23 sep. 2009

Los temas colaterales

Hace algún tiempo el escritor libanés Amín Maalouf decía en una entrevista para algún diario inglés, que uno de los efectos más perniciosos de la televisión en relación con la violencia era la repetición permanente de las imágenes de dolor causadas por la muerte y los conflictos animados por diversos motivos, debido a que ésa repetición propiciaba que los televidentes perdieran la capacidad de asombro, volviéndola una actitud mecánica lista para ser empleada ante la siguiente imagen violenta.

Los recientes sucesos ocurridos en México comprueban fehacientemente el diagnóstico de Maalouf, pues en menos de un mes los teleespectadores hemos sido sometidos a fuertes dosis de imágenes violentas con al menos tres factores comunes que resultan inquietantes: mesianismo, frustración social e individual y hartazgo.

Ahora, ¿por qué estos factores son inquietantes? Porque al menos dos de ellos, la frustración y el hartazgo, son comunes a la gran mayoría de las personas que en algún momento de nuestras respectivas vidas los experimentamos inevitablemente; y porque el otro, es decir, el mesianismo, es un potencial elemento de articulación de una acción colectiva que podría devenir en inestabilidad social; en caso contrario habría que pensar en la posibilidad de que un individuo desequilibrado como el denominado “asesino del metro Balderas” o el presunto predicador de origen boliviano Josmar Flores tuviera un mínimo de influencia real en un pequeño número de personas con sus mensajes de pseudo revelados de alerta ante la inminente pauperización de las condiciones generales de vida. De hecho la estela de pólvora que conduciría al gran estallido social se encuentra diseminada por todo el país, en fundamentalismos políticos y religiosos tanto de derechas como de izquierdas, católicos, protestantes y musulmanes que están a la espera de que una pequeña chispa la encienda.

Por otra parte, estos acontecimientos de desesperación y cierto milenarismo se ubican en dos dimensiones sociológicas que bien valdría la pena analizar. Por un lado está la dimensión individual, en la que la carencia material y espiritual aunada a la angustia e incertidumbre propiciadas un entorno de inseguridad y escasas oportunidades de desarrollo, conduce a cálidos refugios discursivos que progresivamente evolucionan hacia enardecidas arengas en contra de la comunidad, la sociedad y el Estado, como responsables de la indigencia y precariedad. ¿Qué otra cosa si no eso son precisamente los cultos religiosos como el “pare de sufrir”, las asociaciones de autoayuda para superar problemas de adicción ubicadas en los sitios más marinados de las ciudades, y las pandillas estilo “Marasalvatrucha” que ya han comenzado a surgir a lo largo de México?

Por otro lado está la dimensión institucional, la de la política y de las estructuras económicas que han hecho crisis. En un país donde sólo pequeños grupos tienen acceso a privilegios, donde se usan irracionalmente y con una visión cortoplacista los recursos escasos, donde los valores han sido eclipsados por el discurso del relativismo y la idea de comunidad ha sido suplantada por la del individuo que no necesita de la interacción social si tiene a su alcance una computadora con acceso a Internet para incorporarse a su red social, el resentimiento es la divisa de cambio de los que han sido excluidos.

Los niveles de violencia imperantes en parte son propiciados por la pobreza y la frustración, pero también son una reacción ante la marginación. Los excluidos de ahora ya no matan por hambre, como ingenuamente creen algunos militantes que se dicen de izquierda, matan por rencor y en la forma de cometer sus crímenes se puede medir su nivel de odio: decapitaciones, asesinatos a mansalva, cruentas torturas físicas y psicológicas, e incluso canibalismo.

En menos de cinco años se han registrado casos continuos de psycho killers: Bulmaro de Dios Arias, “El Caníbal de Cancún” aprendido en 2004; Juana Barraza Samperio, “La Mataviejitas”, capturada en 2006; José Luis Calva Zepeda, “El Caníbal de la Guerrero”, arrestado en 2007; Santiago Meza López, “El Pozolero”, capturado en Enero 2009; y Luis Felipe Hernández Castillo, “El Asesino del Metro Balderas”, a quien millones de personas vimos en horario estelar asesinar a dos personas en lo que bien podría considerarse un acto de terrorismo.

Todas estas personas tienen en común su origen humilde y su sociopatía. Todas ellas, si se lee un poco acerca de su historia de vida, fueron excluidas de las oportunidades de desarrollo y cometieron sus atrocidades no por una elaborada intención de causar el mal, sino por un impulso visceral que hasta cierto punto fue propiciado por la propia sociedad que les dio la espalda.

En estos tiempos vivimos eso que Hannah Arendt denominó “la banalidad del mal”, la irreflexión en la comisión de un crimen. Aunque desde otra perspectiva que aquí sólo voy a apuntar de pasada, la banalidad del mal sólo es aparente; ésa perspectiva es la de la teología apofática, la que procede de forma negativa en el conocimiento de Dios. Desde esta posición todas esas expresiones de violencia y decadencia son manifestaciones concretas de la Maldad, la cual es causada en último término por un ser que en esta hora ha devenido en un personaje de narrativas fantasiosas: el demonio.

En fin, el diagnóstico está ahí; que cada quien tome su propio tratamiento.

19 sep. 2009

Heroe

Según información ofrecida por los principales diarios de circulación nacional, Esteban Cervantes Barrera era un hombre de oficio soldador que se dirigía a su casa, en Valle de Chalco, un municipio ubicado al oriente del Estado de México, cuando, a las 5:20 de la tarde del viernes 18 de septiembre, enfrentó heroicamente a un imbécil que bajo el pretexto de expresar su furia en contra del gobierno, había abatido a tiros a un indefenso policía que había intentado disuadirlo de escribir consignas en las paredes de la estación Balderas del metro de la Ciudad de México.

Las imágenes del video difundido la noche de ése mismo día por la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal son brutales y provocan reacciones encontradas. Por una parte un sentimiento de angustia y consternación al mirar cómo el asesino dispara sin consideraciones sobre el cuerpo del policía que intentó detenerlo, y por la otra, una mezcla de admiración por el valor de don Esteban Cervantes, quien sin más arma que el coraje y la valentía confronta al homicida tratando de desarmarlo; pero también se suscita un sentimiento de impotencia y tristeza al mirar a don Esteban ahí sólo, enfrentándose en desventaja sin que los otros hombres que están cerca hayan tenido el mínimo de valor para poder ayudarle.

Cierto, desde la comodidad de mi escritorio se antoja fácil superar el miedo a la posibilidad de morir por un disparo y arrojarse valiente a desarmar a un tipo desquiciado; por eso es que el sentimiento de admiración a la valentía de don Esteban opaca a todos los demás, porque muy pocos hombres tienen ése arrojo y esa capacidad de superar el miedo e incluso la conciencia de poder morir, como trágicamente sucedió en este caso.

En la mitología griega el héroe es el personaje que encarna la valentía, abnegación y el sentido del deber. En un mundo, en una sociedad tan descompuesta como la que ahora padecemos, pensé que los héroes ya no existían, pero don Esteban ofrendó su vida para demostrarnos que sí; que todavía existen hombres valientes dispuestos a arriesgarse y romperse la madre por los demás sin esperar nada a cambio. Sólo por esa razón este señor debería de recibir un homenaje y, sin exagerar, servir como ejemplo de lo que debería de ser un buen ciudadano.

Seguramente en una semana o dos ya nadie recordará su nombre y sólo sus familiares lo guardarán en su memoria. Pero lo que hizo este señor es algo que debería de ser recordado ahora más que nunca en este país sumido en la inmundicia del circo político, en la miseria humana de su clase dirigente y en la anomia de una sociedad valemadrista que mira con indiferencia el dolor de los demás.

Desde aquí va mi más sincero reconocimiento, admiración y respeto a don Esteban, a quien ya los medios de comunicación han comenzado a llamar “EL HEROE DEL METRO BALDERAS”, título que merece sin ningún regateo. Dondequiera que esté, sepa usted que habemos personas que lo tendremos en nuestra memoria.


P.S. Por supuesto que otra actitud de heroísmo es la del policía que de frente y sin chaleco antibalas encara al miserable desquiciado para someterlo. A él ya le harán algún justo homenaje en vida.

P.S. 2 Al final, lo que mejor resumiría la actitud de don Esteban es un comentario que a propósito del tema me hizo un amigo que me llamó por teléfono el viernes por la noche: “esos son güevos y no mamadas”.

15 sep. 2009

A propósito del grito

A propósito del día de hoy, en que miles de personas acudiremos a las plazas públicas a reafirmar nuestro muy acendrado chovinismo, leí este texto de Ivabelle Arroyo, una brillante politóloga jalisciense que colabora periódicamente en Eje Central.

El planteamiento del texto, escrito en un estilo entre corrosivo y sarcástico, es muy interesante: los mitos y los rituales sirven no sólo para reafirmar la pertenencia a una comunidad, sino también para legitimar a quienes la dirigen, por muy torpes o estupidos que puedan ser, pues la colección de mitos y rituales es lo que confiere a la historia la posibilidad de convertirse en leyenda, en un insumo más para alimentar la idea de la identidad nacional.

En fin, que hoy se conmemora el Grito de Independencia y es día, o noche más bien, de comer pozole, chiles en nogada y beber tequila, alimentos todos ellos que me están vedados debido a mi régimen de control de peso. ¡Pinche patria, no sabes cuánto te detesto por haber creado platillos tan suculentos!
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Se vale gritar

Ivabelle Arroyo Ulloa

La religión mexicana lo manda así: cada 15 de septiembre la mexicanidad debe afirmarse vistiendo los tres colores, bebiendo tequila, tirando confeti, usando trenzas, dando sombrerazos, uniéndose en un solo ser con el Presidente, gritando Viva México en el Zócalo, en Chicago, en las plazas de los estados, en California, París y con la comunidad de chilangos en Japón. Nadie que se llame mexicano puede pasar por alto la fecha, el grito, el rito. Festejar la idea de nación, cualquier cosa que eso signifique, es el primer mandamiento de la estricta Iglesia mexicana.

De hecho, ser Presidente de este país no se llena de contenido hasta que el abanderado sale de Palacio Nacional por primera vez y grita, con la sensación de ser ovacionado como Porfirio Díaz, que México es patria, héroes y libertad. En ese momento, el titular del Ejecutivo es el capitán de una idea, el líder indiscutible de millones de hombres y mujeres que no le reclaman el tono, la ideología, el proyecto o la política pública. Lo siguen sin discutir, repiten sin chistar, celebran con él.

Hay que decir la verdad: la fiesta crece, año con año, por la glotonería de los gobernantes. Ningún Alcalde, ningún Gobernador, ningún Presidente puede evitarlo: babean ante la idea de festejar con su pueblo, de darle a su pueblo (sí, así, “a su pueblo”) fiesta, jolgorio y libertad, de comulgar con las masas, de ser vitoreados mientras se vitorea a los héroes.

La idea del bicentenario es producto de esa fiebre gubernamental: ¿o usted ha visto a un ciudadano de a pie entusiasmado por festejar los 200 años de una batalla que es más circo que verdad? Usted mismo, diga la verdad, ¿está ahorrando para comprar adornos alusivos para su casa el próximo año? ¿Pondrá una foto de Hidalgo en la sala? ¿Adornará el jardín, el patio, la cocina, con reproducciones a escala de la campana de Dolores?

No. En todo caso, disfrutará como invitado de su gobierno. Los festejos son un festín populista de los gobiernos de todos los colores, en todos los países. En México se prepara con ahínco el bicentenario de la independencia con cientos de acciones que van desde la construcción de obra prioritaria con el nombre del cura Hidalgo hasta la emisión (¡qué emocionante!) de estampillas postales conmemorativas.

A pesar de la austeridad presupuestal anunciada por Felipe Calderón, el ánimo aún no decae. El gobierno del DF pondrá plaza conmemorativa y línea del metro; la comisión para el bicentenario pretende impulsar 618 acciones, entre las que destaca un monumento que deje pálido al Ángel de la Independencia.

En Guanajuato construyen la Expo Bicentenario, con un costo de casi mil 400 millones de pesos, más del doble de lo que destina ese estado a la seguridad. Hasta ahora, han gastado poco más de 2 mil millones en 130 obras alusivas al festejo, incluyendo los letreritos que usted puede ver en todas las carreteras para saber que por ahí pasó el bueno del cura.

En Querétaro ya se adelantaron: el gobierno de la capital inauguró en marzo el Parque Bicentenario, una especie de bonita Disneylandia queretana que vale la pena visitar pero que se llevó la tercera parte de su presupuesto anual. Pero quién les quita el parque, a ver.

En Jalisco habrá museo en el lugar en el que Hidalgo fue derrotado, faltaba más, y por supuesto, ya se etiquetaron dos millones de pesos para restaurar templos en memoria del libertador. Qué buena excusa.

Pero los aguafiestas empiezan a asomarse: el PRD ya tiene voceros pidiendo a Felipe Calderón que le baje a los gastos y en Cancún se atrevieron este mes (¡osados apátridas!) a eliminar del presupuesto la partida para el bicentenario.

Los recortes empezarán a hacer mella: en Morelos peligran plazas y fuentes, y las que de plano ya se dieron por olvidadas son las 200 escuelas y bibliotecas que la comisión del bicentenario había anunciado.

En todos los estados comienzan apenas a verse las grietas presupuestales del año que entra. Los congresos, los cabildos avizoran la debacle, pero las fiestas son las fiestas, la identificación con el pueblo es vital, la idea de nación está en peligro y aunque le pese al gasto, se vale gritar.


Eje Central, 15/09/2009.

14 sep. 2009

Yépez, la generación yo-yo y un apunte previo

Aquí yo otra vez con mis colaboraciones de “copia y pega”. En esta ocasión le toca nuevamente el turno a Heriberto Yépez, que publicó un texto muy entretenido y hasta divertido, pero no por ello irreflexivo o irrelevante, en el que habla de la “generación yo-yo”, que para mi buena suerte quienes la integran nacieron algunos años después que yo, que dicho sea de paso, ya no sé a qué generación pertenezco; esto es, no soy de la generación X porque no soy un treintañero cocainómano, pero tampoco soy de la generación yo-yo; más bien me quedé a la mitad. Quizá de ahí venga mi desencantado escepticismo y mi sombría visión de la realidad, que tampoco es catastrófica porque en medio de tanto desmadre aun tengo la capacidad de usar mis neuronas en la búsqueda de alternativas.

Cierto, muchas de las personas pensantes de mi generación somos escépticas y pesimistas, pero no rayamos en el nihilismo y la autodesactivación, con todo y que una de nuestras frases preferidas sea “¡qué güeva!”.

En fin, que recomiendo ampliamente la lectura del texto de Yépez; mientras tanto seguiré sumido en la crisis de autoestima que me provocó la lectura del dictamen relativo a un artículo que escribí para una antología cuyo tema es la exclusión social.

Los del comité editorial me pusieron como lazo de cochino y todavía me duelen los ojos por haber leído que el manejo de datos estadísticos en mi texto era “vago e impreciso”. Así que ahora, además del trabajo de la oficina tengo el trabajo de reescribir mi texto para que pueda ser publicado.

Por estos días tenía la intención de escribir acerca de las fiestas chovinistas propias de este mes, pero no he tenido el tiempo necesario. Ya habrá oportunidad.

Ahora sí, aquí va Yépez.
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La Generación Yo-yo

Heriberto Yépez

Después de la Generación X (1967-1976 aprox.) apareció otra generación cuyo mote oficial es “Millenials” (N. Howe y W. Strauss) o “Me Generation”. Su rasgo principal: el ultra-narcisismo.

Prefiero llamarlos Generación 1984 o, en directo, Generación Yo-yo. Ególatras, divertidos y redundantes, los yoyos nacieron en los ochenta y noventa.

La generación anterior estaba marcada por el dúo USA-URSS y, por ende, su visión por default era el maniqueísmo.

La Generación Yo-yo sólo conoció el dominio norteamericano. Son unidimensionales. Creen que sólo hay una manera de hacer las cosas. Y quieren saberla (¡ya!) y aplicarla.

USA es su URSS.

Neonarciso nació en el mercado super-individualista. Para un yoyo volverse sabio significa alcanzar una buena autoestima.

Poco profundos o creativos, su ¿virtud? es “hacer caso” y ser más disciplinados que los apáticos X.

Son autoritarios. Después del desastre de la contracultura, quieren poner “orden”. Son posmo, es decir, no creen que haya diferencia alguna entre la cultura alta y el pop. Juegan a ser tolerantes. Para ellos, ¡todo es cool! Creen que la clave de la existencia es tener la información correcta. (Internet es lo máximo.) Pero como crecieron en un mundo con una sola visión aprobada, los yoyos creen que escuchar muchas opiniones es “bueno” para formar “su propio criterio”.

Popstars —de Amanditita a Britney—, su finalidad es la fama; hacer que su yo sea amado por el mundo tanto como ellos ya lo aman.

Obama me ama y mi e-mail me mima. Y si no me aman, entonces me hago emo.

Según sus propios apologetas, los yoyos son neomoralistas, de altos estándares, y aunque no son innovadores son perseverantes.

¿Su meta? Quitar todo lo que los separe de ser “yo mismo”.

Una vez alcanzado, comienza la autopromoción infatigable vía MySpace, Facebook o YouTube.

No tienen vida, obra o, siquiera, carrera. Tienen campaña.

Ya nacieron sin dios o causas. Pero siguen siendo antropo-crédulos y cuando buscaron en qué creer, encontraron su imagen.

La psicología a nivel mundial no para de asombrarse del crecimiento imparable del narcisismo, amor al estado actual (yo, la perfección andando).

El narcisismo —insatisfacción satisfecha de sí misma— ya es pandemia.

Los yoyos harán que las economías progresen debido a su consumismo, su tecnofilia y, en general, por saber aprovechar los recursos ya existentes. Por eso el iPod y por eso el Kindle.

We are Wikipedia.

El gran problema de los yoyos es que no innovarán n@d@. Ni su literatura, tecnología o investigación serán significativas: lo único que los yoyos desean es hacer más cómodo su mundito. No crean: adaptan. No aportan: se apropian.

Infatuados de sí mismos, nada harán por el mundo.

No dejarán huella. Será como si no hubieran existido.

No pasarán a la historia: los yoyos están hechos de otros. Next!

Milenio Diario, 12/09/2009.

8 sep. 2009

Morir en la raya - Luis González de Alba

No es que carezca de inspiración o motivos para escribir, es simplemente que carezco del tiempo para hacerlo. De ahí que haya decidido desde hace unos días poner por acá algunos de los textos que he leído en los diarios y que me han parecido dignos de ser reproducidos y difundidos.

En esta ocasión le toca el turno a don Luis González de Alba, uno de mis maestros en el arte de la quejumbrosidad y la insatisfacción, expresada en un estilo corrosivo y medio elitista.

A quienes aun me leen, gracias por hacerlo y a quienes no, pues es difícil saberlo.
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Morir en la raya

Luis González de Alba

Si el presidente Calderón tiene la más remota esperanza de sacar adelante sus diez propósitos por un consenso en el Congreso, pierde el tiempo. Los resultados más recientes de un consenso los vimos en las anti-reformas de 2007: los políticos se dieron palmadas de político, se felicitaron unos a otros y dejaron al país con las mismas restricciones en lo económico y mucho peores en lo electoral.

Resulta preocupante la manía de Calderón por revivir un pasado que no volverá y es de desear que no vuelva: se ve en las formas y en el fondo. En las formas, desea revivir, así sea en un patio del Palacio Nacional, la pompa y circunstancia que rodeó al farragoso Informe presidencial. En vez de ofrecer un sobrio reporte a la nación, para lo cual le basta un par de cámaras de TV y cadena nacional, busca un público fiel. Y en el fondo porque, estilo PRI, ofrece emotivos buenos deseos que cualquiera firma.

Ni el más Noroña de los políticos mexicanos podría estar contra el listado de 10 deseos con que el Presidente sueña y soñamos todos. Los brincos comenzarán cuando envíe sus propuestas concretas: le responderán con maromas retóricas trilladas, porque lo cierto es que prefieren ver hundirse el sexenio, para luego, como lo gritó Obrador con todas sus letras, entrar ellos al rescate en 2012.

Cuando no se tiene mayoría en el Congreso, el camino de las reformas no puede pasar por allí. La fuerza del PRI sigue siendo su estructura corporativa, intocada cuando se pudo: el sindicato de petroleros que se reparte diputaciones para seguir vendiendo plazas, el sindicato de electricistas que amenaza con paralizar el país si le dejan de llegar los miles de millones con que el gobierno sostiene la ineficacia, el de maestros que exige su derecho a no presentar exámenes y vender sus plazas, el de mineros que todavía maneja Napoleón, que lo heredó de su papá…

A grandes obstáculos, grandes soluciones: ya vimos un Calderón atrevido tomar protesta como presidente en un salón de sesiones con puertas encadenadas y tribunas apiladas por forajidos con fuero. Pero no lo hemos visto repetir. El PRI está intacto luego de nueve años. El PRD sabe su camino: bloqueos, niños puestos contra los escudos de la policía, alaridos las muy pocas veces en que les atizan los solicitados palos. Le queda al Presidente algo que el PAN no sabe hacer, no ha sabido nunca: recurrir a la población.

Los mexicanos mayores de cinco años tenemos también el peso de nuestra formación escolar priista, por eso estamos celebrando los cien años de una revolución impresentable. Pero todavía entendemos que 12 por ciento de IVA es menos que 15. Falta que el Presidente nos explique cómo el ahorro en renta, zapatos, ropa, teléfono y electricidad, que pagan 15 por ciento, cubre de sobra el pago de impuesto generalizado a alimentos. Y las medicinas las paga el Seguro Popular, el IMSS o el ISSSTE.

El Presidente debe etiquetar, ante la población, los nuevos impuestos y denunciar números como éstos: La legislatura pasada se comió casi 13 millones en galletitas y casi 7 millones en botellas de agua; 670 millones en seguros médicos para evadir el mal servicio del ISSSTE, más de 200 millones en teléfonos, más de 600 millones en boletos de avión (que tracalean por efectivo): números de Ricardo Alemán en El Universal, 31.08. Y “una perla de perlas: el diputado Francisco Javier Calzada, del PRD, pidió baño propio en su oficina de vicecoordinador, que costó 200 mil pesos”, concluye.

Añadamos el desvío, documentado por Excélsior, de 50 millones de la partida para “gestión social” del PRD, regalados a un político en pre-pre-campaña, delito que se llama fraude, y tendremos apenas un poco del panorama ofensivo de quienes hacen recortes a la educación, la salud y la creación de infraestructura, pero chapotean en billetes del presupuesto.

“Estamos hablando de unos 132 millones de pesos entregados en efectivo” por tres partidos a un solo político en campaña, López Obrador, y “con un uso discrecional del que nadie ha dado ni da cuentas”, señala Fernández Menéndez el 1 de septiembre.

¿No puede hacer el gobierno de Calderón las cuentas que hacemos tantos? Y denunciarlas. Hacer sus propuestas de reforma en educación, energía, trabajo y fisco a la población, sacar números, pelear como peleó al tomar posesión. Y, como peor no le puede ir, en el peor de los casos morir en la raya, denunciando los intereses que nos mantendrán en la pobreza.

Milenio Diario, 07/09/2009.

3 sep. 2009

Yépez y los micro mass media

Heriberto Yépez es un mamoncete profesor de filosofía de la Universidad Autónoma de Baja California, en donde estudió la misma disciplina hace ya algunos ayeres. Cada sábado escribe en el suplemento cultural de Milenio Diario, Laberinto. En sus textos se esmera en presentarse a sí mismo como un pensador de la periferia, incólume a las putrefactas y anquilosadas redes culturales del centro del país, dominadas por los caudillos intelectuales que instalaron su férrea dictadura desde los años sesenta del siglo pasado.

En ocasiones llega a ser demasiado pretensioso y sangrón, pero las más de las veces es entretenido, con todo y la petulancia de sus textos.

Para quienes no lo conozcan, acá pongo su colaboración más reciente aparecida en el último número de Laberinto:

Los micro mass media

Heriberto Yépez

Guattari predijo lo post-mediático. Pero sus micromáquinas no siempre obedecerían la mera rizomasificación.

Los micro mass media (mmm) —blogs, Twitter, MySpace, Facebook, YouTube— son redes sociales acéntricas.

Todo se inició con el chat, el e-mail y messenger. La información global se desmonopolizó, y cada usuario de internet devino editor o firma de información, vía el horizonte de la mensajería instantánea e hiperlinkeo.

Big Brother ya compite con los info-pitufos. Hoy Big Bro para ser pop usa clicks smurf (¡deja tu comentario!)

Han pasado dos décadas del inicio del big bang de los mmm. Podemos ya comprender cuál es su función.

Su función es una forma de antropoiesis: crear un cierto neo-humano.

Después de la muerte de Dios todo es permutación. Las identidades se fragmentaron. Los mmm intercambian pedazos; identidad merced remezcla.

Los mmm no tienden a la homogenización sino a la diversidad conservadora. Congregación de iconos Neo-Con.

Una red social consiste en una serie de personas relacionándose a través de clichés visuales y verbales: fantaséame como yo me fantaseo a mí mismo, mírame como yo mismo me miro; a cambio, yo también te miraré como tú me digas.

Los mmm mayoritariamente son tecnologías para rehacer tu imagen ante los demás, tomando prestado imagos y pupas de lo global.

Son métodos para construir identidades virtuales basadas no en acciones sino en imágenes (retomadas), no en comunicación sino en mensajes. Redes de relaciones por medio de auto-imágenes.

Consumos de imágenes que el otro ha construido de sí mismo.

Los mmm no muestran siquiera la personalidad. Apenas la portada.

Seleccionamos frases, cookies, videos, links, música, tests and etceteralia de un repertorio (finito) de opciones (choices) que le muestran al otro tu “perfil”.

La ética es el arte de la autoconstrucción ascendente.

Éticamente, internet —para la mayoría de los usuarios— cumple fines psicológicos, no de soledad, como apunta la lógica habitual, sino de fragmentación de la atención, por una parte, y fragm. de la acción, eso que los clásicos llamaban estulticia: dispersión de los deseos, recepción indiscriminada de los estímulos que el mundo ofrece, distracción, falta de concentración, entrarle a todo y nada.

Network = to not work.

Cada vez que te dices que debes terminar algo en tu computadora o vida, mejor te asomas a una red social. Las redes sociales son dosis para bajar la ansiedad que te provocas con tus “metas”.

Internet, desde su porno hasta su mouse, es ansiolítico.

Ya en línea, construyes un ser hecho de pedazos de lo demás. Retransmítelo de modo viral.

La era del collage incoherente ha terminado.

El sujeto claro y distinto está de vuelta. Siempre y cuando esté hecho del repertorio global.

En esta “nueva” era lo único privado será tu contraseña.

Todo lo demás será retro.