30 jun. 2008

Teología natural

Es un perfeccionista, dijo el teólogo. De lo contrario, argumentó, no habría creado el mal, ni la fealdad, ni a los teólogos que encuentran en la imperfección, la perfección de Dios.


Marcial Fernández, Laberinto, 28/VI/2008.

27 jun. 2008

La imagen del día

Se trata más bien de la caricatura del día; salió publicada en Milenio Diario, y es muy recomendable leer la nota completa, porque está muy buena.






Si sorprende a un elemento que está hablando por radio en una patrulla en movimiento, con el cinturón desabrochado y la placa cepillada para que no lo ubiquen, oríllelo a la orilla y pídale su certificado de vacunación contra la rabia. Si el infractor no cuenta con el documento propóngale una salida buena, bonita, pero no barata.

El autobús

No sé si al respetable que eventualmente lee los dislates que aquí aparecen, le haya pasado alguna vez. Aunque lo más seguro es que sí: tararear todo el día la primera canción que se escuchó por la mañana de camino al trabajo.

Con esto de las lluvias vespertinas, y con el pésimo antecedente de haber tenido que padecer el bloqueo del cruce de Eje Central, División del Norte y Río Churubusco la tarde de ayer, por un grupo de unos veinte gatos dizque deportistas que no sé qué cosa reclamaban acerca de Ana Guevara, tomé la decisión de utilizar el siempre popular, democrático, cardiaco y adrenalítico “pesero”, pa’ venir a hacerme güey a la Facultad, quesque a trabajar. Aunque la verdad, a parte de jugar Solitario y leer los diarios, no hago absolutamente nada de provecho, porque ya estamos a punto de irnos de vacaciones.

El punto es que hace rato que me subí al microbús, el chofe traía un disco de pasito duranguense, que dicho sea de paso es un ritmo que me jode ver cuando lo bailan, porque parece o que los atropellaron y se levantaron todos desorientados, o padecen un estado de poliomielitis avanzado. Decía, pues, que el chof traía su disco de ese tipo de música. Y no sé por qué, pero desde hace un rato traigo atravesada la estrofa ésa de: “voy en el autobús/con rumbo a la ciudad/ mi corazón va lleno/ de pura felicidad…”.

La net de la nat, y muy, pero muy en el fondo, debo reconocer que me gustó esa jodida canción, y a modo de justificación de mi resbalón populoso, diré que la letra me parece una clara muestra del sentimentalismo costumbrista de este país. Relata una situación que bien podría ser el guión para el comercial de verano de Coca Cola, Pepsi o Sabritas: un tipo que va en el autobús, de noche, con rumbo a X ciudad, para encontrarse con su chava a la que, la letra hace suponerlo, hace mucho tiempo que no ve. De ahí que vaya muy contento, lleno de optimismo y bien ganoso.

Aunque también puede ser la historia de un ciber amor -de ésos que ya pasaron de moda, pero que todavía se dan como casos aislados entre los pobres ingenuos y desesperados que creen en los cuentos de hadas- que por fin, después de tantas vicisitudes superará la barrera de la distancia y la inmaterialidad; para descubrir, al cabo de un instante, que nada es lo que era.

Y bueno, para hacer más complicada la cosa y lavar mi desliz, se puede decir que la letra de esa canción denota claramente la toponomía del amor… ¡zas! a ver, perensen, nomás termino de asimilar esta payasada…

… ya; la toponomía del amor, en un lenguaje derridiano-deleuzesco-viriloso, sería algo así como la ubicación iterativa del sentimiento amoroso, que en su inefabilidad se asemeja a la economía de la gracia, en caso de que tal términajo sea una traducción adecuada de “the economy of gift”. O sea que se refiere al hecho de que lo que se conoce como amor, que se puede sentir pero que no se puede comunicar en su justa sensibilidad nouménica, tiene materialidad, y esa materialidad alberga la espiritualidad en la que se experimenta como lo numinoso inefable, que de esta forma adquiere una dimensión transontológica… pa acabar pronto, que son el pinche autobús y el celular, que timbra con tono de mensaje, las partes del mundo material que expresan la euforia afectiva del güey ése que va a encontrar a su chava en la sala de espera.

P.S La verdad no entiendo por qué a un tema local que debería de estar en las páginas de información policiaca o en los diarios de nota roja, se le ha dado una proyección nacional inusitada; me refiero al caso de las 12 personas muertas por asfixia durante un operativo para clausurar giros negros en una delegación del DF. Digo, Marcelo Ebrard me cae como patada de mula, y Joel Ortega parece el hermano mayor de Arath de la Torre, pero pienso que hasta ahora han hecho bien su trabajo, como para que se les quiera golpear política y mediáticamente de esa forma, con un caso que de no haber sucedido en la Ciudad de México hubiera pasado desapercibido.

23 jun. 2008

Mea culpa

Lo reconozco sin miramientos: he sido un mal lector y visitante de blogs.

Por fin, después de año y medio de haber creado esta (nada) humilde atalaya de futilidades y asuntos sin importancia, he decidido emprender un blogtour sin desfallecer en el intento.

Y es que en las ocasiones anteriores, conciente de que la dinámica de la popularidad en Blogspot consiste en leer y ser leído, había intentado leer lo que se publicaba en otros espacios para ver si así yo también me volvía una luminaria del ambiente blogeril. Pero no sé si era la Fatalidad o la Contingencia, o las dos juntas, las que me robaban los ánimos durante los primeros minutos de lectura.

Cuando no me encontraba con espacios donde el propietario(a) escribía como reportero de la revista “ERES” –en caso de que todavía exista- o de “Veintitantos” -ésta sí existe- pretendiendo pasar como el mismísimo espíritu de lo super cool o superbuenaondaoseasimeentiendeswey, bajado del cielo de los "tests para saber si te ama" y los "diez puntos básicos del sexo mega fantástico" ke t va a enkantar, para convivir entre los simples y ordinarios mortales; me encontraba con espacios de pretenciosa introspección filosófica al peor estilo de la escuela arjoniana de Guatemala (¿o era Guatepior?); o bien, con aprendices de Alfred Musset que dedicaban todos sus escritos a su George Sand; o mal, con blogs temáticos bien serios que me hacían sentir un vil Pepillo Origel escribiendo puras sandeces.

También estuvieron los casos excepcionales de blogs, en los que sus propietarios escribían con mucha soltura y naturalidad acerca de su cotidiano vivir, o de sus traumas, miedos, proyectos, anhelos, frustraciones, aspiraciones, desafíos, metas, sinsabores, decepciones, similares y conexos; en los cuales, obstante, no escribía comentarios porque de ordinario recibían muchos.

Sin embargo, en esta ocasión decidí darme la oportunidad de deambular nuevamente por los inescrutables caminos de la blogósfera (qué nombre tan más irritante, pero ni pecz, así se le conoce a esto y me chingo) para ver si encontraba algo que valiera la pena.

Después de mentalizarme como dos días enteros acerca de que no sería una pérdida de tiempo que bien podría emplear en algo más productivo y trascendental, como ver “Fuego en la sangre”, leer mi TvNotas (o Proceso, que pa’l caso es lo mismo) o mirar a las chiquitasmamás que han estado pasando en las transmisiones de la Eurocopa, me armé de valor, de mi cafetera al tope y me zambullí en las negras aguas de las bitácoras electrónicas personales, o seáse, de los bló’s. (Me preocupa descubrir que siento cierto placer maligno al escribir como Jairo Calixto Albarrán o Rafael Tonatiuh).

Pero no lo hice a lo güey. Esta vez me guié por los vínculos que hay en la información del perfil, acerca de las películas y libros favoritos de cada quien. Resulta que cuando se le da click al título de un libro o película específica, se despliega la lista de personas que tienen ese mismo título en su perfil, y pues ya está: de esa manera se puede saber quién es igual de ñero o elitista que uno mismo.

Así fue como llegué a dos o tres buenos blogs de los cuales no me acuerdo de los nombres, pero que están entretenidos, son auténticos y si bien tienen dos que tres errores de sintaxis y estilo, se nota que por lo menos se esfuerzan por usar con un mínimo de decencia el idioma.

Ya a ver si en los próximos días pongo los links en mi lista de sitios para visitar, a fin de que todos mis tres asiduos lectores (Elisa, a quien por cierto le mando un saludo; Mauro, mi colega y mejor crítico, y Luis, que hace un rato que ha venido, pero que sé que es constante), puedan darse una vuelta y recrearse con lo que ahí se publica.

Y bueno, aunque este espacio lo he mantenido por puro placer y no he hecho lo necesario para difundir su existencia, debo reconocer que al emprender mi blogtour de esta ocasión, lo que he buscado es incrementar de 3 a 5 mi club de fans. Ya con esos me sentiré todo un gurú. Aunque la verdad no será fácil, porque además de inconstante soy multi temático, mi estilo es medio mamón unas veces, medio mamón otras y medio mamón, oscuro, complejo, arrogante y pretencioso otras más; motivo por el cual desde ya me disculpo. Es que a la hora de aprender a escribir nadie me enseñó la franciscana humildad para disimular mi inteligencia mordaz y socarrona.


P.S En estos días he tenido el sospechosismo de que los recuerdos son cíclicos; que una temporada se sumergen hasta casi perderse en el fondo de la memoria, pero luego emergen, lentamente, hasta instalarse por una temporada en el presente fastidiándonos la vida por un rato.

20 jun. 2008

Pregunta

¿Quién demonios es Alizee?

La verdad me da flojera utilizar el Google para averiguarlo.

P.S Gracias, Presidente Calderón, por mantener congelados los precios de los chicles, cacahuates, mueganos, garapiñados, chiles en vinagre, atunes en lata, leches en polvos, changos zamoranos (o eran chongos). Pero sobre todo, gracias por mantener en 4 pesos el precio de las sopas Maruchan, que en estos tiempos de carestia es el alimento preferido del honorable populacho jodido y apestoso entre el cual, reivindicando mi cuna de cartón, me incluyo yo.

Lo que sí no le perdonaríamos, y más le vale que comience a nagociarlo con FEMSA, es que suban el precio de la Coca-Cola; o sea, nos pueden subir todo lo demás, pero la Coca, ¡nuncamente!

P.S 2 Malditos tests psicológicos, cómo me fastidian. Ayer por la tarde mi amiga Erika Rivera -psicóloga de profesión- me aplicó uno en el que tenía que relacionar colores con personas y acontecimientos.

Me dio mucha risa cuando el resultado de haber asociado el color amarillo a cierta persona, fue que se trataba de alguien con quien había tenido vínculos afectivos tan fuertes, que habrían de durar toda mi vida. Por supuesto que me pareció una conjetura demasiado determinante y apresurada, pero ¿realmente será cierto? ¿y si la hubiese relacionado con el color rojo, o el azul, o el negro? ¿es posible no olvidar algo que nunca se conoció; o perder algo que nunca se tuvo? Chale, arjoneandodivagando, qué mal rollo.

17 jun. 2008

¿Gentilicio? III

Prometo que esta será, ahora sí, la última parte de este post que ya se ha prolongado demasiado. Pero es que como ya lo había mencionado, desde hacía algún tiempo quería escribir acerca del tema, pero por cuestiones de chamba no lo había hecho.

En esta ocasión sólo queda por dilucidar las posibles razones por las cuales los defeños que visitamos los distintos estados de la república no somos bien recibidos; la intolerancia xenófoba que en ocasiones esto llega a generar; y finalmente, el caso contrario, de los recibimientos tan amables y gentiles que llegan a confundir.

En el primer caso, pienso que son muchos los factores que han propiciado y desafortunadamente han sustentado la frase aquella de “pinches chilangos, por eso nadie los quiere”. Aunque al final, y por muy chimultrofioso que pueda parecer, pienso que es como todo; porque hay cosas que ni qué. O sea que el trato que se recibe es un reflejo del trato que se da. ¿Tengo no o no tengo razón?

Pero más allá de ese enrevesado aforismo popular, están los hechos objetivos. El primero de ellos es la actitud prepotente que algunos defeños muestran al llegar a una ciudad o localidad del interior de la república. No sé qué tumor maligno tienen en la cabeza, que les hace pensar que se merecen toda la atención y las cortesías por el sólo hecho de vivir en una ciudad que en su mayor parte es mugrosa, caótica, insegura y ruidosa. Y por si alguien que no haya leído las dos partes anteriores de este texto llegase a pensar que soy un resentidazo “provinciano”, pues sépase que nuncamente. Es sólo una cuestión de honestidá, no sé si valiente o no, pero honestidá al fin, para reconocer lo que es evidente.

Otro hecho objetivo es el carácter chingativo que algunos paisanos defeños adoptan al momento de hacer un trato comercial con otras personas. Aunque esta característica se diría que es más bien general, y lo mismo se puede encontrar en un poblano, que en un veracruzano o un queretano. La crapulencia no es coto exclusivo de ningún enclave geográfico o cultural específico. Pero por alguna razón, mucha gente la asocia exclusivamente con los habitantes del Distrito Federal, y en lo personal he constatado que sí hay cada vivales dispuesto a estafar al que se deje.

La imagen que los medios de comunicación han ayudado a construir en el imaginario colectivo de los habitantes de otros estados del país, respecto a que la Ciudad de México es absolutamente insegura, es otro de los factores que ha contribuido a generar una mala imagen de los defeños.




La ciudad de la esperanza... de que nos pase esto

No es tan común, pero nunca falta el comentario pesado que aconseja cuidarse los bolsillos cuando haya un “chilango” cerca. En lo personal esto sí me fastidia, porque además de denotar mala fe, exhibe el carácter cerrado e ignorante de quienes se dejan guiar por los prejuicios.

Por otra parte, hay reconocer que hay cierto tipo de defeños que con todo y la apertura a la diversidad y la disposición al aprendizaje de los hábitos y las practicas culturales de los demás grupos sociales, nomás no nos simpatizan. Y aquí talvez sí me vea medio mamón y elitista, pero en lo personal tolero sólo de dientes para afuera a los personajes estrafalarios, gandallas y mala leche de zonas harto populares como Iztapalapa.

... bueno, la imagen habla por si sola.



Su desparpajo, su acento exagerado combinado con su jerga de barriada y su estridencia, son en si mismos fuentes de irritación entre propios y extraños.

Sin ánimo de estigmatizar, pero tampoco con la pretensión de ser políticamente correcto, pienso que son este tipo de personajes los que han contribuido directa aunque quizá involuntariamente, a la construcción del estereotipo del chilango cuando, estando en algún balneario o parque natural al que llegaron en un viaje de excursión, comienzan a propinarse sendas madrizas ya pasados de copas, mientras sus histéricas mujeres intentan desapártalos.

Aunque también hay otros personajes insufribles como las barbies britanies de unidades habitacionales, que con su falso esnobismo intentan impresionar a los ingenuos que conocen en la discoteca local, cuando visitan alguna localidad del país donde, curiosamente, nacieron su papá o su mamá y donde viven sus abuelos o sus tíos.

He aquí la inspiración de las barbies britanies.


Por supuesto que todos los argumentos que esgrimen esas chicas chic son total y absolutamente falsos, además de risibles. Sin detenerme a explicar cómo es que lo sé, diré que en cierta ocasión escuché la comparación que una de estas niñas “fresas” hacía entre la Ciudad de México y el lugar en el que se encontraba vacacionando. Según ella, el lugar en el que se encontraba era muy aburrido porque todo transcurría muy lento y nunca pasaba nada interesante. Además de que no había muchos sitios donde “divertirse” y no podía hablar de los temas que le interesaban con las personas de ese lugar.

A reserva de que fuese una mujer con un trabajo demandante, con un profundo interés por las actividades culturales, que le impulsara a visitar por voluntad propia los museos, las muestras y las exposiciones de la ciudad; además de que contase con los medios suficientes para pagar por espectáculos y entretenimientos de calidad, es muy posible que sus razones fuesen atinadas.

Pero sucedía que era una chica de unos 20 años, que no conocía ni siquiera el museo de antropología -que es, o era, de visita obligada cuando se estaba en la escuela primaria- y vivía es una colonia X que ni siquiera figuraba como un foco de alta incidencia delictiva.

Y es que la verdad es que si mira con lente sociológico, la vida en la ciudad reproduce la misma rutina que la vida en una pequeña localidad: la gente tiene que salir a trabajar, tiene que socializar con otra gente, tiene que enemistarse y hablar mal de otra gente, tiene que regresar a su casa, tiene que encender el televisor y tiene que entretenerse mirando los mismos programas de espectáculos que mira la demás gente, en los que se exhibe sin el menor pudor la miseria humana de otras personas con pocos escrúpulos. O sea, no existen diferencias sustanciales.

Que la vida en la ciudad es más rápida, es verdad. Pero lo es por la sencilla razón de que los servicios esenciales, como el transporte y las vialidades son insuficientes, deplorables e ineficientes. Si se quiere llegar a tiempo de un lugar a otro, no hay más alternativa que moverse rápido.

Que en los pueblos nunca pasa nada interesante, es falso. Se trata de una percepción de quién no se ha habituado a la dinámica del lugar y no está enterado de lo que ahí sucede. De lo contrario, habría que preguntarles a los habitantes de los municipios de Sinaloa, Durango o Chihuahua si las balazeras y los enfrentamientos entre policías y narcotraficantes no les parecen “interesantes” o estresantes.

Que en la ciudad suceden muchas cosas y hay muchos lugares para divertirse, es cierto. Pero si tales cosas pasan no es porque las personas sean de ánimo revoltoso y jodedor, o porque un día sí u otro también, se levanten con el ánimo de hacer una marcha, bloquear una avenida, asaltar un banco o tomar una tribuna legislativa. La dinámica de las ciudades se explica precisamente por su magnitud y por factores como la concentración de oficinas públicas, corporativos financieros, industrias y servicios.

En cuanto a la diversidad de lugares para el entretenimiento, es verdad: los hay para todos los gustos y tendencias. El problema es que no todas las personas cuentan con los medios económicos y logísticos para aprovecharlos. Por ejemplo, el costo del boleto para un concierto puede variar entre los 500 y los 3000 pesos. Una cena en un lugar con música en vivo oscila entre los 600 y 1500 pesos por pareja, en un lugar más o menos aceptable. Además de que tanto los conciertos como las cenas -y en general todos los eventos- tienen lugar en un horario nocturno, lo que implica tener automóvil, pagar un taxi o ser muy valiente y utilizar el metro, el camión colectivo o regresar caminando, con el consabido riesgo de sufrir un asalto.

Así que como se puede observar hay muchas formas de rebatir el pretendido cosmopolitismo de los defeños insufribles.

Finalmente queda por mirar el lado opuesto de la moneda, que también ha contribuido a la exacerbación de la falsa importancia que se dan muchos capitalinos cuando visitan el interior de la república.

Me ha tocado observar a personas que con el simple hecho de saber que el otro vive en el Distrito Federal, lo tratan como si hubiese llegado del futuro, e incluso presumen con cierto garbo a sus amigos de “la capital”.

La verdad es que si todos aprendiéramos a tratarnos con cortesía, dejando de lado nuestros prejuicios e ideas preconcebidas acerca de los demás, para disponernos a tratarlos como iguales, no habría razón de ser para los apodos y gentilicios xenófobos; ni mucho menos para frases tan amargas como la de “haz patria, mata un chilango”; o su contraparte arrogante “haz patria, educa a un provinciano”, o aquellas de tipo discriminatorio como la de “pinches chilangos, por eso nadie los quiere”.

Lo que es más, si supiese que al decirme “chilango” la mayoría de las personas lo hicieran con la naturalidad con la que dicen “argentino” (bueno, creo que este no es precisamente el ejemplo más apropiado, pero se vale), o español, o yucateco, no tendría problema; incluso hasta me asumiría como orgullosamente chilango, haciendo gala de mi localismo cerril y aldeano. Pero el problema es que cuando se enuncia ese supuesto gentilicio, es imposible no advertir el dejo de ironía, conmiseración o hasta resentimiento que todavía se le imprime.




P.S Por lo demás, cuando la paciencia se acaba o cuando el humor con el que se recibe la palabreja no es precisamente el más bonachón, debo de confesar que también me pongo rudo y respondo con un airado “agrícola” a quien me quiere fastidiar.

P.S 2. Ahora que pensaba en esto de los gentilicios me surgieron serias dudas acerca de la forma del gentilicio de los habitantes de Kuala Lumpur, o de Sri Lanka, o de la capital de Burkina Faso: Uagadugú; o para no ir tan lejos, el de los habitantes de Angangueo, Ecuandureo o Angamacutiro, Michoacán.

P.S 3 En estos días he visitado algunos blogs sin desfallecer de aburrimiento en el intento, y he encontrado algunos interesantes. Ya después escribiré sobre esto.

P.S 4 Interesante y curioso que el mega Dr. Agustín Cartens sugiera eliminar el subsidio a la gasolina, bajar las tasas de interés y contener la escalada inflacionaria. Todo ello al mismo tiempo.

12 jun. 2008

¿Gentilicio? II

Antes de continuar con mi elucubración acerca del infausto gentilicio que nos quieren imponer a los habitantes de la Ciudad de México, y del Distrito Federal en general, quisiera aclarar que yo no soy, o cuando menos evito serlo concientemente, del tipo de defeños insufribles que cuando van a algún otro estado del país hacen su mejor esfuerzo por caerle mal a toda la gente.


En la medida en que he aprendido que el respeto precisa de la abierta disposición al entendimiento y la comprensión, siempre que visito otro estado me doy a la tarea de observar, conocer y aprender. En otras palabras, trato de aplicar la máxima de los viajeros: al lugar que fueres… aunque en algunas ocasiones el acento delata.


Lo que es más, detesto el uso de esa palabreja descortés que es “provincia”, para referirme a los demás estados de la república; en su lugar prefiero la palabra “interior”, aunque también tiene sus asegunes. Y esto es así tanto por mi innata inclinación a llevar la contra, como por la obligación que me impone el conocimiento profesional de los tipos de divisiones político-administrativas en que suelen adoptar los países. Esto es, que si México fuese un Estado unitario y central, un imperio o un reinado, entonces sí cabría la posibilidad de llamarle “provincia” a los departamentos administrativos; pero sucede que constitucionalmente México es una república federal, compuesta por estados libres y soberanos en su régimen interno. Así que acá la provincia sólo existe en la mente los provincianos que así quieren ver al país.


Hecha la aclaración, regreso a mi fumada acerca del pretendido cosmopolitismo chilango, que tanto fastidia a las personas sensatas no sólo de otros estados de la república, sino también del propio Distrito Federal.


A reserva de lo que dicen los filólogos y lingüistas acerca de que si el origen de la palabra chilango es la voz maya “xhilan”, que denotaba la rebeldía del cabello de los habitantes del centro del país, o una cosa por estilo, pienso que la construcción del significado sociológico de la palabra, referente al habitante de otro estado del país que llega a residir a la Ciudad de México, tuvo su origen hacia las décadas de los cuarenta y cincuenta del siglo pasado, cuando el modelo de desarrollo económico impulsado por los gobiernos posrevolucionarios se propuso como objetivo la modernización y la urbanización del país.

Avenida Reforma, 1949



En ese periodo se registró un aumento importante de emigración desde las zonas rurales hacia las ciudades y centro urbanos del país, siendo la Ciudad de México el destino principal por diversas razones, entre las cuales sobresalían su rápido crecimiento industrial, su consolidación como el centro cultural del país y su imagen -un tanto retocada- de plataforma de movilidad social y oportunidades.


Nada menos que la pujante industria cinematográfica de la época fue la encargada no sólo de construir los clichés que todavía hoy pesan como estigmas en nuestra cultura, sino también de difundir esa imagen de urbanidad, cosmopolitismo y oportunidades de desarrollo que el régimen quería proyectar tanto al exterior del país como al interior, a fin de alardear de los presuntos cambios vertiginosos que la revolución institucionalizada traía consigo.


En ése contexto, la realidad de la migración hacia la ciudad era muy distinta de la que proyectaban filmes como “También de dolor se canta” y más parecida a la proyectada de manera muy cruda en “Los olvidados”. Además de que en estricto sentido, “la capital” estaba conformada por unos cuántos kilómetros de construcciones y vialidades no siempre ordenadas y bien planeadas, que rodeaban el centro histórico.


Los recién llegados –campesinos, obreros y jóvenes estudiantes- se establecían en los pueblos aledaños, como La Villa, Coyoacán, San Ángel o La Candelaria. En el transcurso de su cotidiana interacción entre lo urbano y lo rural, éstos nuevos habitantes fueron desarrollando pautas culturales propias que, como siempre sucede en estos casos, se reflejaron en la indumentaria, el vocabulario y la música. No eran propiamente citadinos, pero tampoco provincianos (aquí cabe el uso de la palabreja sólo como antónimo).


En ése contexto surgió el “pelado”, que sociológicamente es el antecedente directo del “chilango”. El pelado, como bien lo describió don Samuel Ramos (y después el insoportable Octavio Paz), era el individuo que vivía en los márgenes de la ciudad, una especie de paria conciente de su situación y por tanto propenso al resentimiento y la sorna.


Otra vez fue el cine el que se encargó de proyectar y estereotipar la imagen del pelado, unas veces como un hombre bueno que sabía enfrentar estoicamente las adversidades (Pepé el Toro) y, las más, como un vividor y revoltoso pero simpático (Cantinflas, Tin Tan, Clavillazo, y el colmo del mal gusto llevado al paroxismo: Resortes).

Tin Tan, el prototipo del pelado


Sin embargo, el pelado de la vida real era un tipo mucho más peligroso: misógino, grosero, resentido, pendenciero e intolerante.

Chilangus erectus


Como siempre sucede en la dinámica de la exclusión y la discriminación, el excluído y discriminado busca a alguien de condición inferior a la suya para canalizar el resentimiento y la animadversión desarrollada hacia su verdugo cultural.

Así pues, el pelado vio en los habitantes del interior del país el blanco de su desquite. De aquí motes tan despectivos como “pueblerinos”, “marías” o “indios”, que aún ahora suelen emplear algunos imbéciles. Y de aquí también los indicios del pretendido cosmopolitismo del chilango.

Por lo demás, es muy posible que en términos culturales el tránsito del pelado al chilango haya tenido lugar hacia los años setenta, cuando el crecimiento de la ciudad había absorbido a los otrora pueblos aledaños, y el crecimiento económico sostenido que durante las décadas anteriores había registrado el país, se reflejaba en proyectos de urbanización como las nuevas líneas del metro, las vialidades “rápidas” y los nuevos edificios públicos.

Esta imagen de una ciudad, quizá la única ciudad latinoamericana, pujante y en constante desarrollo, propició el surgimiento de la idea del cosmopolitismo; aunque ya hacia los años cincuenta Carlos Fuentes la había descrito en la única novela decente que ha escrito en toda su vida: La región más transparente.


No obstante, bien mirado, ése supuesto cosmopolitismo no ha sido otra cosa que un asombro provinciano disfrazado de sofistificación. Y esto ha sido así porque, con el perdón de apocalípticos e integrados, México, el país, la ciudad, desde siempre ha sido un gran pueblotote, y sus habitantes todos (aquí por supuesto que me incluyo yo) unos pueblerinos. O para que no se vea tan feo y un poco a modo de consuelo, hemos pasado de ser el pintoresco Cuautitlán que tanto impresionó en su momento a la Güera Rodríguez, a un rancho electrónico con Walmarts y Mc Donalds.

No importa el nivel de desarrollo económico o político; ni el avance cultural propiciado por las elites intelectuales. Nada de eso vuelve a un país cosmopolita si la estructura mental de la mayoría de sus habitantes sigue siendo localista, cerrada, intolerante y conservadora.

En la Ciudad de México esa estructura mental prevalece en todos los estratos sociales; nada menos que entre la así etiquetada “alta sociedad” todos sus miembros se pueden reconocer por apellidos, orígenes y acuerdos oligárquicos, como las bodas por conveniencia, que por lo demás eran práctica común entre los hacendados y los comerciantes desde la época de la Colonia, como lo demostró David Brading en uno de sus estudios.

Así que como se puede observar “lo chilango” como forma de vida no es, ni ha sido como erróneamente han pretendido hacérnoslo creer, coto exclusivo de las clases sociales populares.

En fin, que pa la otra prometo ahora sí terminar con esta bagatela pseudo analítica. Por ahora hasta aquí llego. Me voy a preparar un cafecito porque el día lo amerita.

10 jun. 2008

¿Gentilicio?

Debo comenzar por reconocer que la tolerancia no es precisamente una de mis cualidades más preciadas, ni tampoco una de las que más me esmero en cultivar. Tolerar, como ya lo he escrito por acá, es casi soportar a la fuerza algo que de ordinario y en la esfera privada resulta difícilmente soportable.

A la tolerancia como valor antepongo el respeto, porque éste siempre resulta de la disposición al aprendizaje y la comprensión mutua. Se respeta sólo aquello que se ha ganado tal actitud después de haber propiciado las condiciones para su reconocimiento y eventual entendimiento. De aquí que el respeto sea más difícil de obtener que la tolerancia, que es casi lo mismo que la indiferencia.

Pues bien, esta breve prédica de civismo de secundaria viene a cuento porque voy a escribir acerca de un tema al que ya le traía ganas desde unas semanas atrás, cuando me saltó repentinamente mientras evaluaba mis posibilidades de aplicar el consejo de Frédéric Beigbeder acerca de la reducción de las distancias en una fiesta. (Y bueno, de esto último dejaré que sea el propio Beigbeder quien amplíe la explicación al final de este texto).

Resulta que omitiendo eventualmente mi sagrado ritual de los fines de semana, consistente en encerrarme en casa para mirar películas y comer quesadillas, tacos o tortas, decidí asistir a la fiesta que había organizado uno de mis amigos en ocasión del cumpleaños de su novia.

Quienes entre todos mis tres lectores son asiduos a las fiestas y/o reuniones sociales, ya saben cuál es la dinámica: uno llega al lugar, acepta una copa o una cerveza, comienza a charlar con los conocidos y a mirar de reojo a las chicas guapas; o bien, si es que se llega acompañado, de todos modos hay miradas discretas a las chicas guapas y suspiros de resignación…

Como sea, el punto es que yo llegué solo, acepté una cerveza, comencé a platicar con algunos conocidos y miré a una chica chic que tenía unos ojos simplemente encantadores. Después de algún tiempo me animé a acercarme donde ella para platicar. Y ya desde el “hola” noté un acento extraño. Entonces le pregunté de dónde era, y ella respondió que de Reynosa, Tamaulipas. Le dije que yo conocía esa ciudad -lo cual es cierto- y que mi experiencia personal no había sido precisamente digna de recordarse -lo cual también fue cierto-. Entonces ella frunció el ceño, sonrió despectivamente y dijo:

-Claro, pero si eres el clásico chilango que donde quiera que va piensa que todo el mundo le tiene que hacer honores; que lástima, eh. Por tu aspecto pensé que eras diferente, pero veo que me equivoqué-. Y acto seguido se puso de pie y se fue platicar con otro grupo de invitados, dejándome con un palmo de narices.

Contrariado por el imprevisto batazo de home run, por un momento pensé en ir a decirle que era una tonta prejuiciosa. Pero casi inmediatamente caí en la cuenta de que, en efecto, quienes vivimos en el Distrito Federal no somos bien recibidos en algunas ciudades y localidades del interior de la república.

Sin embargo, lo que más me fastidió fue aquello de “clásico chilango”, porque además de ser una generalización infame, es peyorativa e hiriente.

Por lo menos en lo personal me irrita que me digan “chilango” porque en la gran mayoría de los casos tal adjetivo tiene la connotación de “ruin”, “transa”, “ventajoso”, “marrullero” y otras de similar significado.

Pero lo que más me jode es que se pretenda imponer esa palabreja como gentilicio de quienes vivimos en el Distrito Federal porque, en estricto sentido, entre “chilango” y Ciudad de México o Distrito Federal, no existe ninguna similitud fonética como sí la hay, por ejemplo, entre San Luís Potosí y “potosino”, o entre Tabasco y “tabasqueño” (o entre Tula y “tuleño”, aunque se preste al doble sentido).

Hace algún tiempo el venerable Gabriel Zaid escribió un artículo en “Letras libres” donde expuso las posibles razones que sustentarían la adopción de “chilango” como gentilicio, argumentando que tal apodo, al ser del conocimiento popular en casi todo el país, bien podría ser la solución para el viejo problema de la falta de gentilicio para los habitantes de la Ciudad de México.

Si no existieran estúpidas rencillas o resentimientos regionales -desafortunadamente históricos y propiciados por el centralismo crónico que hemos padecido como país- no habría inconveniente en aceptar “chilango” como gentilicio. El problema es que esas rencillas y resentimientos existen y la palabrita de marras se suelta con saña a la primera oportunidad. Además de que las otras posibles alternativas a usar nomás no pegan; por ejemplo, dicen los que saben que “defeño” sería elevar a la categoría de gentilicio las siglas de una entidad administrativa, y que “capitalino” es demasiado general y lo mismo puede aplicarse al habitante de Pachuca, que al de Toluca o Monterrey.


Sin embargo, tratando de ser ecuánime y objetivo, creo que comprendo el porqué de los prejuicios en contra de nosotros los “defeños” (a mi me gusta esta palabra aunque lingüísticamente no sea la apropiada). Personalmente he visto a algunos payasos (y payasas) fanfarronear acerca del pretendido cosmopolitismo inherente a quienes vivimos en el Distrito Federal.

En cierta ocasión, durante un congreso de ciencia política realizado en Puebla escuché a un tarado que decía que el problema de la “provincia” era el retraso con el que llegaban las nuevas tendencias teóricas. En la sesión de preguntas y respuestas comenté con especial dedicatoria al idiota aquel, que la provincia sólo existía en la mente de quienes en su ingenua megalomanía pretendían ver a los estados federales desde la perspectiva del imperio romano, que hacía muchos siglos había caído por obra de los pueblos que despectivamente llamaba bárbaros.

Tiempo después, en alguna fiesta escuché a una chica que le decía al tonto que la escuchaba con mucha atención, que le parecía aburrida la vida de los “pueblos” porque nunca pasaba nada y todo transcurría muy lento. Como yo estaba cerca no pude evitar una carcajada sardónica, seguida la cual le pregunté a la tipa que en qué parte de la ciudad vivía, y me respondió que en alguna colonia fea de Iztapalapa, de la cual honestamente no recuerdo el nombre. Entonces le pregunté si existía alguna diferencia entre el aspecto de su barrio y los “pueblos” que criticaba. Obviamente ya no dijo nada.

Y es que es verdad. La Ciudad de México y el Distrito Federal todo, es un conglomerado de pueblitos. Sólo que ahora se les llama “colonias”; y aunque algunas están más urbanizadas que otras, lo cierto es que si se les mira con cierto detenimiento, reproducen las mismas pautas culturales de un pueblo y la estructura mental de sus habitantes es completamente local.

Así que cosmopolitismo, ¿dónde?

Lo que es más, ni siquiera en las zonas más exclusivas de la ciudad -como Las Lomas o Santa Fe- se puede observar un cambio de mentalidad. Existe, eso sí, una desestructuración de la convivencia y la proximidad personal debida al diseño urbanístico. Pero todo lo demás es simple esnobismo. Y es así porque nunca existió una clase aristocrática nacional: de dónde podía surgir, si a los aristócratas españoles los corrieron los independentistas, y a los aristócratas austriacos los mataron los liberales. (Sobra decir que desde entonces sólo hemos tenido panistas y “niños verdes”).

En fin, que debido a ése tipo de actitudes para con los habitantes de otras regiones del país, es que hemos tenido que pagar justos por pecadores, con motes como el de “el clásico chilango”, o expresiones de abierta intolerancia como aquella del “haz patria, mata un chilango”, que cuando la prudencia no aflora debería ser respondida con una similar: “haz patria, educa a un provinciano” (pero la verdad sería muy mala leche).

Con todo, la situación no deja de tener algo de socarronería, pues una de las acepciones de “chilango” se aplica a los habitantes del interior de la república que llegan a vivir a la Ciudad de México. De manera que he aprendido a tomar con cierto humor la palabreja. En alguna ocasión, he llegado a decir “no sé por qué me dicen chilango, si yo soy de San Juan de la Nopalera…”.

En fin, que a esto le falta una segunda parte, donde pretendo divagar acerca del esnobismo pueblerino de los chilangos, y la intolerancia de algunos especimenes de otras regiones del país.

Mientras tanto, cierro esta fumada con el texto de Beigbeder acerca de la reducción de las distancias en las fiestas, como método para ligar.

“En una fiesta, seducir consiste básicamente en reducir distancias. Hay que conseguir ganar terreno, centímetro a centímetro, sin que se note demasiado. Si ves a una chica que te gusta, hay que acercarse (a dos metros). Si a esa distancia te sigue gustando, te pones a hablar con ella (a un metro). Si tus chorradas la hacen sonreír, la invitas a bailar o a tomar una copa (a 50 centímetros). Luego, te sientas a su lado (a 30 centímetros). Cuando sus ojos empiecen a brillar, deberás colocar cuidadosamente un mechón de pelo rebelde detrás de su oreja (a 15 centímetros). Si permite que le toques el pelo, háblale acercándote un poco más (a 8 centímetros). Si notas que su respiración se acelera, pega tus labios a los suyos (a 0 centímetros). Evidentemente, el objetivo de toda esta estrategia consiste en lograr una distancia negativa producida por la penetración de un cuerpo extraño en el interior del cuerpo de la persona en cuestión (aproximadamente 12 centímetros según la media nacional)”.

Frédéric Beigbeder, El amor dura tres años, Anagrama.

6 jun. 2008

¡Por fin!

Aunque a marchas forzadas, he agotado el temario de mi programa y por tanto he finalizado mi curso.

Ya sólo me queda calificar el ensayo que a modo de examen final les dejé a los chavos para poder completar sus evaluaciones.

En general fue un buen grupo. Vinieron de menos a más y a diferencia del sentimiento de angustia que experimenté a mediados del semestre, ahora creo que me siento satisfecho. Si no aprendieron todo lo que debieron haber aprendido, por lo menos aprendieron a escribir con un mínimo de corrección, y a expresar sus ideas con cierto orden y coherencia. La regla es muy simple: comenzar por el principio siempre es de gran ayuda.

Y bueno, sobra decir que ya me siento más tranquilo. Ahora tengo menos trabajo; de hecho sólo me queda lo del PAIIT, lo de la campaña, lo de las traducciones, lo de la sesión del consejo distrital, mis clases de macramé, lo de organizar otro asalto en las Lomas para robar un miserable reloj a alguna conductora de televisión ridícula y antipática, cuidar al perro de mi vecina, sacar la basura que se ha acumulado en la cocina, enfrentar a las ratas y pepenadores que se la quieren adueñar, convencer a mi otra vecina de que el mundo se va a acabar y que yo no puedo morir sin antes conocer los favores de su suculenta figura, cumplir la notificación de la Tesorería para pagar el adeudo por concepto de predial, acomodar los libros que se apilan con inestable equilibrio en mi escritorio, sacar el sandwich plátano con mermelada de kiwi que hace como muchas semanas está al fondo de mi gaveta y despide un tufo medio emético, y seguirme preguntando por qué mi vida es miserable.

Como mis estimados educandos ya se fueron de vacaciones, fiel a mi costumbre les recomendé algunas novelitas para pasar el rato. De todos los tres que aquí me leen no sé cuántos tendrán vacaciones, pero de todos modos les dejo hago las mismas recomendaciones:

Olga Barrio, Que me parta un rayo si termino convertido en pirata. Una novela muy padre, que evoca el mejor estilo de Stevenson y Conrad. Es literatura 100% para chavos.

Robert Graves, Rey Jesús. Es una historia sobre la vida de Jesús contada desde la perspectiva de un personaje construido por Graves, que intenta mostrar el hecho real de que aquél fue crucificado porque, en efecto, era el sucesor de Herodes en el trono judío.

Elmer Mendoza, El amante de Janis Joplin. Esta novela está poca abuela. Además de ser un compendio de insultos y jerga del bajo mundo del narcotráfico -que Pérez-Reverte intentó explorar ese bodrio stereojoyesco que es La reina del sur- es una historia trepidante que si algún día los productores de cine deciden adaptarla para la pantalla grande (esto sonó como a periodista de espectáculos, no?), espero que no incluyan en el reparto a los hermanos Bichir, pero sí a Chucho Ochoa, que un tipazo interpretando personajes fanfarrones.

En fin, que espero escribir con mayor regularidad a partir de la próxima semana.

P.S Confirmado: Obama va. Lo deseable, lo que literalmente todo el mundo esperaba que sucediera, sucedió. El joven senador de color (negro) va contra el bastonero McCain por la Presidencia de Estados Unidos. Si algo extraordinario en el camino, como por ejemplo su asesinato días antes de la elección, no sucede, todo parece indicar que Obama se perfila como el próximo ocupante de la White House.

Escéptico y aguafiestas como soy, pienso que su llegada a la Presidencia no cambiará en mucho la relación de Estados Unidos con el resto del mundo. Si algo claro tiene el stablishment de Washington, es la promoción y defensa de los intereses comerciales, geopolíticos y militares que han permitido que Estados Unidos mantenga su hegemonía.

Así que con todo y su sonrisa de anuncio de dentífrico y su esposa que, como dice mi amigo Omar Astorga, está para “la maldad”, al final del día el futuro Mr. President tendrá que adaptarse al patrón establecido por los anteriores presidentes. Eso o terminar como Jimmy Carter haciendo turismo político por todo el mundo; o como Bill Clinton, pagando los caprichos de su esposa.

3 jun. 2008

Vania Borges... por qué demonios?!

Este video simplemente está ¡poca abuela!

Es la cantante cubana Vania Borges interpretando "Don't know why", original de Norah Jones.

Esa canción es parte de un disco exquisito que no sé por qué demonios apenas hasta ahora he descubierto que existe. Se llama Rhythms del Mundo y lo encontré ayer en Gandhi (nombre de cierta libreria ubicada al sur de la ciudad) mientras buscaba un texto de teoría política que ya ni compré.

Y bueno, no he escrito nada denso que amerite acompañar su lectura con un sandwish por cuestiones laborales. Pero no os preocupeís, que en cualquier rato se me ocurre una fumada díficil de digerir.

Saludos y gracias por la visita.



2 jun. 2008

Amanecer

Debido a mi condición de pequeño burgués (diría Marx), intelectual orgánico (diría Gramsci), o analista simbólico (diría Reich), difícilmente me levanto antes de que comience a rayar el alba para ir a trabajar. Aunque diariamente mi radio despertador suena a las 6:30 de la mañana, no es precisamente para que me levante de la cama a esa hora; es más bien para que pueda escuchar la síntesis del noticiario que acostumbro. Sin embargo sólo la escucho entre sueños porque en realidad suelo levantarme media hora más tarde.

Así que por causa de esa cómoda situación, desde hacía mucho tiempo no había tenido la oportunidad de mirar el amanecer. Hasta hoy por la mañana lo hice nuevamente; aunque de forma involuntaria.

Sucede que el fin de semana salí de la ciudad para arreglar los términos de mi colaboración en la campaña electoral de cierto partido político (no escribo las siglas porque eso supondría reducir las posibilidades de que otros partidos soliciten mis servicios de mercenario de la política), en cierta localidad, de cierto estado, ubicado al norte del Distrito Federal.

Como estaba hasta el keke de la chamba cotidiana y las cafiaspirinas que había ingerido con una coca cola la madrugada del viernes -para poder concluir la redacción de un artículo que debía entregar unas horas más tarde- aún hacían su efecto en mi sistema nervioso, decidí que sería buena idea, una vez terminada la reunión y arreglado el monto de los emolumentos que recibiría por la prestación de mis servicios (intelectuales, aclaro, por si el asunto llegase a malinterpretarse), pasarme a visitar a mi mamá y planear algo para el resto del fin de semana. Y así sucedió.

De manera que para no hacer el cuento largo, debo decir que ya no regresé ayer domingo por la noche, sino que decidí regresar hoy lunes por la mañana. Y esa decisión fue la que me permitió mirar uno de los amaneceres más bonitos que recuerde haber mirado.

Tal oportunidad fue posible, además, porque era el tal cansancio que me embargaba el viernes por la noche, al salir de la Facultad, que decidí que sería mejor viajar en autobús a la ciudad donde habría de sostener la reunión aludida arriba.

Así que de regreso, luego del infructuoso intento de conciliar el sueño en el asiento reclinable del autobús, volví la mirada hacia la ventana y miré el amanecer.

No sé si sea normal que un acontecimiento natural tan ordinario como el inicio de un día, sea cautivador para un somnoliento pasajero de un autobús. Pero pienso que las más de las veces estamos tan absortos por el paisaje cotidiano, que llega a parecernos estático y carente de gracia, cuando en realidad encierra una enorme fascinación.

Mirar como la luz poco a poco se abre paso entre la oscuridad, mientras que el cielo raso cambia su oscura tonalidad por una gama de rojos que expanden sus haces hacia el horizonte, difuminándose lentamente, para confundirse con el débil azul que se adivina entre el fulgor de las estrellas, es realmente un privilegio. El privilegio de admirar el cotidiano milagro del nacimiento de un día nuevo.



P.S. Por cierto, aprovecho la ocasión para hacer un anuncio publicitario:

“Se asesoran campañas electorales, movimientos sociales, gobiernos oposiciones a nivel municipal, estatal, federal e internacional. Si tú, estimado lector, tienes aspiraciones políticas y quieres convertirte en el futuro presidente de tu municipio, de tu asociación de colonos o de la camarilla de grilleros de tu trabajo que invariablemente presionan al jefe por un aumento, no busques más: ¡yo tengo la solución!

Además cobro bara bara.