permite evaluar los aciertos y los errores para encarar con nuevas energías lo que venga en el futuro, que es siempre incierto e indeterminado, pero que puede afrontarse de mejor manera echando mano de la experiencia generada con el paso del tiempo.

Por eso cuando evocamos tenemos la oportunidad de observar las experiencias pasadas con una perspectiva diferente, como Lennon y Mccartney; o como Toru Watanabe, el personaje principal de Tokio Blues, novela escrita por el japones Haruki Murakami en 1987.

Watanabe comienza a evocar el pasado a propósito de haber escuchado los acordes de Norwegian Wood mientras espera para descender de un avión en el aeropuerto de Hamburgo.  Su memoria lo transporta hasta finales de los años sesenta de una capital japonesa convulsionada, como otras ciudades del mundo, por las protestas de los jóvenes universitarios en contra del poder establecido.

Ya desde la primera reflexión mientras mira por la ventanilla del avión “las nubes oscuras que cubrían el Mar del Norte”, el personaje deja entrever el ejercicio de instrospección y evocación por el cual nos conducirá a lo largo de las 383 páginas en las que nos cuenta su historia: “pensé en la infinidad de cosas que había perdido en el curso de mi vida. Pensé en el tiempo perdido, en las personas que habían muerto, en las que me habían abandonado, en los sentimientos que jamás volverían”.

Han pasado 18 años desde que dio inicio su tránsito personal desde la adolescencia hacia la edad adulta (o el adulterio, si atendemos a los episodios de promiscuidad que relata en algunos pasajes) y lo primero que recuerda es un prado verde y brillante rodeado de montañas, pero en esto quisiera dejar que el propio personaje exprese lo que aquí no podría ser más que una ordinaria reseña que despoja de toda la estética a una prosa impecable, fluida y, sin temor a exagerar, sublime:

“Incluso ahora, dieciocho años después, recuerdo aquel prado en sus pequeños detalles. Recuerdo el verde profundo y brillante de las laderas de la montaña, donde una lluvia fina y pertinaz barría el polvo acumulado durante el verano- Recuerdo las espigas de Suzuki balanceándose al compás del viento de octubre, las nubes largas y estrechas coronando las cimas azules, como congeladas, de las montañas. El cielo estaba tan alto que si alguien lo miraba fijamente le dolían los ojos. El viento que silbaba en aquel prado agitaba suavemente sus cabellos, atravesaba el bosque. Las hojas de los árboles susurraban y, en la lejanía, se oía ladrar un perro”.

Y claro, los cabellos que agitaba suavemente el viento que silbaba en aquel prado eran los de Naoko, una de las co protagonistas de la historia que encarna al lado oscuro de la feminidad, ese que es dominado por el pudor y la dubitación que en los casos extremos conduce a la demencia. De hecho, Naoko es la causante de que Watanabe nos obsequie la narración de su historia, pues ella fue su primer amor.

Pero no se piense por esto que se trata de una historia de amor del estilo convencional al que nos acostumbró la lírica occidental, en la que si bien existen elementos trágicos, éstos son subsumidos por la idea que la intensidad de la atracción de los amantes prevalece sobre cualquier adversidad.

Sí, es una historia del tipo “un chico conoce a una chica”, parafraseando a la voz en off de 500 días con ella, pero no es una historia de amor; sino sobre el amor y sus vicisitudes, es decir, la muerte, el dolor, la nostalgia, la indecisión, el crecimiento y la maduración, que es la etapa en la que ya es posible compaginar la experiencia del dolor con los intentos de ser feliz, cualquier cosa que eso signifique.

La otra co protagonista, Midori Kobayashi, es la antítesis de Naoko y representa precisamente la posibilidad de ser feliz y alcanzar la plenitud a lado de una persona. Y aunque Murakami pareciera poner como heroína a Naoko, yo y seguramente muchos lectores más, preferimos a Midori que aunque no ha tenido una vida fácil a sus 20 años, conserva siempre la energía, la vivacidad y la rebeldía propias de la juventud.

Al terminar de leer esta historia, es imposible no establecer cierto paralelismo entre la prosa de Murakami y las historias y personajes sórdidos de Milan Kundera, imbuidos también en la nostalgía y en cierto dejo de tristeza dentro del cual aprenden a ser felices, aunque en el trasfondo adviertan el vértigo de la soledad.

Una reseña no es suficiente para transmitir lo inefable que genera en el lector observar el cruce de las vidas de Watanabe, Naoko y Midori, que salen de la adolescencia y descubren que el mundo, con todo y sus miserias, o el hecho objetivo que describe con una parquedad implacable el protagonista principal de Noches Blancas de Dostoievksi (otro autor sórdido, a propósito del mood), de que está habitado por “criaturas malvadas y tétricas”, también alberga posibilidades para la realización de la felicidad, efímera, incierta, o si se quiere, placenteramente dolorosa (es un oximoron muy malo, lo sé), pero felicidad al fin y al cabo.

Para concluir, no sé si con el paso de los años o con las evocaciones propias de estos días, he devenido en una persona más sensible (o ridícula), pero debo decir que al finalizar la lectura de la novela inevitablemente me entró una basurita en el ojo. O quizá sea también, a efecto de justificarme, que mientras leía esos últimos párrafos escuchaba precisamente Norwegian Wood e imaginaba paisajes lluviosos, fríos y solitarios…

... esos japoneses en las cosas que nos hacen pensar. 

P.S. Mención especial merece la traductora Lourdes Porta Fuentes, no solo por guardar con escrúpulo el estilo del autor, sino por los breviarios culturales que obsequia en las notas al pie. 

10 ene. 2011

And here we go... again!

Este es mi primer post formal del año y quisiera aprovechar la ocasión para escribir sobre un tema al que le traía ganas desde hace ya un buen tiempo, pero que por diversas excusas no había tenido ocasión de pensarlo con detenimiento, o más bien de estructurar lo que había pensado al respecto. 

El tema al que me refiero es en realidad una práctica social que a falta de conocimiento sobre su manifestación en otras latitudes y ámbitos culturales, me arriesgaré a ser determinante afirmando que es mucho más visible en México; tal práctica es el aspiracionismo, es decir, la sistematización del anhelo de llegar a ser o llegar a tener -o más preciso aún- de llegar a ser a través de la adquisición y/o posesión de cosas que otorgarían acceso a un status social pretendidamente más refinado. Leszek Kolakowski lo llamaría la cosificación del ser; aunque yo le llamaría simplemente pendejismo puro y duro. 

El aspiracionismo es particularmente visible en los estratos sociales de clase media baja que mediante dinámicas de consumo expresan su miedo a caer en la pobreza; es como si a través de la adquisición de determinados bienes y la asistencia a determinados lugares pretendieran neutralizar, olvidar o negar su origen humilde. E incluso este empeño en aparentar ser lo que no son constituye un acto reflejo de la vergüenza que sienten por si mismos y al mismo tiempo es indicativo de ciertos indicios de resentimiento social. 

Tal situación es alimentada por los clichés que los medios de comunicación han sabido observar en las dinámicas de interacción interpersonal e intergrupal, y explotar a través de diversos contenidos, distorsionándolos de tal forma que la estigmatización que llevan implícita pase como algo gracioso o paródico. Así, es común observar en los programas televisivos la distinción entre nacos y fresas, en la que se asume tácitamente que lo "naco" es bajo, carente de valor y socialmente reprobable; mientras que lo fresa es sofisticado, aceptado y altamente valorado. 

Bajo esta premisa se articula el aspiracionismo en su faceta de consumo, pues si pertenecer a un estrato socioeconómico bajo supone bajas posibilidades de aceptación entre los estratos altos, entonces es necesario adquirir los bienes y frecuentar los lugares que darían la posibilidad de acceso y reconocimiento en esas esferas. De esta manera es común observar en los centros comerciales a personas llegadas de los barrios periféricos a adquirir o a anhelar adquirir la ropa y/o los accesorios de determinada marca; o bien, asistir a la discoteca de moda, que en el burdo y bastante ramplón lenguaje pseudoadolescente que impera en el rango de los 15 a los 35 años de edad es denominada como "antro". 

En la faceta cultural el aspiracionismo es aun más ordinario, pues la inserción en los círculos pretendidamente intelectuales no se da por la calidad de los contenidos culturales que se consumen, sino por su popularidad; de manera que la posibilidad de aceptación o sentido de pertenencia a lo supuestamente refinado se adquiere en la medida que sea lea la literatura de moda (entiéndase Paulo Coelho y demás autores de antología de curso de literatura latinoamericana de Secundaria), se asista a la obra de teatro más comentada de la temporada o la función de la película más taquillera. 

Adicionalmente hay otra expresión del aspiracionismo cultural que resulta aún más tragicómica y es la de los pretendidos hábitos, gustos y expresiones "alternativas" -cualquier cosa que eso signifique- que indicarían un nivel más alto de autonomía del pensamiento y creatividad de la imaginación. En inglés, la voz para denotar esta dinámica sería "indie", pero en español sería algo así como "esnobismo cerril". Se trata de hallar en lo impopular una manifestación de cosmopolitismo e intelectualidad, aunque lo desconocido por el común no necesariamente es lo mejor. Así por ejemplo, que Vicente Battista sea mucho menos conocido que Borges no lo hace mejor que él, pero en el limitado horizonte cultural del aspiracionismo indie sí lo es. 

Pero regresando al tema central, el aspiracionismo por si mismo no es un problema, ni un práctica o actitud reprobable; más bien lo es la carencia de valores en la que se sustenta. 

Pensar que sólo a través de la posesión y acumulación de bienes, de la asistencia habitual a lugares "trendy" (porque en el aspiracionismo se tiende a aglosajonizar el lenguaje, porque el inglés es mejor que la lengua materna), se puede llegar a la plenitud de la existencia -aunque los aspiracionistas no sepan conscientemente que eso es lo que pretenden- indica la ausencia de reflexión y la alta proclividad a ser teledirigido desde los centros de diseño e implementación de estrategias para el permanente sostenimiento de una agenda de consumo acrítica. 

En "Vidas desperdiciadas: la Modernidad y sus parias", Zygmunt Bauman plantea que en la estética del consumo en la modernidad líquida convierte a las clases económicamente dominantes en objetos de adoración y admiración por parte de aquellas que son conscientes que su imposibilidad de llegar a ese nivel, con lo cual asumen que su incapacidad para consumir es la vía directa hacia la exclusión. 

De manera que ante el aspiracionismo lo que cabría impulsar sería el valor de la propia condición humana, la dignidad de ser y existir como hombres y mujeres libres, la capacidad de pensar y cuestionar y la libertad de elegir conscientemente; pues de no ser así, estaremos obligados a padecer conversaciones vacuas sobre la asistencia al restaurante de moda el fin de semana; la adquisición de tal o cual modelo de automóvil, o la exhibición de la marca de la ropa a la menor provocación. 

A nadie que tenga un ápice de inteligencia le gustaría vivir soportando ese martirio todos los días... ¿o sí? 

6 ene. 2011

Hoy hace cinco años...

Hace cinco años abrí este espacio, con sus altas y sus bajas, he logrado mantenerlo a flote. Aquí he plasmado momentos alegres y tristes, angustias y ansiedades, alguna que otra reflexión lúcida y alguna que otra crítica con intenciones rijosas. 

Aquí ha quedado plasmado en grado y medida mi propio yo en diferentes etapas. 

Lo he descuidado, lo acepto; pero sigo aquí. 

A quienes me han seguido a lo largo de este tiempo les agradezco su paciencia y su persistencia; gracias por leerme.

Ya a lo largo de este 2011 espero, ahora sí, retomar el buen hábito de la escritura, que además siempre sirve como terapia. 

Feliz Año Nuevo y ojalá que tengan, tengamos, la suficientemente madurez y persistencia para ir cumpliendo nuestros objetivos y afrontando los desafíos que este traerá consigo. 


Un abrazo para ustedes y una auto felicitación para mi, por mantener vigente este espacio a pesar de mi mismo y mi flojera.