30 oct. 2007

El Museo de las Relaciones Rotas

Hasta hace poco tiempo me costaba cierto esfuerzo (más bien renuencia) entender los trabajos académicos de sociólogos europeos del talante de Anthony Giddens, Ulrich Beck y Zygmunt Bauman, acerca del impacto de la transformación de las estructuras sociales en los procesos de formación de las identidades subjetivas.

Recuerdo que incluso en algún ensayo presentado en cierto coloquio sobre la "modernidad tardía", llegué a criticar a esos autores calificandólos de cosmopolitas y culteranos, por el hecho de centrar sus trabajos en el análisis de las sociedades europeas.

Sin embargo, ahora que he leído una nota en el diario que acostumbro, acerca de la creación de un museo dedicado a honrar el dolor causado por las relaciones amorosas fallidas, creo que puedo comprender a esos sociólogos y sus elaboraciones teóricas acerca de la reflexividad y la identidad del yo. (Este no es el espacio apropiado para tirar el rollo acerca de esas teorías, pero si a alguien le interesa, hágamelo saber en los comentarios y con gusto le doy algunas referencias bibliográficas).

Resulta que en Sarajevo, la organización artística Labirint decidió abrir un museo dedicado a exponer todos aquellos objetos que acumulados a lo largo de una relación amorosa, se tornan insoportables luego de que ésta se derrumba y queda reducida a escombros de despecho, desesperación y decepción.

Desde luego que se trata de una idea bastante original y utilitaria. Aunque poco exportable a otras regiones del orbe.

Digo, los europeos ya están más allá del bien y del mal, y su temple meridional los hace flemáticos y razonables. Cosa contraria a lo que sucede, por ejemplo, entre los latinoamericanos, que debido a las diversas condiciones geográficas, somos de temperamentos diversos y por tanto no somos tan razonables. No por lo menos en cuestiones afectivas.

De hecho, más allá de la originalidad y trivilidad implícitas en la creación de este museo, está el avance cultural de cierto tipo de sociedades y su impacto en las identidades individuales. Es decir, que una sociedad donde los problemas básicos de las subsistencia están medianamente superados, el tiempo sobra para dedicarse a otro tipo de actividades y pensamientos; de hecho el tiempo sobra tanto, que provoca pavor tenerlo en demasía, porque siempre el tiempo de ocío y el pensamiento han mantenido una relación muy estrecha.

Sin embargo, en los tiempos actuales pensar no es una de las actividades más preciadas entre los amplios sectores sociales, porque el pensar conduce a la reflexión y está necesariamente a la introspección. Y la instrospección conduce, a su vez, a una conclusión sospechada, intuida, pero temida: la conclusión del vacío existencial.

De ahí la pertinencia de un museo que se dedique a las tragedias del amor, a exponer la verdadera esencia del amor, que es el drama. Siempre es mejor atenuar la realidad, verla a través de los ojos de otro, que enfrentarla por si mismo, sentir su peso sobre la espalda propia.

La historia que animó al grupo de artistas que abrieron el Museo de las Relaciones Rotas es prototípica de la forma en que en determinadas sociedades se enfrentan momentos trágicos como el rompimiento de una relación amorosa. Es la historia de una chica que luego de terminar con su pareja, decidió romper con un hacha todos los regalos y objetos que había acumulado a lo largo de su relación.

En lo personal pienso que es una forma bastante impulsiva y estupida de pretender olvidar. Aunque desde el psicoanálisis pudiera dársele una interpretación distinta, como un acto de violencia simbólica.

Destruir un objeto en modo alguno significa destruir un recuerdo, porque a diferencia del objeto, que es material, el recuerdo es intangible y permanece en la memoria o al menos ahí habrá de permanecer hasta que no se invente una máquina como la usada en El eterno resplandor de una mente sin recuerdos (quizá la única película donde Jim Carrey actúa realmente), para "resetear" la mente y quitándole los recuerdos malos o dolorosos.

Y bueno, hay de objetos a objetos dignos de ser destruidos o reciclados en un museo. Por ejemplo, yo siempre regalo libros y salvo la página de la dedicatoria que se puede arrancar y quemar, todo el libro continúa siendo útil; por tanto no vería la insana necesidad de querer destruirlo.

Lo mismo sucede con las cartas cuando están bien redactadas y logran trascender la cursilería para constituirse en auténticas piezas literarias (por eso abrigo que las cartas que he escrito en diversos momentos de mi vida sentimental aun sean conservadas, porque la verdad fueron bien escritas).

En cambio hay otros objetos que sí deberían irse al dispensario de la parroquia más cercana, o al carrito del ropavejero; por ejemplo las lociones, los osos de peluche, los malos discos, las pulseras y demás fetiches.

Pero eso ya estará de cada quien. Por el momento creo que es importante que cuando menos quienes me leen, sepan que en caso de que sus respectivas relaciones se terminen -que ojalá y no suceda nunca- pues ya hay una alternativa a la basura, a la quema indiscriminada de plásticos y demás contaminantes, para deshacerse de los "recuerdos dolorosos" de un amor que no fue.


P.S Aquí el link a la nota completa

26 oct. 2007

Un comentario escatológico II

Y sigo con la segunda parte de este autoreciclaje:

Un comentario escatológico II

No obstante el azoro y hasta indignación que me había producido ver tanta comodidad en un baño, mi sorpresa fue aún mayor cuando entré al pequeño cubículo donde se encontraba el inodoro (que más bien debería llamarse apestosoro), flanqueado por dos paredes de formaica negra de tal manera lustradas, que con la iluminación de las pequeñas lámparas de alógeno clavadas en el techo, permitían mirar el reflejo del cuerpo completo.

Pero no eso fue lo sorprendente, sino el hecho de que, al cerrar la puerta, la cara interior de ésta era de un aluminio que más bien parecía espejo. Y ahí empezó realmente el meollo de mi reflexión, pues hasta antes de ése momento habría jurado conocerme a la perfección en cada uno de mis gestos y movimientos corporales. Pero no. Estaba totalmente equivocado.

Ignoraba mi propia miseria, mi propia expresión de angustia y mi mirada visceral, en el sentido más literal del término debido al extraño hecho de no haberme mirado nunca en un espejo mientras hacía esfuerzos extenuantes por defecar.

Fue una especie de redescubrimiento de mi mismo.

Mientras evacuaba presencié una lucha interna entre mi ying, fatuo y pretensioso, apostado en mi red neuronal, que hasta ése momento se ufanaba de tanta intelectualidad, y mi yang ignominioso y rústico que batallaba por no desprenderse de mis órganos digestivos con su propia fuerza expulsiva.

Si Kundera dijo en alguna de sus novelas que el acto de orinar en la tierra era una especie de rito mediante el que se prometía que algún día volveríamos a ella, puesto que de ella habíamos salido, yo digo que el acto de defecar es el ensayo cotidiano del fallecimiento y el acontecimiento más democrático que pueda acaecer entre los hombres, pues nunca son tan iguales y ni sufren las mismas angustias, estertores y congojas, que cuando están deyectando una parte de su propio ser o que, cuando menos, estuvo alojada en sus adentros.

De hecho, esos residuos de los que vergonzosamente nos despojamos en la intimidad del baño, contienen la respuesta a la verdadera esencia del Ser por la que tanto se han esforzado en su búsqueda los filósofos, sean de oriente u occidente.

La verdadera esencia del Ser es tan inmunda como esos trozos comprimidos de forma cilíndrica, tibios y pastosos, de desechos malolientes que salen por la parte más indigna del cuerpo, tan indigna que frente al tamaño de la boca o de las fosas oculares, es un pequeño esfínter que se halla oculto a nuestra propia mirada.

De modo que si Hegel o Confucio hubiesen tenido la oportunidad de mirar sus propios gestos en un espejo, mientras pujaban laboriosamente para expulsar sus excrementos –ya fuese en un retrete o de “aguilita”, es posible que se hubiesen ahorrado tanta mamufada metafísica acerca del Espíritu Absoluto o la armonía de los elementos naturales.

La verdadera investigación filosófica descansa en la revelación escatológica que sobreviene mientras está uno sentado en la taza, con los calzones en los tobillos, luchando prodigiosamente contra sus propios adentros en un esfuerzo agónico.

Y si esto es así, entonces el quehacer filosófico puede emanciparse de las aulas universitarias para volverse humanamente universal, pues todos, en la angustiosa hora de cagar, podemos especular acerca de las verdades últimas que subyacen en las apariencias de las cosas. Aunque la revelación o argumentación a la que nos conduzca la especulación escatológica pueda resultar decepcionante como, por ejemplo, descubrir que la verdadera esencia que subyace dentro del cuerpo de Britney Spears es tan desagradable cuando la vemos flotar en el agua del excusado (que más bien es inculpado), como aquella del Presidente de la Nación más poderosa del mundo (que para colmo también es gringo e idiota) o aquella otra del más reciente Nobel de literatura (cuyas traducciones de su obra al español son malísimas).

No hay nada más revelador -ni siquiera los libros de Cioran, que ya es decir- que mirarse a uno mismo en la máxima expresión de su miseria existencial, sentado en un retrete, semidesnudo y haciendo gestos faciales que expresan simultáneamente desazón, angustia y un sentimiento de abandono momentáneo de la vida.

Posiblemente esta escena haya sido la causal inspiradora del das sein heiddegeriano, del estar ahí, como un ente arrojado en el espacio, o más bien, sentado en un objeto producto de la reificación del pensamiento, simplemente siendo.

Aunque es preciso enfatizar que cuando se está defecando no solamente está uno siendo, sino también y principalmente pensando, espe-culando, reflexionando.

Pero lo más importante es que la conclusión de esa reflexión filosófica -que sobreviene en el instante previo a jalar de la cadena del depósito de agua- es siempre la misma, a saber: que la verdad es inmunda, la existencia apesta y la vida es una mierda.

24 oct. 2007

Un comentario escatológico I

De forma inusual en estos friolentos días citadinos he tenido más trabajo que el de costumbre. Razón por la cual además de tener poco tiempo para jugar solitario en la computadora, también tengo poco tiempo para escribir por acá.

Debo confesar que eso me preocupa un poco, pues si de por sí tengo pocos lectores -pero muy buenos- existe el riesgo de que disminuyan en número debido a la inconstancia de mis posts.
Sin embargo confío en que en los próximos días mi carga laboral sea menor y pueda volver a escribir las sandeces que usualmente suelo publicar en este espacio.

Por lo pronto quisiera agradecer sus comentarios al post de la Contingencia. Ya a ver si después escribo un texto en el que exponga algunos matices, pues yo tampoco me dejo llevar por la casualidad, o por el todavía más incierto "lo que Dios quiera" (porque, ¿y si no quiere?); sino que también soy afin a la planeación de metas y objetivos.

Sin embargo por muy sólido que parezca el eslabón entre causas y efectos, entre planeación y resultados, siempre hay un resquicio de indeterminación por donde la contingencia puede escurrirse y alterar certidumbre de la causalidad.

En fin, por lo pronto me autoreciclaré publicando un texto que ya había puesto en otro lugar y que francamente no recuerdo si ya lo había puesto aquí antes. En caso de que así sea, recordar es volver a vivir, y en caso de que no, pues a ver qué les parece.

Aquí va:

Un comentario escatológico

Hace días fui a una sala de cine ubicada en un centro comercial, de ésos que son demasiado lujosos y por ende todo es glamour, incluido el uniforme del personal de limpieza.

Si no fuera porque me gusta sinceramente el cine de arte -y lo enfatizo porque hay a quienes en realidad no les gusta y hasta les resulta aburrido, pero asisten a ver las películas ya sea para sentirse intelectuales, alternativos o para ligarse a una chica o un tipo con gafas sofisticadas y saco de pana, que le confieren una apariencia culta- mi visita a ese lugar se hubiese sido interpretada como un extravío, resultado de un fuerte golpe en la cabeza (en la mía, por supuesto).

No es que sea un ferviente seguidor de la ideología del pobrismo que alimenta el resentimiento de los sectores sociales menos privilegiados económicamente, contra las clases medias en peligro de extinción, pero tampoco soy muy proclive a deambular por los centros comerciales, debido a que suficiente tengo con mi propia pedantería y fatuidad, como para soportar la de los demás. Especialmente aquella de las chicas y chicos chic que charlan estruendosamente en las mesas de los cafés, ubicadas en los pasillos; o la de las señoras shoppaholicas, que encuentran en las boutiques de ropa y calzado una pequeña satisfacción que suple momentáneamente la ausencia de intensidad sexual en sus alcobas.

El punto es que ahí estaba yo, en ése centro comercial, buscando la zona de los cines donde me esperaba la persona que me había sugerido precisamente la cinta que veríamos esa tarde, “La rosa blanca” (Alemania 2005). No obstante, como la función era por la tarde, consideré conveniente pasar a comer antes; esto con la finalidad de evitar el asalto descarado en la dulcería del cine, al pagar el triple del precio normal de una bolsa de palomitas con mantequilla y un vaso de Coca-Cola.

Empero, no contaba con el hecho de que en el menú de la comida solamente había para beber agua de papaya, fruta que en mi constitución fisiológica tiene la particularidad de que, una vez que ha pasado por mi tráquea y esófago para depositarse en mi estomago, acelera todo el metabolismo digestivo de tal manera, que la etapa final en la que todo proceso de alimentación culmina, sobreviene al cabo de un par de minutos de forma tan intempestiva que es preciso que el baño se encuentre a menos de cincuenta metros de distancia.

Afortunadamente del pequeño restauran donde comí, al centro comercial, la distancia era corta. Así que mientras mi acompañante compraba los boletos de entrada a la función, yo aproveché para ir apresuradamente al baño.

Siendo históricamente los baños los lugares más deplorables de una construcción, debido a que en ellos tienen lugar los momentos más viscerales de la existencia, nunca habían sido objeto de grandes atenciones por parte de la arquitectura; a reserva claro, de aquellos baños propios de hombres megalómanos, como los Reyes o Emperadores, que en la creencia de tener sangre real corriendo por sus venas, concluían igualmente que sus deshechos digestivos debían ser necesariamente reales, y por tanto dignos de ser depositados en objetos y tuberías distintivas de su realeza, como los mingitorios hechos de porcelana china, o los comodos bañados en oro y con detalles de orfebrería fina.

Pero en el mundo de los ordinarios villanos, los baños eran apenas recónditos y apartados lugares, a los que sólo se asistía por necesidad. Y como ésta era momentánea y aparentemente simple, no se consideraba necesario más que un miserable hoyo de diámetro diminuto, o una sencilla fosa flanqueada por dos rocas, los suficientemente grandes pero no tan distanciadas una de la otra, de tal manera que pudieran soportar el peso de las posaderas mientras se depositaban en la fosa los deshechos de una comida pobre en carne, pero rica en leguminosas y olores digestivos.

Con el pasar del tiempo y sobretodo con el aumento de la densidad demográfica, los baños experimentaron también la oleada integradora de la democracia en la arquitectura y la construcción, siendo incluidos en el cuerpo de las casas o departamentos.

Pero este acontecimiento -por cierto, tan poco valorado por la historia moderna de occidente- planteaba una nueva exigencia estética, pues al formar parte integral de la construcción, el baño estaría a la vista de todos. De manera que se hacía imperativo dignificar su apariencia, para pasar del lugar de aspecto lúgubre y sucio que otrora había sido, a un lugar grato y amigable para que el momento de la deyección fuera menos angustiante y dramático.

Así fue como llegamos a la concepción contemporánea de los baños revestidos de azulejos y de accesorios con colores vivos, que sin duda servirían de contraste en el momento en que los agudos esfuerzos por expulsar del intestino grueso los deshechos del proceso digestivo, provocasen la sensación de abandono del mundo y la percepción sombría del entorno, resultante de los breves espasmos y obnubilación de la vista consustánciales a semejante proceso fisiológico.

Sin embargo la jactancia inherente a la naturaleza humana ha llegado hasta tal punto, que incluso esos lugares deplorables, utilizados para desechar los residuos de los procesos orgánicos, han sido objeto de exageraciones estéticas y tecnológicas.

Y sostengo mi afirmación en mi propia experiencia al entrar al baño de ése centro comercial, que debido a su diseño y funcionalidad parecía más bien el mezanine de algún hotel de cinco estrellas.

22 oct. 2007

Contingencia

Creo que nunca dejará de asombrarme la contingencia y creo que tampoco –oh, gran tragedia- dejaré de cuestionarme de forma inútil el por qué de la propia contingencia.

Es decir de aquellos actos, sucesos y/o fenómenos que sin estar contemplados en el curso de la vida, influyen en ella, la alteran o la transforman radicalmente.

Lo contingente es un auténtico punto de inflexión, es un accidente, un error, una casualidad, una coincidencia.

Es misterio, es asombro, es curiosidad. Es lo inesperado.

El Universo, nuestra galaxia, nuestro sistema solar, nuestro planeta y nosotros mismos, somos producto de la contingencia. Venimos de ninguna parte y nos dirigimos a un igual destino.

La propia muerte es contingente. No sabemos cuándo ocurrirá ni lo que sucederá en el momento justo de exhalar el último aliento.

La contingencia es la repentina ráfaga de viento que sustrae abruptamente de la somnolencia al tranquilo beduino, que se refugiaba del inclemente sol del desierto bajo una palmera.

Es la línea vertical que desvía el curso de la línea horizontal.

Pero de todas las contingencias, la más sorprendente, misteriosa y asombrosa, es la contingencia del amor. El encuentro fortuito de dos almas que ya desde la mirada se reconocen como parte de una unidad primigenia.

El propio encuentro, las circunstancias en las que tiene lugar, son en si mismas contingentes: es estar en el lugar equivocado en el momento equivocado.

Es prodigioso que un acontecimiento tan fortuito pueda sobrevivir a la fugacidad de lo contingente y prolongarse durante el tiempo que la propia contingencia permita.

Milán Kundera, el genial escritor checho autor de ese portento de novela que es La insoportable levedad del ser, describe en las páginas de esa misma obra lo asombroso de la contingencia en el amor cuando pregunta:

¿Pero un acontecimiento no es tanto más significativo y privilegiado cuantas más casualidades sean necesarias para producirlo?

Sólo la casualidad puede aparecer ante nosotros como un mensaje. Lo que ocurre necesariamente, lo esperado, lo que se repite todos los días, es mudo. Sólo la casualidad nos habla. Tratamos de leer en ella como leen las gitanas en las figuras formadas por el poso del café en el fondo de una taza.



No es la necesidad, sino la casualidad, la que está llena de encantos. Si el amor debe ser inolvidable, las casualidades deben volar hacia él desde el primer momento, como los pájaros hacia los hombros de San Francisco de Asís.

En lo personal siempre encuentro extraordinario el hecho de encontrar una pareja de ancianos tomados de la mano, caminando por la calle; porque ese acto no sólo significa el gran afecto que sienten el uno por el otro, sino también el triunfo de ambos ante la contingencia, que así como los unió en un momento fortuito, imprevisto, no deseado, así también pudo mantenerlos juntos hasta el momento en que la propia contingencia de los procesos biológicos, interrumpa esa unión física, aunque no así la espiritual, de la que no hay forma de saber si es finita o eterna.


¿Por qué la contingencia, Dios? ¿es que acaso sí te gusta jugar a los dados?

16 oct. 2007

Al Gore, la Bomba Gay y el (Ig) Nobel

Alguna vez el gran Guillom D’Besnarez –desconocido para la gran mayoría del público iberoamericano, pero gran maestro de ironías del que este humilde mortal ha sabido abrevar, a tal punto que el nombre de este blog es la inversión del título de uno de sus libros: El sentido de las estupideces- escribió que la estupidez de la guerra moderna estaba en las “bombas inteligentes”, que como ha quedado demostrado en múltiples y dolorosas imágenes de civiles mutilados, de inteligentes no tienen más que el nombre.

Sin embargo, hace algún tiempo el concepto de “bomba inteligente” estuvo a punto de convertirse en realidad, cuando en el Laboratorio Patterson Wright un grupo de oficiales de la fuerza aérea del ejército norteamericano, propuso la fabricación de una bomba gay. Sí. Así como se lee: una bomba gay.

Luego de que pusiera al descubierto esa intención, a través del Sunshine Project, promovido por la asociación internacional del mismo nombre, dedicada a la lucha contra las armas biológicas, el Pentágono deshecho la idea. Pero en su momento se le consideró muy seriamente; tanto que se había contemplado un presupuesto de 7.5 millones de dólares para financiar el proyecto Productos químicos para el hostigamiento, irritación e identificación de los malos.

Esa bomba gay tendría por objetivo provocar la homosexualidad en el enemigo, mediante la propagación de gases químicos que les harían sentir atracción entre ellos mismos, minando así la moral y la disciplina de las tropas que, al ritmo de Macho Men, se entregarían a un aquelarre homosexual más loco que la marcha del orgullo gay.

Por supuesto, las guerras se resolverían a través de un paradójico amor y paz que incluiría besos, abrazos y mucha “rectitud” entre los soldados.

Precisamente como el objetivo de la bomba sería el cese de las hostilidades bélicas y el logro de la paz, hace un par de semanas el Laboratorio Patterson Wright ganó el Premio Ig Nobel de la Paz 2007, es decir, el anti Nobel que la revista Annals of Improbable Research instituyó en 1991, como remedo humorístico al galardón otorgado anualmente por la Academia Sueca de las Ciencias, en Estocolmo (¿o en Oslo? No lo recuerdo, pero si alguien me aclara el dato, qué mejor que mejor).


Y como la entrega del Ig Nobel –que es un juego de palabras en inglés, cuya traducción al español sería “innoble”- es más o menos contemporánea a la entrega del Nobel, es imposible resistir la tentación de hacer un contraste.

Así pues, mientras en Suecia se le otorgó el Nobel de la Paz al ex vicepresidente de Estados Unidos, Albert Gore, por andar gritando como señora gorda histérica a la que le han robado el bolso en el mercado, que el mundo se va a acabar en unos cuantos siglos, en el Sanders Theatre de la Universidad de Harvard –sede de la entrega del Ig Nobel- le entregaron el premio de la paz a una propuesta menos dramática y por el contrario, más divertida.

No quiero decir que Al Gore no mereciera un premio Nobel; lo que digo es que lo pusieron en la terna equivocada, porque él debió haber ganado el Nobel a la ñoñez, en lugar del Nobel de la Paz.

Por eso en lo personal encuentro más interesantes los Ig Nobel, que premian investigaciones realmente importantes, como por ejemplo, la realizada por los médicos Brian Witcombe y Dan Meyer, acerca de los efectos secundarios de introducirse espadas por la garganta, como hacen los prestidigitadores en los circos. O la desarrollada por los argentinos Patricia Agostino, Santiago Plano y Diego Golombek, que descubrieron que los hamsters que toman viagra se recuperan más rápido del jet lag.

Ese tipo de investigaciones son más útiles para la vida cotidiana, que aquellas premiadas por un grupo de amargados y aburridos científicos suecos, influidos por las presiones que sobre ellos ejercen universidades como Harvard y el MIT, que buscan lucrar con los descubrimientos, avances y mejoras científico-tecnológicas alcanzadas por sus investigadores y académicos.

No hay como el verdadero espíritu científico, que es totalmente altruista y desinteresado, como altruista y desinteresada fue la investigación del profesor de la Universidad de Tennessee, doctor Francis M. Fesmire, acerca de la cura del hipo con un masaje rectal dactilar, que le valió el Ig Nobel de Medicina 2006. O el estudio de los doctores Steven Stack, de la Universidad Estatal de Wayne, en Michigan, y James Gundlach, de la Universidad de Auburn, Alabama, acerca de “Los efectos de la música country en el suicidio”, que los hizo acreedores al Ig Nobel 2004 de Medicina.

Y respecto al premio de literatura, que en Escocia se lo otorgaron a una señora inglesa que en mi vida había escuchado nombrar, pero que seguramente es mucho menos antipática que el gurú de las catervas clasemedieras latinoamericanas identificadas con ideas un tanto derechosas, es decir, Mario Vargas Llosa, el Ig Nobel respectivo se le concedió a Glenda Browne por su estudio acerca de los problemas de indexación del artículo inglés “the”, que tantos problemas causa –lo sabré yo- a la hora de hacer traducciones.

En fin, que toda esta fumada la escribí sólo para expresar mi desacuerdo con la entrega del Nobel de la Paz a Al Gore y mi maligno beneplácito por el no otorgamiento del Nobel de Literatura al insufrible Vargas Llosa.

Ya si a alguien le interesa conocer otras investigaciones galardonadas con el Ig Nobel, como la de los investigadores Víctor Benno-Meyer y Joszef Gal, que usaron principios básicos de la física para calcular la presión que se acumula dentro de un pingüino en el proceso de defecación, pues dejo el link a Wikipedia y a la Annals of Improbable Research.



P.S Me pregunto si en la UNAM no habrá ya algún estudio acerca de los efectos del reggeton en la estupidez de quienes lo escuchan y lo bailan; espero que no, porque así yo me la echo y en una de esas hasta me gano un Ig Nobel el siguiente año.

12 oct. 2007

Pecado de pubertad

Debido al balconazo del que fui objeto por parte de Manijeh, en mi propia pocilga virtual -o sea, esta misma que ahora estás visitando, estimado lector, lectora- en clara venganza por haberme burlado de que en alguna ocasión ella asistió a un concierto de Maná, me veo en la obligación de limpiar mi honor ya no digamos intelectual, sino melómano (a sacar el diccionario).

Y es que de mi se podrá decir todo lo que se quiera: que soy arrogante, orgulloso, deshonesto, maquiavélico, mentiroso, ladrón de libros chafas que luego de sentir el placer culposo de leerlos los regreso, fatuo, pretencioso, mamón, similares y conexos. Pero nunca, absolutamente nuncamente, se podrá decir que escucho música fresa y mucho menos que por ese simple hecho sea yo mismo fresa.

Esto viene a cuento porque ese artero balconazo tiene que ver con el vergonzoso hecho de que en mis años mozos de adolescencia asistí a un concierto de Fey. Sí. Fey; la intérprete de canciones tan sosas como “Gatos en el balcón” y “Mi media naranja”, que a mediados de los años noventa popularizó entre los púberes imberbes la moda de los jeans desgarrados, las camisas de franela amarradas a la cintura y los ademanes de anciano artrítico.

Pero, ¿cómo fue que yo, un joven e inteligente profesor universitario tan refinado y mamón, cometí ese tremendo pecado de pubertad?

Para dar respuesta a esa pregunta y salvar mi honor de las suspicacias, es que he decidido escribir este post.


Previo al momento de sentirse parido por el propio padre Dios, es decir, previo a la graduación en alguna Facultad de humanidades, existe un tiempo en la vida de todo intelectual en el que se sabe mortal, común y ordinario como todos los que le rodean. Ese tiempo es la adolescencia.

Mi adolescencia transcurrió en los angustiantes y furiosos años noventa, pues yo y toda mi generación somos los hijos no deseados del neoliberalismo.

A diferencia de la generación X, que creció durante los todavía más angustiantes y grises años ochenta, traumada por la agonía del Estado de bienestar, la desaparición de los subsidios, la música de los Hombres G que escuchaban sus hermanos mayores y la sordidez dostoievskiana de series animadas como Heidi, que dicho sea de paso, nunca encontró a su abuelito, y que ahora los ha convertido en unos treintañeros afligidos, melancólicos y cocainómanos; la mía es una generación todavía más escéptica, apática y valemadrista (de otra manera no se explicaría el triunfo electoral de Vicente Fox en el 2000, que fue posible gracias a nuestros votos); pero más aguantadora.

Decía pues, que mi intenso despertar hormonal al mundo de faldas y escotes cortos y los pensamientos sexosos, tuvo lugar durante la primera parte de los angustiantes pero fabulosos años noventa. Eran los años del rap, de la moda zapatista, y del espejismo salinista de que México era ya un país del primer mundo.

Curiosamente en aquellos tiempos ya conocía a la doctora corazón, sólo que por aquella época no tenía ni idea de que sería mi novia, que le robaría sus libros y le mentiría descaradamente. Es más, por aquella época ni siquiera me gustaba; ella ni siquiera se imaginaba que terminaría estudiando medicina y yo ni siquiera imaginaba que terminaría estudiando ciencia política. Esto porque ambos queríamos estudiar –¡qué horror!- ciencias de las comunicación…

En realidad, en aquella época la doctora corazón no era la doctora corazón; era simplemente la prima de Gloria, que es la protagonista de este relato y la culpable de que haya cometido ese grave pecado del que ahora me arrepiento y trato de expiarme todas las noches flagelándome la espalda con varas de zarzamora.

Así es. Por aquellos años de dance club y de guerra en los balcanes, me gustaba mucho Gloria Neria, una de las chicas más populares de la secundaria. Por supuesto que en este contexto de adolescencia efervescente, el verbo “gustar” debía entenderse en su total y plena connotación sexual. Esa chica estaba bárbara y podía despertar los instintos sergioandradescos hasta del más férreo inquisidor de la pederastia. Tan bien estaba, que años más tarde, cuando leí Lolita de Nabokov la imagen que se generaba en mi mente era la de Gloria vestida con una mini falda escocesa, zapatos de plataforma y mallas blancas arriba de las rodillas.¡Uf! nada más recordarla hace que se me pare… el corazón.

El punto es que esa chica me traía como un auténtico desquiciado y con tal de estar con ella, yo era capaz de hacer todo lo me pidiera (no sé por qué ahora me siento como el personaje de La broma de Milán Kundera).

Como es de imaginarse, me pidió que fuera con ella a un concierto de Fey, que por aquellos entonces traía eufórica a toda la chaviza con la canción de la “Media naranja” que, pus pa’que voy a mentir, también a mi me gustaba. Pero sólo esa canción, eh.

Recuerdo que el día que me pidió que fuera con ella al concierto estábamos en el laboratorio de biología. Yo estaba sentado a la mesa, frente a un mechero y ella estaba detrás de mí.

Cuando me dijo que fuera con ella al concierto se inclinó, recargó sus pechos en mi espalda, pasó sus manos por mi pecho, colocó su mentón en mi hombro y rozando con sus labios mi oreja izquierda me dijo: “Anda, di que sí vas a ir conmigo”. Obviamente ¡¡no pude decirle que no!!

Y así fue como ocurrió mi perdición. Un viernes por la tarde ella y su hermano mayor pasaron por mi a mi casa, y de ahí nos fuimos hasta una discoteca muy famosa por aquellos años, ubicada al norte de la ciudad, donde el concierto tuvo lugar.

Dañadas mis neuronas por tantos capítulos vespertinos de Berverly Hills 90210, se me ocurrió aprovechar el concierto para pedirle que fuera mi novia y ¡oh vergüenza de vergüenzas! justo cuando Fey comenzó a cantar “Mi media naranja” nos dimos nuestro primer beso.

Poco tiempo después la muy disoluta me dejó por uno de mis mejores amigos, que en ese momento dejo de serlo, y por tanto el sacrificio de haber ido a una discoteca fresa, vestido bien fresa y actuando como fresa, valió pa’ puro rábano.

Fue por esa –vista a la distancia- deleznable causa, que durante mi adolescencia fui a un concierto de Fey. Y bueno, sobra decir que donde mandaban las hormonas, no gobernaban las neuronas.

Por lo demás la música de Fey, Jeans, Kabbah y demás grupos y solistas pop nunca me gustó. Por aquellos tiempos era feliz escuchando a Café Tacaba, 10 000 Maniacs y viendo los videos de MTV, que también por aquella época era un canal respetable... ¡ah! también en esos años hacía mis primeras incursiones en el fascinante mundo del jazz, gracias a las clases de apreciación musical de mi profesor de educación artística, que un era miserable tirano, pero muy bueno en lo suyo.

11 oct. 2007

Pecado original

En estos tiempos se necesita mucho ingenio para cometer un pecado original.


Un cínico anónimo (como yo).

5 oct. 2007

Dilema resuelto (no sin contratiempos) II

De vuelta al periplo dilematoso

Conocedor pues, del leguaje policíaco y sus denotaciones, una vez que le comuniqué al polecia del estacionamiento mi pretensión de que él le entregase el libro a la doctora corazón, comencé a interpretar su lenguaje desde el momento mismo en que se rascó la cabeza, hizo una ligera mueca y respondió que sí, para retroceder inmediatamente:

-Oiga joven, ¿y si me pregunta que quién le mandó el libro?

-Pues dígale que no se acuerda; que estaba muy ocupado y que ni le vio la cara al que lo trajo.

-No mi joven, eso sí que va estar difícil; es que usté me está obligando a mentir y pus ora si que aquí donde me ve de humilde, pus soy bien honesto y no me gusta decir mentiras. Así que yo creo que no se va a poder.

[Como se puede observar, en la reticencia inicial se encuentra la primera aunque tenue insinuación de hacerle una propuesta indecorosa]

-Ándele poli, no le cuesta nada.

-Pus ‘ora sí que ese es el problema joven. Además, lo que sea de cada quien, yo sí tengo una buena memoria.

[Si bien en el lenguaje humano este último enunciado no tiene otra significación más que la de que el policía es, en efecto, un hombre dotado de buena memoria, en la jerga policíaca significa: “a ver, ya me di cuenta de lo que tramas, así que si no me das un billete, revelo tu identidad y entonces sí que tendrás problemas; así que vamos viendo de a cómo no te hago el favorcito]

Ante una situación en la que el agudo olfato de un policía percibe la importancia de lo que se le pide que haga, y trata de sacar el mayor provecho monetario, las opciones son básicamente tres: a) hacerse el desentendido, que es la menos viable, porque si el policía habla, entonces sí que habrá problemas; b) indignarse, que es todavía peor que la opción a), porque entonces el policía podría exagerar al momento de hablar; y c) ser realista y caerle con el billete, que es la menos peor, porque aun cuando significa corromper al policía, es por una buena causa.

Es obvio que, contrariando a la campaña anti corrupción de los campeones de la ética y la moral de Televisa (si no se ha percibido la ironía la confirmo: estoy siendo irónico), no tuve el valor y me valió (madres) corromper al polecia con 100 pesotes:

-Mire poli, no me lo tome a mal, pero si le da el libro sin decirle quién vino a dejárselo, le doy p’al chesco. Tenga.

En otras circunstancias hubiera aceptado gustoso y ahí se hubiera acabado el problema; sin embargo, como cometí el error de hacerle notar lo importante que era para mí que cumpliera tal cual mis instrucciones, al polecia le pareció muy poco dinero, y así me lo hizo saber:

-Hijole joven, ¿y qué tal si me acuerdo a la mera hora? Es que a usté ya lo he visto por acá hartas veces cuando deja su coche en los cajones de visitantes. Además la doctora es su novia ¿no?

En ese momento no sé por qué me acordé de la mamá del policía de forma quizá un tanto eufórica. Sin embargo conservé la calma y teniendo que desembolsar otros 100 pesos le dije:

-Ándele poli, para que se compre su chesco de tres litros- a lo que el policía jijo de su tal por cual respondió:

-Sale joven, como que ya ni me acuerdo. Y pus ya al rato que se vaya la doctora le doy su libro…



Sí, estimados lectores, sé que están pensando que además de biblio-cleptómano, lector de banalidades literarias, trivial, fatuo, pretencioso y deshonesto, también soy inmoral. Pero no me juzguen como un monstruo sólo por tratar de salvar a la doctora corazón de la penosa necesidad de tener que confesar que me mintió al decirme que el libro que “perdió” era una novela de Coetze.

En realidad, si corrompí al policía fue por amor. Y yo no le llamaría a ese acto deshonestidad, sino actuación maquiavélica, en el sentido en que el fin (evitar que la doctora corazón confesara su mentira y yo el hecho de haberle sustraído su libro sin su permiso y menos aún, su conocimiento) justificó los medios, es decir, los 200 pesos -que por cierto, bien me hubieran alcanzado para comprar una novela decente publicada por Anagrama, Tusquets o Alfagura- y la voluntad comprada del policía.

Sin embargo ahí no acabó el asunto, porque esa misma noche la doctora corazón me llamó por teléfono entre asustada y curiosa, para relatarme lo acontecido en el estacionamiento, y preguntarme quién habrá sido el misterioso sujeto que fue a regresarle su libro.

Y mientras se le pasa la inquietud, ahora quiere que vaya por ella el resto de la semana; lo que supone tener que ver al policía y, eventualmente, negociar la prolongación de su amnesia temporal.

En fin, eso me gano por andar leyendo cosas que no debía. Si ya decía yo que la literatura light nunca deja nada bueno…

Pero como sea, en el remoto caso de que la deshonesta verdad se descubra, ya tengo un chivo expiatorio, o más bien una chiva expiatoria –que no es precisamente del Guadalajara- a quién echarle la culpa: Carolina Dosetti, que en una charla por el messenger el martes por la noche, me ayudó a concebir el plan.

¿Estaré volviéndome cínico y perverso?

4 oct. 2007

Dilema resuelto (no sin contratiempos) I

Soy malo. Muyyy malo, y desde ya me he ganado un lugar en los aquelarres sexuales organizados por las conejitas de Playboy y actrices porno que purgan sus penas en el infierno.

Aunque placenteramente tormentoso, creo que es un justo castigo por la forma en que solucioné el dilema moral y existencial al que me condujo la tentación consumada de haber leído una novela editada por Selecciones de Readers Diget’s, sustraída en forma cleptomaníaca a la angustiada y mentirosilla doctora corazón.

En lugar de haber optado por una solución viable, simple y autosacrificial, consistente en decir: “Aquí está tu libro; perdóname por haberlo tomado sin avisarte, por temor a que te burlaras de mi. Lo sé, soy vano y superficial. También me gusta la literatura ligera; y ahora que lo sabes, pues aprovecha que me tienes en suelo y patéame sin compasión…”; opté por una solución más bien bastante contraproducente.

Ayer por la tarde me apersoné en la caseta de vigilancia del estacionamiento del hospital donde trabaja la doctora corazón, para dejarle al polecia el libro causante de mi perdición moral, con la instrucción precisa de que se lo diera a la Yarita cuando saliera en su coche.

Al principio creí que sería tan fácil como hacerle una seña obscena a un ciego. Sin embargo no resultó como lo había planeado, porque pasé por alto el pequeño detalle de que en este querido país de globos y bicicletas, los polecias pueden extorsionar a los ciudadanos casi por cualquier motivo; incluido desde luego el de considerar sospechoso que cierto sujeto aparezca una tarde cualquiera ante uno de ellos, encargado de vigilar un estacionamiento, para pedirle de favor que entregue un libro (objeto tan desconocido como misterioso para él) a otra persona.

Por supuesto que lo sospechoso no radica tanto en el sujeto como en el favor, es decir, entregar un libro y ¡gratis!

Excursus: Breve manual de interpretación del lenguaje policíaco

Antes de continuar con el relato de mi periplo dilematoso (he aquí una original contribución al diccionario: Dilematoso adj. Dícese de lo relativo a un dilema tan absurdo como estúpido, solucionado de forma igualmente tan absurda como estúpida), he considerado conveniente hacer una breve parada en la interpretación del lenguaje policiaco, la cual bien podría ser de gran utilidad para mis lectores en el momento en que la Fatalidad los obligue a entablar comunicación con esa temible especie depredadora.

Como todas las especies animales, la de los policías también tiene su propio lenguaje. Si bien rudimentario, ambiguo e impreciso, se trata de un código de comunicación eficaz en el cometido de su tarea principal, que es confundir y extorsionar a los desprevenidos ciudadanos que llegan a caer en sus garras.

Tras algunas intrépidas aunque desafortunadas experiencias y observaciones de campo, he logrado descifrar parte de ese lenguaje policíaco y la forma en que debe ser traducido al lenguaje humano. He aquí algunos de los resultados:

1.- Cuando un ejemplar de la especie policíaca, generalmente de complexión robusta tirando a pinche panzón sedentario, se le acerca durante el alto del semáforo, y mira de reojo la marca y el año de su automóvil, es porque está elaborando un rápido estudio socioeconómico de usted, y del posible monto que puede exigirle para no levantarle una infracción por cualquier pretexto, como que su auto tenga una diminuta caca de mosca en el cofre.

2.- Una vez que el gordo ejemplar policíaco se aproxima a la ventanilla de su auto, recargando los 90 kilos de su humanidad en la portezuela, y le dice con el típico acento de barrio, al tiempo que emite un silencioso eructo con olor a tacos de suadero acompañados de una coca-cola que desayunó por la mañana: “buenas mi joven, muéstreme su licencia y tarjeta de circulación”; usted debe entender rápidamente que en realidad le quiere decir: “no se haga güey y vaya viendo cuánto dinero trae en su cartera, porque de está no sale vivo”.

3.- Si después de haber examinado toda la documentación que le pidió, incluido el comprobante de vacunación de su mascota y el recibo de compra de su collar anti pulgas, el policía le dice: “uy no mi joven, ‘ora sí que está usté en un problemota; está violando el artículo 24, fracción B, segundo párrafo, inciso Z, del código de tránsito y vialidá de automóviles con cacas de mosca en el cofre, y pus tengo que cumplir con mi deber de, pus ‘ora sí que aplicar la ley, por lo cual me voy a ver en la penosa necesidá pus este de infraccionarlo”; lo que usted debe interpretar es: “hazme una primera oferta y vemos si me conviene o no”.

Si eso llegase a ocurrir: 1) no se altere, ni siquiera se le ocurra mirarlo feo, aunque sea de soslayo; 2) conserve la calma, si el policía llega a notar su nerviosismo, téngalo por seguro que se ensañará con usted; 3) sugiérale muy respetuosamente que está usted dispuesto a cumplir la ley para la próxima vez, pero que por el momento quiere llegar a un acuerdo.

4.- Una vez que le haya demostrado su resignada disposición de ser extorsionado, hágale una oferta.

5.- Si después de haber hecho la oferta, el policía le dice: “hijole mi joven, la faltota que usté cometió amerita llevar su coche al corralón y pus yo creo que orita le voy a decir a mi pareja que llame a la grúa para que venga por su carro”; lo que usted debe entender es: “qué te pasa cabrón, es que acaso me quieres ver la cara de pendejo; yo sé que traes más billete, así que no te hagas güey y aflójalo”.

6.- Cuando le haya llegado al precio de la extorsión, el policía le dirá: “generalmente yo no acostumbro hacer esto mi joven, pus porque ya ve que es deshonesto eso de la corrucción; pero como usté se ve que es una persona íntegra estoy haciendo una excepción, pero no crea que soy así eh. Ora váyase y no vuelva a cometer infracciones a la ley”; lo que usted debe entender es: “ni te confíes, que es esta no fue ni la primera vez, ni la última”.

Con el conocimiento de estas sencillas reglas de traducción del lenguaje policiaco, usted estará listo para hacerles frente en cualquier desgraciada eventualidad que así lo amerite, pues ya sabrá cómo interpretar sus palabras, sus gestos y sus entonaciones.

2 oct. 2007

La Reina del Pacífico






Esa Reina del Pacífico no se ganó ese título en un certamen de belleza, pero de que tiene un no sé qué que qué soy, que ay ay ay; eso que ni qué.

Como dice Germán Dehesa, con esa reina del pacífico yo sí me echaba un tiro, nomás para que vea que también en el Atlántico se mueven las aguas del mar...



P.S Todavía no resuelvo el dilema del libro, pero ya estoy pensando en una solución que salve mi honor intelectual y el de la doctora corazón. Así que les pido paciencia a mis curiosos lectores. Por cierto, comienzo a creer que efectivamente, existen más de dos almas indolentes que frecuentan este espacio.

Laurita, un saludo y gracias por acordarte de mi.

1 oct. 2007

La mamá del Santo

El pasado sábado, en una reunión familiar, uno de mis sobrinos más pequeños contó un chiste a propósito de la lucha libre, que era el tema de la charla de sobremesa.

Ese chiste sí que es una auténtica lección de humildad, porque apela al sentido común.

Ahí va:

¿Qué le dijo la mamá de Blue Demon a la del santo?

¡Felicidades!


No os preocupeis, que yo también me reí después de pasados cinco minutos.