22 ene. 2010

Todavía no, pero ya mero

Sé que prometí que publicaría en el menor tiempo posible la segunda parte de mi texto acerca de lo normal y lo natural como referentes conceptuales en el debate sobre el derecho de los matrimonios hay a adoptar niños, sin embargo por causa de la desaparición de Luz y Fuerza por su pretendida ineficacia y gandallez –esto si hemos de creerle al presidente Calderón y sus achichincles- así como por la todavía más lenta respuesta de la Comisión Federal de Electricidad al reporte de falta de energía eléctrica a causa de los vientos que se registraron hace dos semanas en todo el Distrito Federal, y porque por güey un día antes del apagón me consumí la energía de la batería de mi comp., no pude transcribir la segunda parte de mi texto.

Ahora que ya tengo luz no tengo tiempo, así que en caso de todavía haya alguien que esté interesado en leerlo, le pido paciencia. El texto ya está en borrador, nomás me falta pasarlo a la compu y debo decir que esta vez sí le puse empeño en escribirlo porque hasta me tomé la molestia de digerir dos que tres ideas que me encontré en algunos estudios, para presentarlas acá en forma entendible.

En fin, que espero ya este fin de semana tenerlo listo pa publicarlo.

Por otra parte, comienzo a creer que esta pocilga cibernética no es tan anónima como yo pensaba. Hace poco leía uno de mis posts anteriores y me encontré con comentarios de unos respetables ciudadanos colombianos que se sintieron ofendidos sólo porque escribí que su país es un ejemplo de lo que no debe ser México. Ni aguantan nada.

También se ofendieron porque no entendieron la metáfora implícita en el título del texto: El día que México conoció el vallenato. Me dijeron, a modo de insulto, que allá la música ranchera es el fondo de las peleas en las cantinas; pero ¿eso qué? Aquí nos agarramos a madrazos con cualquier género musical.

Así que estimados connacionales de Bety la fea, take it easy, que no es para tanto.

También me encontré con otros comentarios de otros textos y eso me agrada, quiere decir que alguien además de mi amigo Juan y mi mamá Nata lee las sandeces que aquí publico; y lo más importante, que reacciona antes mis provocaciones.

En fin, que aquí sigo dando batalla.

Saludos

11 ene. 2010

A propósito de lo normal y lo natural I

En términos culturales el 2010 en México ha comenzado con un debate que vergonzosamente nos recuerda que a pesar de cumplir ya 200 años como nación independiente, no hemos podido superar nuestras taras ideológicas; esto es, que aun seguimos en la lógica de confrontación del siglo XIX entre conservadores y liberales (que no lo son tanto). Sólo que ahora el conservadurismo ha adoptado posiciones económicas que anteriormente eran propias de los liberales y éstos se ha movido hacia posiciones socialistas; pero por lo demás, el nivel de la discusión entre ambas corrientes (pero muy corrientes) de pensamiento es tan rústico como siempre.

El debate al que hago referencia es el generado por la aprobación de los matrimonios entre personas del mismo sexo en el Distrito Federal y la posibilidad de que puedan adoptar niños, el cual ha trascendido el ámbito local para situarse a nivel nacional y exhibir lo que apuntaba líneas arriba: el pésimo nivel argumentativo, cuando no de burda descalificación, entre girondinos y jacobinos región 4.

Por una parte se encuentran la iglesia católica y los grupos de extrema derecha representados por la Asociación Nacional de Padres de Familia, el Colegio de Abogados Católicos y algunos sectores del PAN, quienes argumentan que la reforma al Código Civil del Distrito Federal es un atentado en contra de la “celula fundamental” de la sociedad que es la familia nuclear tradicional, compuesta por padre, madre e hijos; así, en ése orden descendente de importancia.

Además, sostienen que la concesión del derecho de adopción a las parejas homosexuales es una aberración contra natura que podría generar un grave daño psicológico para los niños que llegasen a ser formar parte de los hogares así compuestos.

Del otro lado se encuentran los que ingenuamente tienden a idealizar a la comunidad homosexual como la vanguardia ideológica que representa todas las exigencias justas y los valores revolucionarios de igualdad, libertad y fraternidad, y piensan que simpatizar con sus demandas o defender sus derechos los hace mucho más progresistas y dignos de convertirse en ejemplos de la auténtica conciencia social que habrá de transformar el entorno general, cuando no necesariamente es así; antes por el contrario, suele suceder que una vez que un grupo que ha desplegado un intenso activismo político percibe que sus demandas y exigencias ha sido cumplidas o atendidas, baja la intensidad de sus manifestaciones e incluso se desmoviliza.

En el caso de la comunidad homosexual sus demandas son muy precisas, exigen tener los mismos derechos que los heterosexuales, incluyendo el de formar una familia y el reconocimiento, por parte del Estado, de su unión marital; pero nada más. Esto es, que no existe una especie de programa ideológico global a partir del cual planteen la transformación de la sociedad, aunque el reconocimiento de sus derechos es en si mismo un paso sustantivo hacia la construcción de un entorno social más igualitario y democrático.

No obstante, este no es el aspecto medular que quiero abordar en este texto, sino más bien el muy rudimentario y hasta cerril manejo conceptual del debate entre los presuntos conservadores y liberales, en torno al derecho de adopción que tienen los matrimonios gay.

En estos días en que la información política escasea debido a que el año apenas va calentado sus motores, cualquier controversia por muy nimia que sea, capta la atención de los comentaristas, periodistas y ociocólogos profesionales, exhibiendo la pobreza de sus argumentos, la debilidad de sus edificios conceptuales y su presteza a participar en cualquier controversia.

Lo anterior viene a colación por la polémica que ha causado la opinión vertida por un conductor de Televisa en su noticiario matutino, respecto al tema mencionado líneas arriba.

Sucede que Esteban Arce, que es el conductor de marras, dijo que los matrimonios gay no podían formar una familia porque eso no era “lo normal” dado que la naturaleza ha establecido que la procreación sólo puede surgir por la unión de un macho y una hembra.

Esto dio pauta a que en las redes sociales, que espero en Dios pronto pasen de moda para que la capacidad de pensar y de formular ideas que contengan más de 140 caracteres no quede permanente atrofiada, se generara una especie de linchamiento mediático hacia el conductor, y de paso otra escaramuza de sombrerazos y mentadas de madre entre quienes están en contra de los matrimonios gay y quienes están en contra de los que están en contra de estar a favor; o sea, entre los ociosos y pendencieros de un lado y de otro que pasan el día cambiando su estatus en facebook y twitter.

Lo interesante es que los supuestos liberales intentaron censurar la libertad de expresión del conductor Arce y lo triste es que un sujeto de tan bajos vuelos intelectuales como éste, haya sido objeto de controversia.

Pero lo realmente lamentable fue que el debate no haya ido más allá de exigir la renuncia del conductor a su programa, o de tratar de coartar su libertad de expresión así la haya empleado para calificar como antinatural la posibilidad de existencia de una familia formada por una pareja del mismo sexo y un hijo adoptado, para plantear argumentos de fondo tanto de un lado como del otro para sustentar sus posiciones sobre ese tema.

Los comentaristas de los medios electrónicos y la prensa escrita sólo se limitaron a ganar el aplauso y la admiración fácil de sus respectivos grupos, expresándose a favor o en contra del conductor, pero ninguno de ellos fue más allá a analizar el significado de lo normal y lo natural como puntos de referencia del debate sobre la homosexualidad y la posibilidad de construcción de nuevas formas de comunidad.

Así que como eso no sucedió, o cuando menos yo no me enteré de que haya sucedido, quiero plantear aquí algunas líneas generales de ese debate, aclarando -por si algún ortodoxo militante del conservadurismo llegase a leerme- que en lo personal estoy a favor de la libertad de expresión, de la igualdad jurídica como condición de desarrollo y consolidación de pautas de convivencia más democráticas, y del respeto a la diversidad de opiniones, confesiones de fe, preferencias políticas y orientaciones sexuales.

Asimismo me gustaría comentar que el insufrible Esteban Arce sólo ha sido el pretexto para venir a escribir esto, en un intento por aclarar el significado y alcance de los conceptos en un debate que ha pretendido tergiversalos y emplearlos para sustentar visiones oscurantistas y atávicas acerca de la naturaleza humana.

Así pues, en el siguiente post –que espero no demorar mucho en escribir- entraremos de lleno al análisis de los conceptos natural y normal, así de sus respectivas connotaciones.

4 ene. 2010

El Estudiante, o de cómo Provida podría escribir guiones de cine

Por fin he descubierto para qué sirve el twitter: cuando tienes flojera de escribir algo extenso sobre un tema que te interesa, puedes hacerlo en menos de 140 caracteres; pero aun así me niego a utilizarlo y soy uno de sus más acendrados críticos.

Si he hecho referencia a esa herramientita tecnológica que es la sensación del momento en las redes sociales, es porque el fin de semana vi una película que en otras circunstancias me daría flojera reseñar, y sólo escribiría “contra el conservadurismo de El Estudiante”; pero debido a que la temática de este filme provocó al jacobino que llevó dentro, me veo en la obligación de comentarlo con más detenimiento.

El Estudiante es una película dirigida por Roberto Girault y escrita por Gastón Pavlovich, que se estrenó en 2009. Cuenta la historia de Chano, un viejo de 70 años que decide ingresar a la universidad a estudiar literatura, y alrededor de este hecho giran las historias secundarias protagonizadas por unos dizque estudiantes universitarios de primer ingreso, que nada tienen que ver con la imagen del universitario promedio de las universidades del interior de la República, no por lo menos de los que asisten a las universidades públicas, si se considera que esta película se filmó en la Universidad de Guanajuato.

Mediante una tergiversación tendenciosa de algunos de los pasajes de El Quijote de la Mancha, el director y el guionista intentan adoctrinar a su público potencial, que son los chavitos de entre 15 y 25 años, acerca de los pilares de la ideología conservadora que campea en algunas regiones del país, como Guanajuato, precisamente. Esto es, sobre la visión de la sexualidad y las relaciones de pareja, las drogas y el aborto, que tienen grupos y asociaciones de derecha como Provida y la Asociación Nacional de Padres de Familia.

Es una película demasiado optimista y alejada de la realidad, aunque supongo que la intención de los realizadores no era precisamente mostrar la realidad; esa en la que a los chavos le vale madres si sienten algo más que calentura para acostarse, o en la que el uso de las drogas no tiene la clásica explicación de la confusión individual y las ganas de experimentar algo nuevo, sino algo más simple como un escape de una situación de jodidez y podredumbre como la que prevalece en varias regiones de esta suave patria de globos y bicicletas, como Ciudad Juárez o Tijuana.

Los diálogos de los personajes son tremendamente retóricos y sobreactuados, por no mencionar que los presuntos estudiantes tienen toda la pinta de los chavitos nice que ocupan las cafeterías de esas escuelas privadas que pretenden formar profesionistas y que usufructúan el nombre de universidad, tales como la Universidad Panamericana, la Universidad La Salle o la Universidad Iberoamericana; todas ellas regenteadas por órdenes religiosas con objetivos e integrantes medio tenebrosos (a excepción de algunos jesuitas que son la onda).

Eso sin mencionar el trauma de los cineastas mexicanos que se obsesionan con presentar locaciones irreales, como la de esta película, que muestra una ciudad de Guanajuato en la que las calles no están sucias, ni huelen a orines, pero que en el fondo tiene la intención de proyectar la idea de que en “la provincia” la convivencia social y los valores humanos permanecen incólumes.

En fin, que con toda la urticaria que me ha producido el verla, pienso que El Estudiante es una cinta técnicamente bien hecha, con una estupenda fotografía y secuencias bien intercaladas, aunque la temática o más bien su tratamiento, no es precisamente de mi agrado. Pero aun así, creo que en el marco de la libertad de expresión películas como esta tienen todo el derecho de ser exhibidas y ya que sean los espectadores quienes se formen su propia opinión conforme a lo que vean en la pantalla.

Un saludo.



P.S. La que sí me pareció una payasada entre pretenciosa, ridícula y somnolienta, fue El lado oscuro del corazón, de Eliseo Subiela, que también me fumé el fin de semana. Nunca había visto reunidos en una sola cinta todos los clichés de la cultura latinoamericana tan arjonesca, por lo rebuscada y folklóricamente sofisticada.