28 jun. 2009

Drexler en México... y no lo vi

El jueves pasado Jorge Drexler vino a la Ciudad de México a dar un concierto y no pude ir por causa del trabajo.

Todavía recuerdo aquella vez hace casi dos años ya, cuando fui a verlo con la doctora corazón al Teatro Metropolitan, cuando cantó todas las canciones de 12 segundos de oscuridad.

Drexler no es un cantautor para las masas palurdas y apestosas que se contonean de un modo bastante extraño al ritmo el pasito duranguense; es más bien el tipo de cantante que gusta a quienes no queremos pasar por pseudofilósofos románticos de izquierda, como aquellos que gustan de la trova y la nueva trova latinoamericana, pero que tampoco somos tan ñeros y fáciles de deslumbrar con un par de palabras rebuscadas, como los fans del Serrat de las chachas (con todo respeto para ellas), el tal Arj… ¡ése!

Drexler tiene un tipo de fans con perfil más condechi, que para aquellos lectores que no vivan en la Ciudad de México, debo decir que es el apelativo con el que designa a los visitantes de los cafés, bares y galerías de una colonia que se ubica al sur poniente de la capital, llamada Condesa.

El citadino condechi tiene estudios universitarios generalmente en las áreas de ciencias sociales y humanidades; ideológicamente se ubica en el centro derecha/centro izquierda y es muy moderado, casi rayando en la indiferencia. Algunas de sus convicciones políticas son sólo de pose; por ejemplo, usa palestinas enrolladas en el cuello no porque esté a favor de la liberación de ése pueblo oprimido por las elites judías, sino porque se ven super cool con sus sacos de pana marca Zara y sus playeras cK y le confieren un aire contestarlo.

En términos culturales se ubica en un punto medio entre los admiradores de la cejotas Frida Khalo y el panzón apestoso ése que tenía por marido (Diego Rivera, creo que se llamaba), que asisten a festivales como el Ollin Khan de “culturas en resistencia” y leen a Noam Chomsky, y aquellos otros que admiran a Adal Ramones y Omar Chaparro, asisten a las exposiciones gratuitas que se hacen en Zócalo, sólo porque son gratuitas y leen el Quihubole con… de Jordi Rosado y Por qué los hombres aman a las cabronas, de no sé quien.

El citadino condechi en lugar de eso asiste a cafés de diseño, lee a autores como Brodsky, Beigbeder o Xavier Velasco y escucha a Drexler, Oceransky y Martin Buscaglia.

En fin, que vino Drexler y no pude ir a verlo; lo único que me consuela es que compré Cara B que es un disco doble grabado en vivo en donde hay excelentes versiones de Todo se transforma, Sea y Zamba del olvido.

Por si no se había notado, lo confieso, soy fan de Jorge Drexler, pero no son condechi. Soy un proletario intelectual, nada más.

26 jun. 2009

En defensa de la política V de V

Ante el dilema de votar o no votar, la respuesta es votar pero permanecer atentos políticamente. Esto es, que el momento cívico y de interés político no se acabe al salir de la casilla, sino que permanezca, que exista el interés por saber qué demonios está haciendo el mono ése por el que se votó para que fuera Diputado Federal; saber dónde estará su oficina de gestión social, cómo votará en las sesiones del Congreso, cuántas veces usará la tribuna, aunque sea para decir puras idioteces, cuántas iniciativas presentará y acerca de qué temas.

Eso es estar políticamente activos y para eso si deberían existir campañas de concientización.

Pero desde luego se trata de una utopía. La mayor parte del tiempo la mayoría de la gente es valemadrista y sólo reacciona cuando se lesionan sus intereses inmediatos, y sólo a veces, pues si falta el agua en la colonia pero ya unos cuantos vecinos se organizaron para protestar, entonces para qué tomarse la molestia de participar en las protestas, si todos modos serán escuchadas y el problema será resuelto.

Por lo demás no hay que esperar de los políticos más de lo que pueden dar y más de lo que son: un reflejo de nosotros mismos.

Los políticos no llegan del espacio exterior, ni salen de una probeta en un laboratorio. Salen de la propia sociedad y por tanto tienen los mismos valores, la misma formación y la misma conciencia histórica. Ellos son los que somos. Así que ¿de qué nos escandalizamos y en su caso, por qué no hacemos algo para cambiar esa situación?

El señor Alejandro Martí es muy bueno en su papel de ciudadano víctima de la inseguridad, pero ¿por qué no decide de una buena vez por todas entrarle a la política si, la verdad sea dicha, tiene madera y hasta podría marcar la pauta de lo que podría ser el nuevo tipo de político que la sociedad necesita? Y los demás ciudadanos ejemplares ¿por qué no le entran también?

La política, esto lo decía mi maestra Lourdes Quintanilla, no la hacen los ángeles; la hacen hombres con pasiones e intereses diversos, por eso es tan fascinantemente conflictiva y pacífica al mismo tiempo.

Para finalizar y a propósito de que el voto es un elemento de la democracia y parte esencial de una cosa que en ciencia política se conoce como sistema de representación, quiero citar a Bernard Crick, maestro de otro de mis maestros en Facultad de Ciencias Políticas, el Dr. Manuel Villa.

A propósito del descrédito del sistema de representación, Crick decía:

“Puede decirse que cualquier sistema de representación, por desmedido, incompleto y a veces incluso corrupto que sea, es mejor que su ausencia, y mejor que otro que sólo represente un supuesto interés único de los gobernados”. [Bernard Crick, In defense on politics, 1962].

25 jun. 2009

En defensa de la política IV de V

Respecto al llamado a anular el voto, el PRI se beneficia porque independientemente del éxito o fracaso de sus campañas electorales o de cuán malos o buenos sean sus candidatos, cuentan con una base estable de electores, que pase lo que pase y llueva, truene o relampaguee, invariablemente acudirán a votar.

De manera que si en una determinada casilla de una zona tradicionalmente priísta se contabilizan mil votos emitidos, de los cuales 900 son nulos, el candidato priísta ganaría en ésa casilla sólo con cien votos. Y tómenla electores idiotas que fueron a anular sus boletas, porque sólo 100 de sus vecinos decidieron por ustedes.

En el caso del PAN sucede algo similar, pues la mayoría quienes promueven el voto nulo tienen mucho más afinidad ideológica hacia este partido, cuyos liderazgos y gobernantes piensan que primero hay que generar orden y seguridad pública, para que después estas dos condiciones por si mismas generen el desarrollo que haga posible superar la pobreza, cuando es en realidad ésta última la que orilla a algunos sectores sociales a buscar oportunidades de sobrevivencia en actividades criminales, alimentando así las fuentes de inestabilidad social e inseguridad pública.

Y no se trata de victimizar a los pobres pobres -como lo hace la izquierda timorata del PRD, PT y demás siglas- que, obligados por el hambre, tienen que sembrar o vender drogas o “cocinar” en tambos de aceite a criminales del bando contrario. No. Los pobres al igual que los no pobres son cabrones, egoístas y competitivos. Es algo que se explica por los valores sociales prevalecientes en la cultura occidental; sólo que a diferencia de los pobres de otros países donde sí existen estructuras de oportunidad y movilidad social eficientes, en las que ésos valores permiten que al cabo de un tiempo un pobre con ganas de superarse pueda tener una casa, un auto y salir a comer a restaurantes tipo bufet todos los viernes, como sucede con los migrantes mexicanos que llegan a los Estados Unidos (cierto, ahora la situación es difícil, pero ahí en EU existen las condiciones reales para la prosperidad que aquí no existen, y como se trata de un tema que da para muchas otras tantas líneas, lo dejo para otra ocasión), en México los orillan a meterse zancadillas entre ellos mismos.

Muchos de los promotores del voto nulo sufragaron en las dos elecciones presidenciales anteriores por el PAN. Pero como dicho partido no ha sido tan eficiente en el cumplimiento de la demanda de orden y seguridad, ahora esos personajes y agrupaciones han optado por presionarlo mediante la amenaza de anular el voto, empleando para ello el descontento de muchos ingenuos intelectuales y académicos que nunca salen de sus cubículos, en sus universidades nice donde estudian las nuevas generaciones derechosas, así como el descontento de amplios sectores de la población para los cuales, independientemente de la situación, siempre todo estará mal, los políticos serán corruptos y la vida siempre será difícil.

Cuando estos sectores acudan a anular el voto, inconcientemente estarán apoyando a esos grupos cuyos intereses ni siquiera comparten; pero todo sea por estar a la moda.

24 jun. 2009

En defensa de la política III de V

El llamado al voto nulo encierra en si mismo la paradoja de emplear un mecanismo democrático, el sufragio, para vulnerar a la propia democracia. Aunque esto no es novedoso. Ya desde el siglo XVIII muchos teóricos políticos habían señalado ésa situación como una de las contradicciones del método democrático de gobierno.

Pero más importante aún, el empleo de ése mecanismo en un sistema electoral de mayoría simple como lo es el que prevalece en México, esto es, uno en el que no importa el número de votos obtenidos respecto al total de electores, siempre y cuando sean los suficientes para determinar a un ganador de la contienda, sirve solamente para presionar por la vía de la opinión pública a una clase política que ciertamente ha cometido demasiados errores y que continúa siendo prácticamente la misma de hace 20 o 30 años, para que discuta y en su caso procese determinadas demandas sociales.

En la hora actual, la principal demanda de los grupos y organizaciones que han llamado a anular el voto, es la generación de orden social y seguridad pública, no como una condición para el desarrollo, sino como un requisito para la protección de la propiedad privada.

Dicha demanda, es desde luego legítima y comprensible, pero está demasiado tirada hacia la derecha del espectro ideológico, pues en una sociedad donde hay más de 50 millones de personas en condición de pobreza y dentro de éstas, unas 20 millones en condiciones de pobreza extrema, el Estado, o el gobierno, para no meternos en complicaciones teóricas, debería de asumir como prioridad la solución de éste problema.

Y aquí está precisamente el carácter netamente derechoso del gobierno del presidente Calderón: priorizar la generación del orden social y la seguridad vía la famosa guerra contra el narcotráfico, por encima del combate a la pobreza.

Y no, no se trata de hacer apología soterrada de las estupideces ideológicas que plantean López Obrador y sus gatos dizque izquierdosos, combativos y sectarios ("estaríamos mejor con López Obrador"). Se trata de llamar la atención al hecho de que mientras otros políticos tratan de meter otros temas en la agenda pública, tales como una mejoría en los servicios de seguridad social que ofrece el Estado, o la generación de mayores y mejores condiciones de fomento al crecimiento y desarrollo económico, lo cual habla de que en realidad tienen una perspectiva ideológica diferente respecto a la del gobierno del presidente Calderón, algunos grupos de la sociedad civil aprovechandose del clima de descontento y desánimo social prevaleciente, llaman a exigir orden mediante una medida de presión discursiva que incluye la frase “todos los políticos son iguales” y mediante un recurso democrático que, mal empleado como se pretende, habrá de despolitizar a amplios sectores de la sociedad.

En este escenario sólo hay dos partidos políticos que podrían beneficiarse con ése llamado a anular el voto: el PRI y el PAN.

23 jun. 2009

En defensa de la política II de V

El perfil social de ése movimiento que promueve la anulación del voto es bastante conocido. Se trata de un conjunto de organizaciones de la sociedad civil que han participado en la organización de marchas muy nice para protestar por la inseguridad pública, y que han ideado valientes formas de protesta, como el salir vestidos de blanco o portando un moñito de un determinado color a la altura del pecho, para mostrar el descontento contra una clase política que reúne todos los defectos posibles, es decadente y casi casi demoníaca (Gandhi: muérete de la envidia, porque ésas formas de protesta no te las sabías… perdón, olvidaba que ya estás muerto).

Se trata de organizaciones formadas por personas con estudios universitarios, generalmente realizados en centros de educación superior de carácter privado, que cuentan con un nivel socioeconómico relativamente decoroso y que se conciben a si mismos como la encarnación de la moral pública y de la conducta cívica.

Ellos reúnen todas las cualidades de la cultura cívica de que hablaban Almond y Verba en su ya clásico libro titulado precisamente The civic culture, y desde su atalaya de pulcritud y prístina conciencia social, contemplan el horrendo espectáculo de la lucha por el poder político.

Hartos de ésa situación de degeneración de la virtud pública decidieron que sería bueno que las masas amorfas que infestan las calles y los lugares públicos, y que de vez en vez han utilizado para llenar sus marchas de protesta, acudan a las urnas a anular su voto para mostrarles a esos políticos egoístas, mafiosos y degenerados, que la “sociedad” ya está hasta la madre de ellos (emplear el término “pueblo” suena muy naco y político, o a político naco, así que ¡qué horror!).

Pues bien, si me he esforzado para escribir con sorna acerca de ése sector de la sociedad (en realidad no es ningún esfuerzo, me sale muy natural esto del escarnio) es porque quiero evidenciar el trasfondo de su propuesta, que es la despolitización de la sociedad, para que sólo pequeños sectores sean los que tengan influencia real en la agenda de discusión de los temas públicos.

Y bueno, para quienes llegasen a leer esto por mera causalidad, debo decir que soy politólogo de formación, que trabajo haciendo análisis político, leyendo muchos periódicos y que durante algún tiempo me dediqué a dar clases de teoría política y a hacer investigación académica; de manera que algo debo de saber acerca de la naturaleza y el funcionamiento de la política, como para formular este tipo de planteamientos.

22 jun. 2009

En defensa de la política I de V

En las últimas décadas ha sido común en México observar la formación de movimientos sociales de corte cívico en los meses previos a un proceso electoral.

Muchos de esos movimientos han sido clave en el proceso de democratización de la política nacional, es decir, ése proceso mediante el cual nuevos partidos y liderazgos políticos se fueron incorporando a la escena pública a través de mecanismos cada vez más equitativos y confiables de competencia electoral.

En 1988, por ejemplo, el Frente Democrático Nacional creado por el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas, fue crucial para la creación posterior del PRD –partido que logró reunir a las diferentes vertientes de izquierda en un mismo espacio y proyecto político-ideológico. Pero más importante aún, el FDN de Cárdenas contribuyó a impulsar una serie de reformas a las leyes electorales que dieron origen al IFE.

En 1994 surgió el movimiento zapatista, que llamó la atención hacia las paupérrimas condiciones de vida de las distintas etnias indígenas del país y que después se diluyó en una aventura poético-cómico-mágico-musical, protagonizada por el profesor Guillen Vicente, alias el “subcomandante Marcos” y una bola de altermundistas católicos y apestosos que escribían unos ensayos infumables. En 2000 surgió el movimiento del voto útil, que consistió en promover el voto a favor del candidato opositor al PRI con más probabilidades de disputarle la Presidencia de la República, que en ésa ocasión y para desgracia de todo el país, fue Vicente Fox Quesada.

Reconozco con humildad y mucha vergüenza que caí burdamente en el razonamiento del voto útil y sufragué a favor de Fox; sólo espero que algún día la patria pueda perdonarme y comprenda que se trató de un pueril pecado de juventud. Tenía yo 18 años cumplidos, recién había entrado a la universidad y estaba en el tránsito de conversión desde un pseudomarxistastalinistaleninistamaoístaborreguistasocialdemocratista, hacia un cretinistaanarcoincoformistaarrogantosoypayaso. Así que no sabía lo que hacía.

Ahora, en 2009 ha surgido un nuevo movimiento social de corte cívico que pretende que quienes están en edad de votar, cuentan con credencial de elector, están en lista nominal y tienen pensado acudir a las urnas el próximo 5 de julio, o sea, como 30 de 106 millones de mexicanos, lo hagan; pero anulando la boleta electoral.

Se trata del movimiento del voto nulo que tanto alboroto ha causado entre la intelectulidad y la clase política.

20 jun. 2009

El buró y la nostalgia

No sé hasta qué punto pueda considerarse un ataque a la masculinidad decir que a lado de mi cama tengo un buró, en cuya superficie alguna vez puse el despertador y un par de libros para leer antes de dormir, pero que con el paso del tiempo y mi desidia para acomodarlos en mi pequeño librero, se convirtieron en una pilas tan altas que ahora para poder alcanzar alguno que esté hasta arriba, tengo que ponerme de puntillas.

En esta ocasión no pretendo escribir acerca de esa pila de libros y folios que se han acumulado sobre la reducida superficie del buró, dejando apenas un diminuto espacio para el teléfono celular, que todas las mañanas me despierta con la muy premonitoria letra de “Sea” de Jorge Drexler. Más bien pretendo escribir del cajón de ése buró, el cual originalmente usaba para guardar mi reloj, la cartera y mis pastillas para la gastritis, el dolor de cabeza, mi lumbalgia y alguna gripe eventual, pero que hasta apenas ayer descubrí que se había vuelto un archivo de notas y recibos que se fueron acumulando desde ¡el año 2000!

No sé por qué tengo la extraña manía de guardar todos boletitos del cine, comprobantes de pago del banco, la cuenta del súper, las facturas de algunas cosas que he comprado y los tickets de compra de la librería. El punto es que todos esos papelitos pulcramente doblados y sujetados con clips, habían ocupado todo el espacio del cajón, obligándome a la laboriosa tarea de quitarlos para liberar espacio.

Hacerlo fue como regresar al pasado, a través de los recuerdos que cada uno de esos papeles me evocó; como cuando encontré un boleto de Cinepolis, de cuando fui a ver Darkness City en 2001, una peli demasiado rara a la que, por cierto, no le entendí ni madres. O como cuando me encontré un boleto de Pullman de Morelos, de cuando viajar a Cuautla costaba 50 pesos y a Cuernavaca 65, en 2003.

Incluso encontré debajo de todos esos pequeños trozos de papel, el folder donde había guardado mi carta de aceptación a la licenciatura en la UNAM. Al leerla nuevamente fue imposible no llenarme de orgullo por el que ha sido hasta ahora uno de mis principales logros personales, pues desde que era un chaval de ocho años quería estudiar en la UNAM; incluso aun recuerdo un spot de difusión cultural, que decía algo así como “Difusión Cultural UNAM: nuestro futuro hoy”.

También me encontré los tickets de compra de algunos libros que ya ni me acordaba que tenía. Y la verdad no es que tenga muchos, pero tampoco llevo un registro exhaustivo en mi memoria de todos lo que tengo. El punto es que me sorprendió que en 1999 aún hubiera buenos libros que se podían adquirir por 20 pesos, y no como ésas ediciones espantosas de Editores Mexicanos Unidos que venden dentro de algunas estaciones del metro, que generalmente son las obras más aburridas o desconocidas de autores conocidos.

Incluso encontré mi pasaporte, que hace poco andaba buscando porque muy tacañamente pagué sólo por su vigencia de tres años, sin contar que mi visa gringa sería de 10.

Y cómo no mencionar las pastillas caducadas de trimetropim con sulfametazol, que guardan un valor sentimental para mí debido a que fueron las últimas que me recetó la doctora corazón cuando todavía me quería.

Quizá este texto -como casi todos los que escribo- no tenga ningún valor para quien lo lea; pero no os preocupéis, que no lo escribí con esa intención. Tan sólo quise externar por escrito la nostalgia que me causó limpiar el cajón del buró. Me hizo recordar los no tan lejanos tiempos en los que tenía tiempo para ir al cine, la librería, a otros lugares fuera de la ciudad y hasta para tener una novia doctora que me daba consultas gratuitas. Por cierto, ahora la doctora corazón anda en su segundo año de la residencia y está tan ocupada y estresada, que ha bajado mucho de peso.

Nostalgia en estos días nublados y lluviosos era el único elemento que faltaba para entrar oficialmente en un periodo de recesión existencial, digo, pa estar a la moda del léxico económico prevaleciente.

Un saludo para quienes me leen.

P.S.: Con todo este asunto del voto nulo, un amigo y colega de la Universidad me invitó a escribir una ponencia para una mesa de análisis. Buscando entre los libros y las notas que emplearé para redactarla, me encontré con “En defensa de la política” del profesor británico Bernard Crick. Un gran ensayo que debería de leerse en estos aciagos momentos electorales. Ya a ver si después escribo algo al respecto, o publico algunos fragmentos de lo que me salga como ponencia. A propósito, volver a escribir con estilo académico me ha entusiasmado bastante.

P.S. 2: Paola, como siempre, es un honor para ti poder leerme. Welcome again!

18 jun. 2009

De una pregunta y una respuesta (II)

Honestamente no entiendo por qué las personas conectan su vida a un piloto automático que las conduce invariablemente por la misma ruta: nacer, crecer, reproducirse y morir.

De esos cuatro puntos del trayecto vital, tres están más allá de nuestra voluntad, siempre y cuando no seamos unos suicidas en potencia, porque entonces uno de ellos, que es el morir, reduciría la cuenta a sólo dos. No obstante, con todo y lo horripilante que pueda ser la vida según el Sino personal, nos aferramos a vivirla y no deseamos morir, no cuando menos durante algún otro momento que no sea la vejez, donde más que no desear morir, nos resignamos a aceptarlo como un hecho inevitable.

Decía pues que nacer, crecer y morir son aspectos de la existencia en el mundo que en buena medida son ajenos a nuestra voluntad y más bien la someten. Pero reproducirse, con todo y las explicaciones filosóficas, psicoanalíticas y religiosas que puedan justificarlo, es algo que sí está en nuestro radio de decisión y es producto de nuestra voluntad.

Siendo así, no entiendo por qué hay que someter al escrutinio de los demás una decisión que debería ser íntima, personal y voluntaria.

Casarse y tener hijos es algo bien visto e incluso considerado como el punto culmen de un buen proyecto de vida. Pero hacer lo contrario, es decir, permanecer soltero, es algo reprobable y condenable socialmente, máxime en el caso de las mujeres.

Ahora que la modernidad ha calado un poco en la estructura mental del conjunto de individuos que integran las diversas sociedades del orbe, ya se puede escoger a la pareja e incluso esperar un lapso de tiempo razonable para consumar el acto del matrimonio. Pero anteriormente éste era asunto que competía determinar a los padres de los eventuales novios y la edad no era ningún problema, se podía comprometer incluso a un no nato.

Pero el punto acá es precisamente la aprobación social del matrimonio como un compromiso que todo hombre y mujer deben de cumplir para considerarse y poder ser considerados por los demás, como plenos y “realizados”.

Quienes están al margen de esa norma son considerados desadaptados, amargados o antisociales incapaces de establecer relaciones afectivas de largo plazo.

Sin embargo me parece que el estigma es demasiado injusto. Sobre todo considerando que el vínculo principal del matrimonio debe de ser el amor que, en caso de existir como tal, precisa de vocación.

Así como en otros aspectos de la vida se necesita una inclinación natural o simpatía hacia cierta actividad, así también para vivir con alguien más se necesita de la vocación para amar, por muy ridículo que esto pueda parecer.

Pero el problema, el desafortunado problema que explica que muchas relaciones fracasen y debiliten el tejido social (¡ah! ¡pero qué payaso se leyó esto!), y que explica a su vez la disfuncionalidad de muchas sociedades, es el hecho objetivo de que no existe ésa vocación para amar. Cuando mucho puede existir pasión, deseo, atracción; pero todo eso es finito, acaba después de algún tiempo, pasado el cual viene la separación, y el punto de inicio un nuevo ciclo de equivocaciones.

En lo personal considero que no tengo la vocación para amar, pero confieso que admiro a quienes realmente la tienen porque es realmente una fortuna aprender a convivir, a padecer y a disfrutar a una sola persona durante toda una vida… ¡toda una vida!

Como no tengo ésa vocación, obviamente tampoco tengo el ánimo para conectar mi vida al piloto automático para fingir una satisfacción que no será tal.

No se trata de una cuestión de egoísmo, inexperiencia o desorientación propia de la edad (hay gente de 20 años o menos que se casa –o se tiene que casar- y no sé qué tan orientada y/o conciente pueda ser).

Se trata más bien de una cuestión de reflexión y de disposición: si sé que no tengo buenos reflejos, que soy torpe con las banderillas y que me siento ridículo con el traje de luces, entonces no tengo vocación de torero.

Así también: si sé que mi carácter no el más propicio para una relación afectiva, y que no tengo ni las ganas ni la disposición, ni el tiempo para tener que soportar a alguien durante toda la vida, entonces hacerlo sólo por seguir un patrón sería perder mi tiempo y hacérselo perder ingratamente a alguien más.

Pero también está el otro lado del asunto. La vida, las circunstancias o un Dios bueno, omnipotente y omnisciente nunca deja las cosas incompletas o asimétricas; de manera que la ausencia de una aptitud se compensa con la presencia de otra diferente.

Así pues, quienes no tenemos la vocación para amar tenemos otro tipo de vocación igual de importante aunque no así valorada por los demás.

Piénsese por ejemplo en los sacerdotes, las religiosas o los filántropos. Ellos tienen un tipo de vocación que no necesariamente congenia con la vocación para el amor de pareja, pero no significa que estén privados de la capacidad para desarrollar afectos hacia los demás.

En mi caso particular pienso que no tengo la vocación para amar; pero tengo la vocación para pensar, cuestionar, escribir idioteces, llevarle la contra a la gente y desarrollar un discurso desafortunadamente atractivo para algunas personas.

Esa es mi vocación y me gusta. Aunque también soy conciente del enorme poder de la contingencia y no me niego a la posibilidad de que algún día pueda sucumbir ante una sonrisa o una mirada.

Eso fue lo que le dije a la familia en pleno el fin de semana y confieso que me hubiese gustado cerrar mi discurso con una frase de Heinrich Heinz que me gusta mucho: Dios me perdonará, es su oficio.
P.S Por si hubiere alguna duda lo aclaro: me gustan las mujeres. Soy medio torpe para tratarlas, pero me gustan.

15 jun. 2009

De una pregunta y una respuesta

Si hay algo peor que tener que conducir desvelado, cansado y medio crudo (física y moralmente), por más de tres horas por una carretera sinuosa un sábado por la mañana, no lo es el riesgo que ésas curvas significan en un momento en el que no se sabe si lo que se tiene es sueño, sed, calor, gastritis o el preludio de una crisis existencial por algo que no debió haber sucedido (o que quizá sí, aunque lo más seguro es que quién sabe), pero que sucedió de todos modos. Y no, eso no es lo peor.

Lo peor es tener que llegar, después de más de tres irritantes y angustiantes horas de intentar vencer al sueño y a los pensamientos que impedían concentrarse en el camino (y en los hondos barrancos recubiertos de exuberante vegetación que lo flanqueaban), a una reunión familiar en la que está presente la tía insufrible que existe en toda familia numerosa como lo es la del pobre y acongojado mortal autor de estas líneas.

Sí, me refiero a ésa tía que piensa que su vida es un modelo de perfección que debe ser seguido por los demás, y que para más INRI de la situación, tiene el extraño don de la percepción del estado de ánimo, las penas y las alegrías de quien se le ponga en frente y lo que es más importante, de exhibirlo frente a toda la concurrencia.

Pero lo más peor de lo peor es tener que sortear la infame pero invariable pregunta que ésa tía que se cree perfecta suelta durante la hora de la comida, cuando están sentados a la mesa los demás tíos, primos y hermanos. Ésa miserable pregunta es: “¿y cuando piensas casarte hijo?”

Fiel al espíritu de unidad que debe prevalecer en toda familia, siempre había respondido muy cortésmente que ya pronto habría de dar ése paso, que ya tenía una prospecta, que estaba muy enamorado de ella y que sólo esperaba el momento preciso para plantearle la propuesta. Pero antes de todo eso tenía que justificar lo que había pasado con la prospecta anterior, es decir, por qué la relación no había funcionado y cómo se había terminado, para que, inmediatamente después del relato, todos me dieran sus consejos para mejorar en mi próxima relación, desearme mucha suerte y pasar a fastidiar al otro miembro de la familia que anduviese en “malos pasos”.

Sin embargo ésa tarde de sábado decidí ofrecer otra respuesta, mi auténtica respuesta de hecho.

Quizá fue por el calor de los mil demonios que se sentía a ésa hora, o por las ganas constantes de irme a dormir, o los pensamientos que ocupaban mi mente, el punto es que decidí enfrentar a la familia en pleno y plantear mi perspectiva del aspecto afectivo de la vida, de mi propia vida.

Creo que lo hice tan bien, que cuando menos me ahorraré las próximas dos o tres reuniones familiares.

Pero de ésa respuesta escribiré en el siguiente post para conservar el suspense.
Un saludo para quienes me leen, gracias por hacerlo.

14 jun. 2009

De la solitud y otras palabras raras

Además de la incontenible carga de trabajo, que cada día aumenta más y más en proporción inversa con la paga, una de las razones por las que había dejado de escribir había sido la falta de interés en hacerlo. Mi mente entró en una especie de stand by que me daba miedo, porque podía significar que el magnetismo de la frivolidad por fin me había atrapado y que en adelante sería una especie de Frederick Beigbeder región 4, escribiendo sobre mis desventuras existenciales urdidas en los bares de Polanco y las tiendas departamentales.

No obstante, en todo este tiempo algo que me consolaba y tranquilizaba era que mi gusto por la lectura se había conservado intacto; en el lapso de casi mes y medio que dejé de escribir aquí, leí tres buenas novelas y un estudio acerca de la formación histórica del sistema político mexicano. Así que si en algún momento me habría de volver un yuppie mamertin estilo Niño Verde (que Dios me perdone por la comparación), cuando menos emplearía palabras rebuscadas tales como “punzante”, “inveterado” y “anacoluto”.

Y es que por más que lo intentaba, nomás no se me ocurría nada y tampoco nada me inspiraba a escribir, ni siquiera nuestro cada día más decadente sistema político o la alarmante crisis, o la apocalíptica epidemia de influenza humana.

Pensaba que la inspiración o el mero gusto por escribir me habían abandonado, pero ahora he comprendido que no era eso; que no se trataba de un momento de sequía creativa sino la falta de un momento de solitud, que no de soledad, porque son dos cosas distintas.

La solitud es ése momento de intimidad con uno mismo que necesariamente mueve a la reflexión, al contrario de la soledad que es simplemente la ausencia de otros a nuestro alrededor.

La solitud podría definirse con las palabras que empleo Caton para referirse a si mismo:
Nunquam se plus agere quam nihil cum ageret, nunquam minus solum esse quam cum solus esset.

Nunca está un hombre más activo que cuando no hace nada, nunca está menos sólo que cuando está consigo mismo.

Al tener ese momento de solitud caí en la cuenta de que, en efecto, estaba perdiendo ésa vena intelectualoide a partir de la cual he podido expresar mis opiniones y mis reflexiones, pero sobre todo, a partir de la cual puedo entenderme y asumir en mi propia singularidad un tanto complicada y sórdida pero enteramente satisfactoria para mi mismo.

A partir de ése momento las ideas regresaron, emergieron de aquel insondable lugar de mi cerebro al que iban ido a parar, en espera de ser llamadas nuevamente para tomar la forma de palabras y salir al mundo exterior.

Sólo espero tener el tiempo necesario para ponerlas por escrito y compartirlas aquí con quienes tengan la gentileza de leerlas.

Por cierto, un saludo para los fieles seguidores de este espacio, que son pocos pero sectarios.

12 jun. 2009

Y cómo no te voy a querer

Definitivamente este ha sido un buen año para mi alma mater, la Universidad Nacional Autónoma de México. Se ha posicionado como la universidad más importante de Iberoamérica en los rankings mundiales, ganó el campeonato de la primera división del fútbol profesional y recientemente ha sido galardonada con el premio Príncipe de Asturias en Artes y Humanidades.

En otro país que no fuera México, los logros de una universidad pública que se posiciona por encima de prestigiosas y antiguas universidades europeas sería motivo de orgullo nacional. Pero aquí, en esta sacrosanta tierra mesoamericana en la que el culerismo define buena parte del ethos de sus habitantes, la noticia de que la UNAM fue reconocida con un preponderante galardón, ha sido motivo de comentarios de diversa índole, que van desde la simple descalificación de la calidad del premio, hasta la repetición de lugares comunes y la exhibición de la más baja calidad humana y resentimiento social.

Uno de nuestros grandes problemas como nación es la animadversión hacia los logros y el progreso de nuestros propios connacionales, fundado en el simple hecho de que quienes han triunfado y avanzado han sido ellos y no nosotros, aunque en el fondo seamos los mismos. De ahí que se nos dé en forma muy natural la descalificación y el desconocimiento.

Entre vecinos y conocidos es muy común la situación que he descrito un tanto rebuscadamente líneas arriba. Si alguien se compra un auto nuevo o se consigue un mejor puesto de trabajo, inmediatamente adjudicamos su logro a un factor negativo y hasta tratamos de boicotearlo o aprovechamos un momento en la oscuridad para, a escondidas, rayarle el coche o sacarle el aire a las llantas.

Somos muy dados a calificar, o más bien a descalificar, antes que a reconocer con humildad y buena fe los logros de los demás.

Así en el caso del reconocimiento que recibió recientemente la Universidad, ha sido lugar común en los foros de los periódicos de circulación nacional, leer comentarios rijosos en tono de descalificación, particularmente de personas de las que se percibe que su principal pasatiempo es fastidiar a las demás y tratar de alimentar la polarización y el encono.

Pero no es eso lo que quiero comentar en este texto, sino más bien desmentir un poco todos aquellos estereotipos que se han construido en torno a la Universidad y los universitarios; aunque en estricto sentido no merecería la pena hacerlo, pues son los propios hechos los que los desmienten.

Quizá el lugar común más común, válgase el redundar, es que en la Universidad se forman puros agentes subversivos, guerrilleros y huelguistas. Pero la verdad es que en un espacio plural, donde lo esencial es el respeto a la libertad del pensamiento y las ideas de los demás, cada cual es libre de adoptar las ideas que más le plazcan y actuar en consecuencia.

En los años setenta hubieron guerrilleros urbanos, principalmente en Monterrey, que no estudiaron en universidades públicas, sino en aquellas privadas dirigidas por la Compañía de Jesús, como fue el caso de algunos miembros de la Liga 23 de Septiembre.
Cierto, en la Universidad hay profesores que confunden la docencia con el adoctrinamiento y quizá son los responsables de que alumnos con anteojeras ideológicas radicalicen su pensamiento. Pero en un universo de más de 300 mil estudiantes y 18 mil profesores, no representan una cifra significativa. Lo que sucede es que algunos medios de comunicación se han encargado de hacerles más publicidad de la debida.

Luego está el otro lugar común de que los egresados de la Universidad no son contratados por las empresas privadas. Pero eso es absolutamente falso, y para muestra yo mismo. Trabajo en una de las pocas empresas mexicanas privadas verdaderamente transnacionales, con presencia en más de cincuenta países, haciendo análisis político directamente para el cuerpo directivo, integrado por vicepresidentes regionales y la presidencia general.

Lo que es más, soy el único egresado de la UNAM y la diferencia cualitativa con mis compañeros de oficina en cuanto al nivel cultural, capacidad de expresión oral y escrita, destreza analítica y conocimientos profesionales es –modestia aparte- más que evidente; mi perfil es crítico sin ser subjetivo, lo que permite observar algunos matices de la realidad política que ellos ni siquiera identifican y mi conocimiento de algunas de las teorías políticas más importantes me permite tener un panorama mucho más amplio, que me coloca en la posición de ofrecer información sistematizada y puntual para la toma de decisiones que implican cuantificaciones financieras muy importantes. Y para hacerlo no tuve que ir a gastar 1000 dólares en un diplomado en análisis estratégico al Tecnológico de Monterrey.

Otro cliché es que los universitarios somos rijosos y agitadores. Y aquí creo que se confunde precisamente el perfil crítico que la Universidad en tanto nacional, le otorga a todos sus egresados precisamente para que sean capaces de procesar la realidad y generar propuestas de solución a los problemas que la aquejan.

Médicos, ingenieros, odontólogos, actuarios, todos los universitarios de cualquier ámbito de conocimiento somos capaces de hacer lo que otros profesionistas formados en otros centros de estudio no lo son: pensar, usar el cerebro para algo más que aplicar en forma acrítica e instrumental los conocimientos adquiridos.

Cierto, como en todos las esferas de la vida social, en la Univesidad hay tanto buenos como malos estudiantes, profesores y egresados. Ya lo dice la inscripción en la entrada a la Universidad de Salamanca, lo que natura non da, Salamanca non presta; que en castellano quiere decir que la universidad no quita lo pendejo.

Pienso que quienes critican y denuestan a la Universidad no la conocen, no saben cómo funciona, y cuál es su función fundamental, que no es, como se pudiera pensar, impartir conocimiento, sino difundir valores. La esencia de la UNAM es precisamente ésa: difundir la libertad, el respeto, la tolerancia, la lealtad, el compromiso.

Es curioso observar que los críticos más acérrimos de la Universidad se identifican con el Partido Acción Nacional, que a últimas fechas ha mostrado una marcada indiferencia hacia la UNAM debido a que sus actuales cuadros dirigentes y gobernantes se formaron en escuelas privadas. Pero sería bueno hacerles saber que el proyecto liberal en un principio definió a su partido surgió de la Universidad, y para más señas, del rector que logró su plena autonomía: Manuel Gómez Morín.

Con todo, es un gran orgullo y una enorme satisfacción saber que pertenezco a la comunidad universitaria, que tuve la oportunidad de impartir clases en sus aulas y que ahora trato de enaltecer su nombre siempre que la ocasión lo permite.

Simplemente es el orgullo de ser UNAM.

11 jun. 2009

Who wants to be a millionaire?

Supongo que en algún momento de mi formación profesional me volví elitista en cuestiones culturales; o quizá es a mi perfil académico al que quiero culpar por un rasgo que es propio de mi personalidad y que había aguardado durante algún tiempo para poder mostrarse en todo su arrogante y no siempre simpático esplendor. El punto es que desde hace mucho tiempo me volví demasiado exigente en mis gustos cinematográficos.

Cierto, de vez en cuando me gusta pasar un rato agradable mirando alguna película gringa con muchos efectos especiales, presupuestos millonarios, actores famosos y clichés bastante predecibles.

Sin embargo, las más de las veces que se presenta la oportunidad de ir al cine, rentar una película o comprarla en algún puesto callejero, me gusta mirar historias diferentes a los enredos amorosos protagonizados por Sandra Bullock y Hugh Grant, o de los gags cómicos de los hermanos Cohen. Quizá sea por eso que sólo me gusta ir a un cine de la cadena Lumiere en el que proyectan pelis que al común de los mortales le parecen somnolientas. Y también debe ser por eso que cuando voy al Blockbuster tardo demasiado tiempo en escoger un par de títulos de los cuales sólo uno habrá de gustarme.

Esto último es precisamente lo que me ha animado a escribir estas líneas: una buena película.

Sucede que el miércoles por la noche, en previsión de que en la televisión sólo darían el aburrido partido de fútbol México-Trinidad y Tobago, decidí pasarme por el videoclub.

Los títulos que escogí fueron “Sí señor”, protagonizada por Jim Carrey (y desafortunadamente doblada al español por el insufrible Eugenio Derbez); y “Slumdog millionaire” dirigida por el gran Danny Boyle.

Por sentido común decidí poner primero la peli de Jim Carrey, pero a los pocos minutos me pareció demasiado ligera y decidí que sería mejor verla el fin de semana, ya más relajado. Así que decidí poner “Slumdog millionaire”, de la cual ya había escuchado excelentes críticas, pero por alguna razón no me había animado a mirarla en el cine. Sin embargo ahora que la he visto he quedado gratamente satisfecho porque ¡qué gran historia!

Para quienes no la han visto haré una sinopsis muy breve. Es la historia de tres niños musulmanes que viven en Bombai: Salim, Jamal y Latika, quienes pierden a sus padres durante una de las incursiones de grupos extremistas hindúes a los barrios bajos habitados los sunítas, y a partir de ése momento inician una odisea contemporánea que se sucede en los escenarios más paupérrimos de distintas localidades de la India, mientras ellos, los niños, van transitando hacia la juventud.

En el fondo se trata de una historia de amor -diría incluso que de amor auténtico en caso de que tal sentimiento existiese- entre dos de los protagonistas, Jamal y Latika.

Y aunque ése el hilo conductor de toda la trama, lo sorprendente de esta película es la capacidad para transmitir un mensaje tan antiguo como carente de credibilidad en este momento en el que el nihilismo impulsado por la economía de mercado ha pretendido hacernos creer que en lo único que se puede creer –válgase el redundar- es en lo material y tangible que paradójicamente sólo puede proporcionarlo una representación simbólica como lo es el dinero.

El mensaje que transmite Slumdog millionaire es que más allá del dinero, que es tanto más deseable por cuanto permite salir de la miseria, propiciada por un sistema de distribución desigual de los beneficios del libre mercado, aun es posible creer en algo tan intangible, simbólico y espiritual como lo es el amor; pero no sólo en el amor eros, que en tanto relacionado con el deseo también se ha vuelto un producto de consumo, sino también y principalmente del amor filos, el que se surge por un vinculo inmaterial y por tanto irrespresentable, como lo es el amor del hermano (Salim) dispuesto a sacrificarse por la felicidad del otro (Jamal); o como el amor de Jamal por Latika, que permanece latente a pesar de las circunstancias adversas -haciéndonos recordar la famosa premonición paulina presentada en la carta a los corintios, acerca de que el amor todo lo puede, todo lo espera y todo lo soporta- para triunfar al final, permitiendo a los amantes por fin estar juntos.

Embarrada de la suciedad y el hacinamiento de los barrios bajos de Bombay, Slumdog millionaire es un moderno cuento de hadas que a Charles Dickens le hubiera fascinado narrar y a Ismael Rodríguez, legendario director de “Nostoros los pobres”, protagonizada por Pedro Infante, le hubiera provocado un llanto incontenible.

Definitivamente una gran historia, sólo empañada por ése horrible baile grupal con el que se proyectan los créditos en la pantalla al final de la trama, que nos hace rememorar un video ochenteno de Michael Jackson. Pero fuera de eso, es una película ampliamente recomendable que nos conduce de la risa a la angustia y a la ternura de una forma magistral. Y como toda buena historia de amor, nos deja sólo con la imagen idílica de la pareja feliz, obviando los detalles de la realidad cotidiana en la que con el paso del tiempo los amantes devienen en gordos sedentarios, carentes de todo apetito sexual.

En fin, que no le quiero quitar la parte bonita al texto con mis estrambóticas teorías. Hay que mirar Slumdog millionaire a la primera oportunidad, nada más.

8 jun. 2009

Disfrazar la apatía, o de cómo (des)legitimar a las minorías

Habrá quien reconozca su producción literaria como magistral, talvez por genuino gusto y conocimiento de sus enrevesadas y pretensiosas formas sintácticas, y habrá quien lo alabe sólo porque ha recibido un Premio Nobel, el punto es que José Saramago ha vuelta a la palestra política de nuestro país. La primera vez que lo hizo fue cuando le externó sus simpatías al “subcomandante Marcos”, que imbuido en su narcisismo intelectual, no tuvo ni siquiera un mínimo gesto de agradecimiento.

Ahora Saramago vuelve a ser sujeto de menciones en las charlas de sobremesa y en los artículos periodísticos, porque en una de sus novelas -que debo confesar sin ningún dejo de pena o vergüenza que no he leído, porque después de “El Evangelio según Jesucristo” y “La Caverna” terminé aborreciéndolo y considerándolo el Arjona de la literatura; perdónadme ortodoxos, pero eso es lo que pienso y no me arrepiento- hay un llamado al voto en blanco, como una forma de expresar el descontento hacia la degeneración del modelo democrático occidental, o por lo menos eso es lo dice el reseñista que leí esta mañana.

A menos de un mes de las elecciones federales intermedias, en las que se renovará la integración de la Cámara de Diputados, ha cobrado fuerza en los círculos intelectuales y político-partidistas, el debate acerca del voto en blanco; tan ha sido así, que existe una enorme confusión entre el significado del voto en blanco y el voto nulo, que son dos cosas totalmente diferentes.

El voto en blanco es un mecanismo de participación que otorgan algunas legislaciones elctorales para los ciudadanos expresen su desacuerdo o insatisfacción con las opciones políticas existentes, tiene valor estadístico y en ocasiones hasta puede ser determinante para la validez de una elección, aunque esto último sólo se tiene contemplado en la legislación, porque en estricto sentido no ha habido hasta ahora una experiencia en la que el porcentaje de votos en blanco haya sido tan alto como para declarar inválidos unos comicios.

El voto nulo, por otra parte, es resultado de la torpeza del votante al momento de sufragar, o bien, de su desconocimiento acerca de la carencia de validez de un sufragio así emitido.

Un voto se puede anular desde el momento en el que una de las líneas del tache (x) por la opción elegida rebasa el recuadro asignado al logotipo de dicha opción; o bien cuando se escribe una muy sentida mentada de madre hacia algún candidato ocupando todo el espacio de la boleta.

En términos estadísticos el voto nulo no tiene eficacia, precisamente porque es nulo; de manera que para determinar la validez de una elección sólo se cuentan los votos efectivos.

Así las cosas, ¿cuál sería la opción en México de cara a la elección de Julio próximo: anular el voto o votar en blanco?

Desafortunadamente ni la primera ni la segunda, sino todo lo contrario. En México no existe ninguna disposición en la legislación electoral que otorgue validez a los votos en blanco y, estadísticamente, resulta muy difícil diferenciar entre un voto anulado por voluntad propia del elector de uno anulado por su torpeza a la tachar la boleta.

Pero eso sí, votar en blanco o anular el voto dejaría en posibilidad de que quienes definan la elección sean las minorías que acudan a votar por X o Y opción. Y aquí es donde radica el gran riesgo y la irresponsabilidad del llamado a anular el voto, protagonizado por la siempre políticamente correcta e impoluta intelectualité progresista de este maravilloso país de globos, bicicletas, avioncitos que se caen y gripes porcinas.

Anular el voto o votar en blanco es como no haber acudido a votar, y en ése caso, es mejor quedarse en casa para no alterar el estimado de abstención, que rondará por ahí del 60% del padrón electoral.

Y he aquí otra razón más para no hacer caso a ese llamado tan heroico: si de por sí el porcentaje de abstencionismo indica que de cada 10 electores sólo cuatro decidirán, la anulación del voto reduciría aun más esa proporción, sólo tres de 10 electores decidirán por una inmensa mayoría, mientras que uno irá ingenuamente a hacer nada a la casilla; o más si hará algo, acudirá a legitimar a las minorías decidiendo por las enormes mayorías valemadristas.

Lo que menos necesita el país en este momento es un déficit de legitimidad de sus instituciones, que está por encima de los individuos que las hacen operar. Manlio Fabio Beltrones puede ser un mafioso, Peña Nieto un frívolo y Calderón un pelmazo, pero son lo que tenemos y si nos ponemos rigorosos con nosotros mismos, son lo que nos merecemos.

Si vamos a las urnas y votamos por alguno de ellos, así de dientes para afuera, podremos exigirles cuentas, acciones de gobierno eficaces y leyes acordes a la realidad del país. Y ellos, con todo lo poderosos que nos puedan parecer, se verán presionados a rendir cuentas.

Lo más fácil es ponerse la chaqueta de ciudadano digno, informado, ético y responsable, como lo hacen los promotores del voto nulo; pero ¿y después qué? ¿Quien hará la chamba que hacen esos políticos vapuleados? ¿Carmen Aristegui? ¿José Antonio Crespo? ¿Jacobo Zabludovsky? ¿Alejandro Martí?

No lo creo y tan sólo imaginar a Aristegui como secretaria de Gobernación me causa calosfríos.

Así que mientras no haya quien quiera asumir la responsabilidad de actuar políticamente, no hay más que echar mano de lo que tenemos.

Es terrible, lo sé; pero podrá ser pior si no vamos a votar o si anulamos el voto con un muy sentido aunque procaz “Peje, vas y chingas a tu madre”.

6 jun. 2009

Reinvención y cambio de piel

En tanto conjunción de materia y energía que conforma horizontes de sentido hacia los cuales encaminamos nuestra existencia, la vida nos enseña una lección muy importante: ésta es que nada permanece estático, que todo cambia, se transforma.

Los cambios pueden ser graduales o espontáneos según se los quiera ver o según sea la materia sujeta a la transformación. Nacer, crecer y morir es para los hombres un proceso generalmente largo, pero en ocasiones contingente.

La evolución del Universo desde una pequeña concentración de energía hasta la inconmensurable expansión en la que ahora se encuentra, ha sido un proceso que ha requerido una gran cantidad de tiempo desde la perspectiva finita de quienes sólo estamos un poco, casi un instante, existiendo en un pequeño grano de arena que representa nuestro planeta en la inmensidad de formas estelares; pero quizá ha sido precisamente un instante desde otra concepción de la temporalidad.

En un nivel tanto más aterrizado, en el ámbito de la conducta y las costumbres de los hombres y los pueblos, la noción de civilización simplemente no existiría si los conglomerados humanos permanecieran inermes, sujetos y preocupados tan sólo por la satisfacción de las necesidades vitales básicas. Pero como no es así, la vida humana ha evolucionado desde las remotas y toscas figuras antropoides que se refugiaban en las cavernas, siguiendo los impulsos de sus sentidos, hacia personas autoreflexivas, concientes del poder del pensamiento y la palabra, que pueden preguntarse por su origen, misión y destino en el mundo, para descubrir al cabo de un momento de haber iniciado sus elucubraciones, una ley del Cosmos que siempre había estado ahí, aguardando a ser descubierta: que nada se crea ni de destruye, sino sólo se transforma.

En ése contexto se sitúa la decisión de cambiar la imagen de este pequeño y anónimo espacio.

Después de tres años en los que la inconstancia, la fruslería y la fatuidad han sido paradójicamente la constante de este blog, he decidido darle un giro en la imagen y en la medida de lo posible -es decir, en la medida en que la inercia de mi innato estilo corrosivo y arrogante me lo permita- un cambio en el contenido.

En adelante, y esto como reacción a la hambruna de diálogos inteligentes, propiciada por el ambiente social en el que ahora me desenvuelvo profesionalmente, trataré de escribir sobre alguno de esos temas que constituyen los universales de la sociedad humana, como solía decir Norbert Elías.

En lo personal la escritura siempre ha sido una forma de terapia emocional, así como un medio de recreación y placer intelectual; escribo no para buscar un público lector, ni para formar una comunidad o red social, como es el caso de muchas personas que deciden comenzar una bitácora virtual. Escribo más bien porque siento la necesidad de plasmar en letras mis pensamientos y opiniones sobre las personas, las ideas y las cosas que me rodean. Escribo porque me gusta ejercitar mi imaginación mediante la creación de escenas, historias y personajes que pueden vivir, experimentar y expresar emociones diversas. Aunque debo confesar que también escribo para provocar, para llevar la contra y señalar los puntos que por comodidad o conveniencia suelen ignorarse generalmente.

Imaginación y provocación son dos buenos alicientes para la reflexión y la crítica que, además, no me molesta; porque al final ha sido el resultado de un proceso de pensamiento, propiciado por el contenido de mis letras.

Así que esos serán los derroteros de la nueva etapa que a partir de ahora inicio en este blog, que por lo demás seguirá siendo de estupideces sin sentido.

Y como no pretendo convertirme en un ídolo de las masas lectoras (en caso de que existan), seguiré dejando mis palabras sueltas en las aguas de la red, para que sean pescadas sólo por aquellos que por franco interés o mórbida curiosidad se vean motivados a leerlas.

Asimismo seguiré siendo un escribidor malagradecido y ajeno a la dinámica de la lectura-comentario recíproca, que es la base de las redes de escribidores-comentadores de los blogs. Con toda honestidad debo de confesar que mi arrogancia me impide leer otras ideas que no sean las mías, y más aun si aquellas son tanto o más pretenciosas como las que suelo verter en el procesador de textos de mi notebook.

En lo venidero también intentaré ser más constante y publicar uno o dos textos por semana en un día específico, que será martes y/o sábado, para evitar la tentación de escribir sobre las vicisitudes mi vida cotidiana, es decir, de lo insufribles que son algunos sujetos con los que tengo que compartir buena parte del día compadeciendo algunas veces sus limitaciones lingüísticas e intelectuales, otras burlándome abiertamente de ellas sin que los sujetos de marras caigan en la cuenta.

Así pues, espero que este cambio de piel sea el augurio de una nueva época de este blog, que habrá de permanecer tanto tiempo como Google lo considere conveniente.

Un saludo para ti, estimado lector, lectora, que gentilmente has prestado atención a este post. Gracias por tu visita.