27 sep. 2008

Inseguridad

Este texto lo escribí ayer viernes por la noche; pero ya no pude publicarlo sino hasta ahora.


Inseguridad

Antes de comenzar a escribir este post, y así sirve que se me pasa el susto y la muina, quisiera pedirles una disculpa sentida a mis gentiles lectores por el dislate ése que escribí en el post anterior. Es verdad; me traicionaron los traumas de la adolescencia.

Y el hubiera… ¿qué decir del hubiera, además de que no existe?

En fin, una disculpa. No lo vuelvo a hacer.

Y ahora sí, quiero escribir lo que me sucedió hace un rato (son las 8:45 de la noche del viernes 26 de Septiembre).

Resulta que venía llegando tranquilamente del trabajo, decidiendo acerca de mi asistencia a una fiestecita en honor de unos amigos de la Facultad, que aprobaron su examen de grado (a la que sí voy a ir para desestresarme), cuando al dar la vuelta a la esquina de la calle donde se encuentra el edificio en el que vivo, había decenas de patrullas con las torretas y las sirenas encendidas, policías con las armas desenfundadas corriendo de un lado para otro, apuntando en diversas direcciones, gente asustada refugiada debajo de los autos y en el suelo y un helicóptero sobrevolando con la luz de un enorme faro apuntando en diversas direcciones.

Y pues nada, que a unos delincuentes que eran perseguidos por la policía se les ocurrió cortar camino precisamente por la calle en la que vivo, precisamente a la hora en que yo iba llegando a mi casa. Y como se vieron acorralados por todas partes, se les ocurrió la todavía más estúpida idea de enfrentarse a balazos con los policías, escondidos en lo que hace algún tiempo fue una pensión para guardar automóviles, que por fortuna se ubica a unos cien metros del lugar donde yo vivo. Aunque necesariamente tenía que pasar por ahí para poder llegar a casa.

La verdad eso de las persecuciones y los tiroteos entre policías y delincuentes sólo lo había visto en las películas de Joligud, con Bruce Willis o Steven Segal como los héroes que con un solo cargador de su pistola automática, con capacidad para quince balas, podían matar como a cincuenta malosos… pero nunca había estado en medio de uno real, con policías gordos y otros no tanto, que en lugar de proteger primero a los civiles que por accidente estábamos en medio del fuego cruzado, andaban corriendo súper tensos de un lado para otro. Y pues sí me dio miedito porque es bien incierto lo que puede suceder en un momento de crisis. Yo no sabía ni para dónde caminar porque los policías corrían para todos lados gritando y con las armas en las manos. Y mi angustia aumentó todavía más porque para llegar a mi casa tenía que pasar necesariamente por donde estaba todo el borlote.

Y bueno, esto me hace pensar en dos cosas. La primera y la segunda (perdón, pero después del susto estoy revisando que mi sarcasmo no haya sufrido daños). La primera es el grado de descomposición social y violencia al que hemos llegado en México como sociedad. La maldad no tiene cara de un chivo con forma humana, cuernos, pezuñas y ojos rojos. La maldad es banal, ordinaria. Cualquier imbécil que sea objeto de una crisis neurótica puede tomar una pistola y disparar a quien se le ponga en frente.

La maldad son los tipos que roban no ya para poder subsistir y paliar la pobreza, sino para vengarse de una sociedad que les ha dado la espalda; o porque simplemente es su estilo de vida.

De aquí que haya que repensar esa idea estúpida de la pseudo izquierda de este país, que dice que existe la delincuencia porque el maldito sistema económico capitalista y los asquerosos neoliberales que lo operan, son unos facciosos que oprimen al pueblo bueno, el cual ante la cerrazón y carencia de oportunidades, se ve obligado a robar para poder comer. Eso es una completa estupidez. La delincuencia en México, con los niveles de violencia que se presenta, está mucho más allá de cuestiones ideológicas románticas a lo Pepe el Toro. Se trata de un serio problema de descomposición del tejido social.

Los tipos que toman un arma y amagan a un transeúnte o a un automovilista para despojarlo con violencia de sus pertenencias, son auténticos sociópatas. Gente que siente placer al desafiar y someter a la sociedad con sus gritos, su histeria y su irracionalidad.

Ya no hablemos de los que secuestran y cercenan el cuerpo de sus víctimas.

Esos niveles de salvajismo no demuestran más que un gran resentimiento contra los demás, una reafirmación de una personalidad autocrática que ha sido durante mucho tiempo humillada y excluida.

Los tipos que hoy se enfrentaron a tiros con los policías cerca de mi casa, son un reflejo de lo peor de nosotros mismos; porque debemos reconocer que nosotros hemos ayudado en gran medida a hacerlos los sociópatas consumados que nos roban, nos secuestran y nos intimidan.

La otra idea es la de readaptación social. Es decir, en el muy probable caso de que a esos tipos que valiéndoles madre las personas a las que pudieron haber herido o matado mientras huían de los policías, los consignen ante un juez y éste les dicte sentencia condenatoria, ¿cómo se les puede “readaptar” para integrarlos nuevamente a la sociedad? ¿es posible lograrlo?

Mucho me temo que no. Las cárceles en este país son verdaderas universidades del crimen. Un delincuente común puede salir de un reclusorio convertido en un experto secuestrador, o extorsionador, o roba autos Un tipo que siente placer al ser perseguido y saber que puede matar o morir, ya no puede ser reinsertado en la sociedad, porque además la propia sociedad está enferma. Padece una anomia, carece de la idea de legalidad, de civismo. Somos verdaderos animales que cruzamos las calles por la mitad en lugar de hacerlo por las esquinas, que tocamos la bocina del auto ante la menor provocación, que todo el tiempo andamos de mal humor y de prisa, desconfiados y recelosos; somos la sociedad en la que nadie es pendejo, o más bien, en la que nadie acepta su pendejismo porque hacerlo sería tanto como revelar una suerte de debilidad homosexual, y de paso, también somos una sociedad homófoba e intolerante.

En una sociedad como la nuestra es difícil lograr la reinserción de personas dañadas profundamente en su psique; personas que odian con ardor a todos los demás y a si mismos. Personas que buscan la venganza y el desquite, que pretenden someter, asesinar, extorsionar, golpear, amenazar. Personas malditas.

Es por eso que este país cada vez me decepciona más.

Nos está cargando el payaso y nomás no hacemos nada para evitarlo.

Eso es lo más triste.

P.S Durante años la zona en la que vivo fue considerada una de las más seguras de Coyoacán, en el sur de la ciudad. Ahora creo que ya no será así.

24 sep. 2008

Reencuentro

Ya antes había escrito aquí la fobia que le tengo a las bodas; ésos actos de glamour momentáneo, cursilería sofisticada y snobismo rampante.

Las bodas son los eventos sociales idóneos para aparentar lo que se desearía ser y para demostrar lo que realmente se es. Me explico: siempre al inicio de las bodas, durante las ceremonias civil y/o religiosa, todo mundo anda bien portado; las mujeres con el peinado retocado y el maquillaje bien puesto, los hombres con el traje y la corbata impecables. Durante la recepción todo mundo aparenta conocer y dominar las buenas formas en la mesa, y nadie disfruta del banquete porque no sabe con cuál cubierto tomar la carne y con cual el pescado. Impensable prepararse un taco.

Sin embargo, todo ese glamour y toda esa pretendida corrección se van desdibujando en el transcurso de la fiesta, a la par que va aumentando el consumo del alcohol. Ya para el final todo mundo baila el popurrí que incluye “la macarena”, las de “caballo dorado”, la del “asejeré” y otras tantas que tienen sus propios pasos de baile, tanto o más ridículos que la letra de la canción.

Pero no se piense que por el hecho de que no me guste la falsa pretensión imperante en las bodas no me divierto en ellas. Todo lo contrario, me divierto mucho al ver a los más pomadosos subiendo a hacer strip tease en las mesas, a las más fresas bailando pasito duranguense y a los más homófobos dándose mutuamente caricias cachondas al calor de las copas.

Esto lo escribo porque uno más de mis amigos decidió que la mejor forma de arruinar su existencia era contrayendo nupcias con su novia, una maestra de primaria muy simpática y gentil. Y aunque he asistido a muchas bodas, lo que hizo especial mi asistencia a ésta última es el hecho de que mi amistad con Fernando N., el suicida conyugal, se remonta a los años de secundaria. Y lo que me pareció más increíble es que él, que era el más torpe y miedoso para siquiera acercarse a un metro de distancia a una chica, se haya casado con tal seguridad que fue digna de admirarse.

La verdad es que todo hubiera estado muy bien en esa boda si en la recepción no me hubiera reencontrado con un viejo recuerdo que en ese momento se actualizó, me perturbó y me sacó de la mar de tranquilidad en la que hasta el fin de semana pasado transcurría mi vida.

Sucede que imbuido como estaba en la alegría suscitada mi nuevo trabajo, y ocupada mi mente con las múltiples tareas que tengo que realizar, no había tenido tiempo para reflexionar –maldita costumbre mía- sobre el obvio y simple hecho de que no se puede tener todo en la vida. Que cierto aspecto de mi vida personal está vacío y que por primera vez sentí el pueril y ordinario deseo de llenarlo.

Pero ya estoy divagando. Así que mejor regreso al relato del acontecimiento que ha propiciado estas líneas de terapéutico desahogo.

La tarde del sábado anterior volví a verla. Después de tantos años.

Estaba yo tan tranquilo charlando con algunos amigos en mi mesa, cuando súbitamente volví la vista hacia la mesa posterior y mi mirada se encontró con la suya. Fue uno de esos momentos en los que en un sólo segundo la memoria recopila tantos recuerdos que logran escaparse por un brillo momentáneo de los ojos, o por un muy disimulado movimiento de las comisuras de los labios, como si quisieran expresar algo.

Desde ése momento la tarde ya no fue la misma. Ella llevaba a su pequeña hija en los brazos. Es ahora una señora y yo un anticuado moralista. Pero a pesar de ello y sin siquiera saludarnos, seguimos intercambiando miradas; o más bien seguimos mirándonos furtivamente entre descuidos mutuos. Yo la mirada mientras cuidaba que su hija se deslizara lentamente de la resbaladilla, y en un par de ocasiones la sorprendí desviando la mirada justo cuando yo buscaba la de ella.

En una sola ocasión nos encontramos próximos, a escasos centímetros. Sin embargo ninguno de los dos dijo nada. Ni un saludo, ni una mirada. Fue un disimulo bastante ridículo y bochornoso. Yo salí a la terraza a fumar un cigarro, cuando la encontré haciendo lo propio. Estuvimos un par de minutos respirando el mismo aire contaminado por el humo del tabaco. Ella regresó a su mesa y yo a la mía. Supongo que mi expresión era bastante obvia porque mis amigos me preguntaron qué era lo que me pasaba, que estaba muy callado.

Poco después ella se retiró de la fiesta, pero todavía pudimos dirigirnos una última mirada. Una de ésas que son tristes porque llevan implícito el mensaje de la improbabilidad de otro encuentro en al menos un largo, largísimo tiempo.

¿Que si me arrepiento de no haberle hablado? Por supuesto. Pero no fue una cuestión de valor, sino de principios; en otra circunstancia quizá lo hubiera hecho.

Sé que esto a nadie de todos los dos que me leen (Elisa y Juan) le importa. Pero no se preocupen, que lo escribí sólo porque sentí ganas de hacerlo, porque tenía que sacarlo para hallar siquiera un poco de tranquilidad, porque ése reencuentro verdaderamente me turbó. Sobre todo porque me recordó el innegable y objetivo hecho de que mi vida sentimental es miserable, y porque mi delirium tremens me hizo establecer una analogía ridícula y encontrar un parecido con otra idea que permanece aun en mi imaginación. Aunque en realidad pienso que el parecido si es bastante y explica muchas cosas… en fin, que estoy divagando de nuevo.

Mil disculpas a todos mis dos lectores por haberles ocupado valiosos instantes de su tiempo leyendo esta inusual estupidez, impropia de mi carácter flemático y mordaz. Procuraré que en el futuro no vuelva a suceder.

P.S De todo esto hay algo que me hace sentir bien: se nota que ella es feliz.

19 sep. 2008

Tejido social

O del segundo post donde explico el por qué de mi desánimo respecto a este país de globos y bicicletas en el que me tocó vivir.


A falta de conceptos propios, o por deliberada pereza creativa o carencia de imaginación sociológica –como diría Wright Mills- en las ciencias sociales somos muy dados a importar términos y categorías conceptuales de otras disciplinas tanto más respetables, como la física, la biología o la medicina.

El término que pretendo ocupar en este texto está importado precisamente de la medicina, y es el de “tejido” seguido del adjetivo social, que le otorga su explícita connotación sociológica.

En los días recientes, a causa de la histeria colectiva inducida desde los medios de comunicación luego del fatal secuestro del hijo de un importante empresario de la Ciudad de México, ha sido común escuchar que el tejido social está descompuesto y que es preciso subsanarlo.

Sin embargo, ¿qué se entiende por tejido social? ¿qué es el tejido social y por qué se enferma y descompone?

El tejido social está compuesto por todas las unidades básicas de interacción y socialización de los distintos grupos y agregados que componen una sociedad; es decir, por las familias, las comunidades, los símbolos indentitarios, las escuelas, las iglesias y en general las diversas asociaciones.

La célula fundamental del tejido social es la familia; aunque en la hora actual ha sido desacreditada en el debate ideológico por el individualismo posesivo como una institución arcáica y superada por nuevas formas de interacción y socialización.

Después de la familia está la escuela como la institución encargada de reafirmar los valores que se aprenden en el núcleo familiar. Pero también la escuela ha sido atacada y denostada como una entidad conservadora, encargada de reproducir los patrones del orden social.

Una parte de la supuesta intelectualidad de izquierda y también una parte de la derecha más liberal han coincidido en los ataques a la familia y la escuela como instituciones supuestamente contrarias a la total emancipación de los individuos, la cual, lejos de acercarlos a un ejercicio más pleno de la libertad, los aproxima más a otras formas de tiranía sustentadas, como afirma Isaiah Berlín en Dos conceptos de libertad, en la idea de ser uno mismo su propio amo y señor.

El individualismo posesivo que ha perneado en nuestras sociedades se caracteriza precisamente por el debilitamiento de esas instituciones primarias de socialización.

La familia nuclear compuesta por la madre, el padre y los hijos es vista como un anacronismo que debe ser superado por asociaciones fundadas en simples convenios de solidaridad.

Los llamados derechos de cuarta generación, lejos de conservar el carácter universalista del liberalismo (todos los hombres eo ipso los mismos derechos) han acentuado la particularidad de cada grupo social, para que éste promueva los derechos que a su condición deberían de corresponder; lo cual propicia una suerte de atomización de la sociedad en sectores identificados por factores como su orientación sexual, su edad, su origen étnico o racial o sus aptitudes físicas.

Así tenemos un escenario de múltiples grupos sociales demandando el reconocimiento y la garantía de sus derechos por parte del Estado; pero olvidando en forma deliberada o no que la contraparte de un contrato social de esa naturaleza, es la adquisición de ciertas obligaciones.

Asistimos a la exigencia de derechos que de tan pretendidamente progresistas, resultan más bien ridículos. El derecho a una vida sexual y reproductiva plena, el derecho a una infancia feliz, el derecho a una vejez honorable, el derecho a un aire libre de humo de tabaco, el derecho a ver el arcoiris y los unicornios volando en un cielo rosa. Pero a la par asistimos también a la dejación del cumplimiento de las obligaciones; o más bien de la única y bien básica obligación de respetar las leyes.

Y esa obligación debería aprenderse precisamente en la familia y en la escuela; es decir, en las dos instituciones que han sido atacadas y denunciadas como los últimos anclajes a la tradición.

En México, como es evidente, tanto la familia como la escuela son las dos células del tejido social que están crisis y han propiciado la descomposición gradual del conjunto de la sociedad.

No obstante, la situación crítica que atraviesan ambas no es resultado una especie de tendencia natural al declive, sino más bien de diversos factores que han confluido a corroerlas desde sus cimientos.

En el caso de las familias un factor de desintegración ha sido la economía. Desde hace más de tres décadas México ha padecido crisis económicas recurrentes que han impactado en el nivel de crecimiento y la capacidad de desarrollo del país.

En el núcleo familiar las crisis en la economía se han reflejado en el desempleo, el aumento del tiempo de ocio, el desánimo, la depresión y las diversas expresiones de violencia física y psicológica resultantes de la combinación de esos factores.

El aumento en la velocidad del cambio social también ha impactado en la familia, pues las generaciones que nacieron hacia finales de los años setenta fueron las receptoras directas de la revolución digital que ha interconectado regiones completas del mundo en muy poco tiempo.
Las diferencias en la estructura mental y en la capacidad de adaptación al cambio entre esas generaciones y sus padres desembocó en una brecha de incomprensión, o más bien de interpretación diametralmente distinta de un mismo fenómeno social.

La planeación urbana ha sido otro factor que ha influido en el proceso de descomposición del núcleo familiar. México se ha transformado en un país de “cuartitos”, es decir, de espacios de vivienda muy reducidos, uniformes y masificados, en los que los niños se sienten enclaustrados y son obligados a salir a la calle, como es el caso de los “desarrollos habitacionales” de nueva construcción, donde llegan a vivir familias de orígenes sociales diversos y hasta contrapuestos.

Los contenidos de los medios de comunicación también han jugado un papel protagónico; mientras que por un lado promueven la pérdida de respeto por la intimidad, tratan ligeramente temas como la sexualidad, el respeto o la confianza, por el otro se dedican a promover como recurso publicitario un “día de la familia”, patrocinado por empresas y productos que precisamente han cosificado y convertido en un icono a la familia: Coca Cola, Bimbo y otros más.

Por el lado de la escuela la situación parece aterradora. Sobre todo considerando el dato reciente de que 64% de los maestros evaluados en sus conocimientos técnicos reprobaron con calificaciones vergozantes.

Pero de eso escribiré en el siguiente texto, con el objetivo de presentar un análisis de los factores que han propiciado niveles de violencia, desconfianza y desánimo nunca antes vistos en este país.



P.S Muchas gracias a quienes me leen por sus felicitaciones y buenos deseos en esta nueva etapa que he comenzado. Hasta ahora todo me ha ido muy bien y espero que con trabajo y responsabilidad así siga.

18 sep. 2008

Señal de vida

Una disculpa sentida para con mi club de fans, que son pocos pero constantes.
Lo que pasa es que la nueva rutina de trabajo y el trabajo mismo resulta muy absorbente.
Sin embargo espero darme un tiempo para seguir escribiendo, que es uno de los pocos placeres que puedo darme.
Además con el escenario tan compulsivo que hemos padecido en el país necesito un poco de tiempo para asimilar el hecho de que -con todo el respeto para ti y espero que esto no sea causa de un nuevo desencuentro, porque no es mi intención- nos estamos "colombianizando".
Ya sólo falta que nos aparezca el EPR financiado por alguno de los cárteles de la droga.
Lo más grave del asunto es que ni siquiera tenemos algun tiranillo al estilo Hugo Chávez o Augusto Pinochet que llegue con el Ejército a poner orden con la bota en la cara de todos los ciudadanos. Y eso es realmente muy drástico, para a estas alturas del partido realmente ya no lo veo tan malo.
Total, siempre he dicho que el día que a México se lo cargue el payaso, siempre me quedará Belice como opción para pedir asilo político...
Saludos para todos.

8 sep. 2008

Masa crítica

O del primer post en el que explico mi decepción nacionalista; decididamente anti climática considerando el mes que corre.


En la física moderna se le denomina masa crítica las pequeñas cantidades de materia que son capaces de liberar enormes cantidades de energía.

En la sociedad, que alguna vez el positivismo quiso tratar como “física social”, existe algo similar a la masa crítica de la física. Se trata de minorías que han logrado avasallar a las mayorías y que en la hora actual se disputan el país en los distintos ámbitos que lo integran: la economía, la política y la cultura.

En el fondo el enfrentamiento que sostienen esas pequeñas masas críticas es una disputa por el poder; quizá la primera disputa por el poder en México en la que las mayorías solo son espectadoras pasivas -histéricas y aterradas- y no peones sacrificables en la partida utilizados por los jugadores protagónicos, como sucedió en otros tiempos.

Para tener una dimensión numérica de lo que intento expresar hay que considerar que México es un país con 105 millones de habitantes, de los cuales 50.7% son mujeres y 49.3 son hombres.

Del total de la población, 74 millones son personas mayores de 18 años y de éstos, casi 73 millones están inscritos en las listas nominales del IFE; es decir, son ciudadanos que pueden votar en los procesos electorales federales y locales.

Ahora bien, para entender la noción y el problema de las masas críticas que en su disputa de poder están orillando al país al borde de la inestabilidad y la crisis de gobernabilidad, hay que considerar que en el caso del narcotráfico son 500 mil personas las que han puesto en jaque la capacidad del Estado para ejercer su autoridad en la totalidad del territorio nacional, es decir, sólo el 4% del total de la población ha logrado poner en dificultades e inducir miedo e inseguridad al resto de los 104 millones 500 mil habitantes del país.

Y para clarificar aún más la dimensión de problema hay que considerar que la suma del total de efectivos del Ejército y la Marina, que es de 256 mil soldados y marinos –entre tropa, oficialidad y altos mandos- y el total de policías municipales, estatales y federales del país, que ronda alrededor de 400 efectivos; es de es de 656 mil individuos uniformados, armados y organizados (o al menos eso se supone) con la tarea de vigilar el orden público y el cumplimiento de la ley.

Por supuesto que sería una gran ingenuidad ignorar los problemas que corroen a los cuerpos policíacos del país, como la corrupción, la falta de capacitación y las bajas percepciones salariales. Pero aun así resulta bastante preocupante que 500 mil personas avasallen a 656 mil e indirectamente atemoricen a otras 104 millones; sobre todo si se toma en cuenta que, de acuerdo con datos de la Secretaria de la Defensa Nacional, de ese medio millón de personas dedicadas al narcotráfico, sólo 40 mil ocupan posiciones de liderazgo y el resto se dedica a tareas de la cadena de producción, es decir, siembra, transporte y distribución.
Y eso es sólo en el problema del narcotráfico.

En el ámbito económico la situación es aún más dramática, porque son sólo diez hombres los que los que controlan los principales sectores del mercado nacional: telecomunicaciones, infraestructura y construcción, alimentario, financiero y de valores.

De las decisiones que tomen esos individuos depende el rumbo general de la economía y el futuro de 45 millones de personas que integran a la población económicamente activa.

En la política el panorama es muy similar; sobre todo si se toma en cuenta que el 88% de la población se interesa nada o casi nada en política, y sólo el 25%, o sea 2 de cada 10 personas, hablan siempre o casi siempre de política y por tanto tratan de incidir en el curso de los asuntos públicos.

Las masas críticas, entonces, son esas minorías organizadas, cohesionadas y dotadas de objetivos muy claros, que han logrado rebasar al Estado y al resto de la sociedad en su disputa por mayores espacios de poder.

Lo grave del asunto es que quienes toman las decisiones, quienes están al frente del gobierno y quienes supuestamente representan los intereses de la nación en el poder Legislativo, saben en forma pormenorizada de las cifras que aquí apenas mencioné. Y lo decepcionante es que no hacen algo para cambiar ese escenario y sus consecuencias.

En un diagnóstico serio acerca del problema de la inseguridad que esos perversos grupos de la “sociedad civil” se han encargado de difundir histéricamente en los días recientes, se debería considerar el argumento simple y conciso de que 500 mil personas no pueden, no deberían poder, más que los otros 104 millones restantes.

Pero en ése problema también los ciudadanos tenemos gran parte de culpa. Hemos faltado a la cultura de la legalidad, ignoramos qué es eso; de qué se trata.

Nos hemos recreado en la miseria de nuestra cultura de consumo y a fuerza de tantos golpes mediáticos, violencia como forma de entretenimiento y estupidez en los contenidos de los medios de comunicación, hemos terminado por ser indolentes e indiferentes ante la gravedad, la magnitud y la auténtica profundidad de los problemas sociales. Como dice Amin Maalouf, nos conmovemos instantáneamente por todo, para no ocuparnos durablemente de nada. Aquí está en germen de la exclusión y el resentimiento social.

Pero desde luego, quienes promovieron la heroica marcha ciudadana y el todavía más heroico acto de encender una vela en señal de protesta (mientras que los individuos excluidos y resentidos que secuestran, cercenan dedos y pitorrean en su crapulencia sociópata), no consideraron eso: que somos gran parte autores de nuestra propia desgracia.

Me pregunto si no será más significativo y más cívico expresar el malestar producido por la disfuncionalidad y la desarticulación de las instituciones, no asistiendo la noche del 15 de septiembre a las plazas públicas a conmemorar el “grito” de independencia; en lugar de andar portando ridículos listoncitos y playeras blancas.
Ver las plazas desiertas ése día sería una clara muestra del fastidio y la indignación que como sociedad nos invade. Pero no sucederá así. Ésa noche, como lo dicta la norma de la cultura desmadrosa y evasora que nos caracteriza como pueblo; ésa noche iremos a gritar, a emborracharnos y a fingir que no pasa nada y que todo está bien.

Octavio Paz… qué bueno que moriste antes de todo esto.




P.S Tan desafortunada como irresponsable, demagógica, jacobina y fascistoide, la declaración de María Elena Morera, de México Unido contra la Delincuencia, en el sentido de implementar la pena de muerte sólo porque “el pueblo lo pide”. Y yo que pensaba que López Obrador no había dejado escuela.

P.S 2 Hoy comienzo una nueva etapa en mi trayectoria profesional. Nuevos desafíos se perfilan en el horizonte y… ¡simplemente la vida me sonríe!

Como soy medio agnóstico no me gusta andar metiendo a Dios en mis vicisitudes mundanas, producto y responsabilidad exclusiva de mi libre albedrío. Pero si hay alguien a quien debo agradecer este nuevo comienzo, es a Él.

Resulta que me incorporo a la unidad de análisis político y enlace legislativo de una de las compañías mexicanas más importantes a nivel mundial. Y el futuro me pinta bien.

1 sep. 2008

Mes patrio

Ha comenzado Septiembre, el mes en el que, quienes nacimos en México, acostumbramos recrearnos en nuestro chovinismo simplón resumido en la resignada pero siempre consoladora consigna del “¡Viva México cabrones!”; mes en el que conmemoramos nuestras leyendas nacionalistas, cada vez menos creíbles y seductoras ante los ojos y las mentes de las nuevas generaciones de mexicanos, que han perdido la capacidad de asombro y de identificación e integración colectiva, como parte de una nación, y menos aún, de una nación como la mexicana que siempre pierde en los mundiales y en las olimpiadas.



Todavía en mis tiempos de estudiante del sistema básico de educación, bajo la tutela de los últimos gobiernos priístas, parecía verosímil y épica la historia de Juan Escutia, el “niño héroe” que se lanzó envuelto en la bandera nacional desde la torre del alcázar del castillo de Chapultepec -una construcción situada en lo alto de una loma de unos 200 metros de altitud- para evitar que ésta fuese mancillada por los soldados del ejército norteamericano, que habían invadido el país so pretexto del reclamo de una deuda vencida, contraída por el gobierno de Benito Juárez, otro gran icono de la historia patria.

Hoy en día, sin embargo, entre los niños del nivel básico de educación la otrora gesta heroica de Juan Escutia es una tomada de pelo. Un cuento difícil de digerir sin antes haber pasado por elementales cuestionamientos de sentido común. Es que ¿por qué alguien se arrojaría a un acantilado nada más por un pedazo de tela? ¿no era más fácil que la escondiera? ¿o que se echara a correr?

Lo más grave es descubrir, en la otra parte de la historia de los “niños héroes” de Chapultepec, que ahora ya se cuenta, que el acto de autoinmolación de Escutia fue en vano, porque los gringos ganaron la batalla, tomaron el castillo y colocaron su bandera en el alcazar.

En fin, que si he escrito esta breve apostasía nacionalista es porque la ocasión lo amerita. En este mes los mexicanos conmemoramos diversos actos históricos que cristalizaron en la independencia del país respecto a la corona española, a principios del siglo XIX. Desde entonces hasta la fecha han transcurrido 198 años de vida independiente; de los cuales más de 90 nos los hemos pasado enfrascados en confrontaciones intestinas para formar, primero, la nación, un poco después al Estado y sólo hasta el último, un proyecto de nación que ha sido el pretexto para volver a confrontarnos internamente, tratando de definir por la vía de la violencia cuál debería ser el rumbo que tendría que tomar el país mientras que otros países tranquilamente nos han rebasado y nos han dado la vuelta completa.

Producto del lirismo chovinista de quienes escribieron la historia, esto es, de quienes triunfaron en las disputas intestinas; así como de la mala salud de los años avanzados de don Porfirio Díaz (que había nacido un 15 de Septiembre) que le impedían levantarse en la madrugada del día 16, para conmemorar el llamado a la insurrección con el que dio inicio al movimiento independentista el cura Miguel Hidalgo, en el año de 1810, el “grito de independencia” que suelen dar las autoridades constituidas en el balcón de los edificios públicos, tañendo una campana y ondeando la bandera, es un acto festivo, colorido y sí, romántico. Ése día todos los que somos mexicanos gritamos “¡Viva México!”. Pero ése grito nunca antes como ahora carece de todo sentido.

Y aquí voy de aguafiestas y amargoso.

A casi 200 años de vida independiente, en México no tenemos gran cosa que festejar.

Ironía de la vida o maldición de la historia, ahora que logramos arribar a la democracia casi nos quedamos sin nación y el Estado está al filo del colapso. Esto porque el consenso y la fuerza, que son los elementos básicos que definen al Estado como tal, están severamente atrofiados en México. El consenso es muy débil y la fuerza es precaria. La paradoja es que mientras en una democracia quienes determinan la voluntad colectiva son las mayorías, en México éstas son débiles, están dispersas y son indiferentes; situación que es aprovechada por minorías bien organizadas, cohesionadas y con intereses definidos que las han avasallado.

A 200 años de vida independiente no hemos podido salir, como país, de las medianías del desarrollo y de la mediocridad. Somos los del “ya merito”, del “por un pelito de rana” que miran siempre con suspiros de resignación cómo los otros han conseguido en mucho menos tiempo lo que nosotros mismos no hemos conseguido en casi dos siglos.

Pero también somos los de los pretextos y las justificaciones creativas, pues al fin y al cabo “qué tanto es tantito”. Así que este 15 de septiembre, sin importar la supuesta indignación y el hartazgo que se demostró en ése acto tan valeroso y lleno de civismo que fue encender una velita el fin de semana anterior, como una forma de protesta artera y pacífica en contra de la inseguridad y la violencia (Gandhi, muérete de la envidia… perdón, ya estás muerto), seguramente iremos al zócalo de nuestra respectiva localidad, a hacernos una chaqueta mental colectiva gritando orgullosos “¡Viva México!” cuando todos sabemos en realidad que México está enfermo, agotado y extraviado.

Ya en los días siguientes escribiré aquí algunas de las razones que me han traído a este estado de decepción nacionalista; y si es posible trataré de hacerlo como politólogo, es decir, con cierta objetividad y también con cierto estilo aburrido y medio académico.

Así que para los lectores anónimos que hayan sobrevivido a mi prolongada ausencia del mes anterior, que no gusten de complicarse la existencia, ni de pensar en cosas de las que deberían ocuparse otros; así como para los lectores que no sean mexicanos y que les importe un rábano lo que sucede en este país, pues en los días siguientes podrán evitar la visita a esta paginita, que si ordinario no es interesante, lo será aún mucho menos.


P.S O sea, qué onda con McCain. A la gobernadora de Alaska, con todo y que es muy guapa y que tiene porte de actriz porno de Hustler Tv (me han contado, no me consta), no la conocían ni en su casa. Ahora ¿con qué argumento puede decir el papá de Steve Martin que Barack Obama carece de experiencia?

P.S 2 Si alguien fue (en el nombre del cielo) a pedir posada a la marcha en contra de la inseguridad y se sintió herido en su susceptibilidad por mi comentario, le pido una disculpa. Yo no fui; preferí guardarme en casa. No fuera siendo que de regreso me asaltaran en el metro, o me secuestraran al entrar en el edificio donde vivo. Además las pelis de Cinemax
estaban re buenas.

Sólo espero que ése mismo alguien realmente sea un ciudadano de tiempo completo y no sólo de ocasión, de ésos que a falta de tiempo para asistir a las marchas de los sindicatos –que siempre son en horas laborales- aprovechan la ocasión para ir a dar un paseo por Reforma y avenida Juárez.