27 feb. 2007

Cerdo desgraciado

Es así como se podría resumir el pronóstico de los expertos en feng sui respecto al nuevo año chino -basado en el calendario lunar- que comenzó la semana pasada; misma durante la que dejé empolvar esta diminuta pocilga virtual a causa de mis ocupaciones académicas y mi inusual agenda social.

El punto es que para los chinos el año del cerdo es particularmente desafortunado, porque en el movimiento de los elementos básicos, el fuego aparece encima del agua, lo que significaría el recrudecimiento de los conflictos políticos, la inestabilidad económica y el desequilibrio climático.

Por supuesto que ese tipo de pronósticos pueden parecer bastante lógicos y hasta obvios a quienes se dedican a observar de modo más sistemático la dinámica de las sociedades y de la naturaleza, que en cierta medida tienen lugar dentro de ciclos periódicos, acorde a la combinación de elementos poco esotéricos y más bien demasiado mundanos.

De hecho, para un historiador sería fácil formular un pronóstico acerca del estallido de una guerra mundial considerando los planes norteamericanos de establecer bases anti misiles en Polonia y República Checa, so pretexto de neutralizar un potencial ataque iraní con misiles dotados de ojivas nucleares de mediano alcance, ante lo cual Rusia ya reaccionó advirtiendo que podría reactivar la fabricación de misiles y armamento nuclear en caso de que la intención norteamericana prospere.

Por supuesto, el historiador no diría la fecha exacta del estallido de la guerra, pero podría utilizar el mismo lenguaje impreciso que utilizan los profetas de hot line: “en los tiempos venideros habrá una gran guerra de consecuencias horripilantes”, con la obviedad de que cualquier guerra tiene consecuencias horripilantes.

En el caso de los fenómenos de la naturaleza, un meteorólogo podría vaticinar devastadores huracanes y tifones en los meses del verano, a sabiendas de que en Mayo comienza oficialmente la temporada de huracanes y que las corrientes marítimas del norte y del sur del planeta generalmente suelen producir ese tipo de fenómenos; máxime ahora que el deshielo de los polos, generado por el calentamiento global de factoría netamente humana, ha alterado el nivel y la temperatura del agua de los océanos.

Sin embargo y por desgracia, el dicho de un historiador o un meteorólogo resulta menos atractivo que las mamufadas estrambóticas de los tarotistas, expertos en feng sui y videntes de pacotilla.

Así que para muchas personas que creen o intentan asimilar el esoterismo de otras tradiciones culturales, como la china –milenaria y respetable- este es un año de furias, en el que si no nos carga el payaso a causa de un tsunami de grandes proporciones, nos carga por el estallido de una guerra nuclear. Pero de que nos carga, nos carga.

En lo personal creo que mi año del cerdo comenzó desde que decidí renunciar a la consultoría en la que era una de las estrellas principales del show, en aras de continuar mi (de)formación académica, porque desde entonces como que la suerte me ha pintado medio pinche: me dejó mi novia, siendo que tradicionalmente era yo el que terminaba (o nomás desaparecía), comenzaron a gustarme las chicas guapas (aun a sabiendas de que por lo general existe una relación inversamente proporcional entre su belleza y su capacidad intelectual), cuando que antes me gustaban las feas por una razón práctica: son como la culpa, nadie se las quiere echar y por tanto el riesgo de que alguien más arrojado o apuesto las conquiste es mucho menor; de hecho es prácticamente inexistente.

Además, y pesar de que aun conservo mis otros trabajos, mis ingresos se redujeron considerablemente, adelgazando la lista de mis vicios privados (ahora en lugar de DVD’s porno originales son VCD’s piratas de sexo casero y en lugar de “Hustler” es el “Sexacional de mercados”… creo que el cerdo no es el año, sino yo. Terrible, terrible!); y paradójicamente ahora que tengo menos ocupaciones tengo menos tiempo que cuando trabajaba, daba clases, asistía las sesiones de consejo distrital, iba a mis clases de idioma por las mañanas, a mi curso de macramé por las tardes, traficaba con órganos, asaltaba bancos y sacaba a pasear al perro.

Por suerte una amiga y colega muy querida, basada en quién sabe qué teoría esotérica, dice que se trata de una racha con la que se cierra un ciclo y se abre otro en el que los primeros días son vitales para emprender nuevos proyectos y fijarse nuevas metas. Se supone que ya estoy en esos primeros días y por tanto debo pensar muy bien y echar a andar mis nuevos proyectos y metas, a fin de que lleguen a buen término.

Aunque, por otra parte, no debería ser tan malo para mí el año del cerdo considerando que me gustan mucho los tacos de carnitas y de chicharrón. En este sentido, creo que para los únicos que podría ser malo es para los judíos y los musulmanes. Allá ellos.


P.S. En días recientes precisamente mi amiga Elba –la misma de la teoría esoterica- me regaló una espléndida colección de ensayos de Fernando Savater, intitulada “El contenido de la felicidad”.

El autor y el título no son fortuitos; obedecen a una trama de cavilaciones existenciales en la que hemos tomado parte activa desde hace mucho tiempo. La dedicatoria que me escribió en la primera página del libro está genial y creo que es la mejor y más bonita que me han hecho: “Deseando sea feliz a cada instante y que logre comprender mejor a la humanidad con su razón y sus propias pasiones…

Creo que ésa será una de mis nuevas metas.

El Perjume

¿Fue acaso porque en su momento no me gustó la novela o porque la adaptación cinematográfica es a todas luces deplorable? Aun no he logrado formular una respuesta concluyente a esta interrogante, desde que el viernes por la tarde acudí a la sala de cine para ver “El perfume. Historia de un asesino”, la versión cinematográfica de la novela homónima escrita por el alemán Patrick Süskind, y salí con una mueca de desaprobación.

Generalmente cuando tengo la intención mirar alguna cinta en el cine, evito leer las opiniones de los críticos especializados porque para ellos todo es decadencia, banalidad y chafez absoluta; y no hay nada como las joyas antiguas, es decir, los célebres largometrajes que durante su proyección mantienen despiertos sólo a los cinéfilos convencidos. De manera que en lugar de motivar a los espectadores comunes –entre los que, aunque resulte difícil creerlo, me incluyo- terminan por predisponerlos o de plano hacerlos desistir de su intención de mirar tal o cual filme.

Sin embargo, pienso que en esta ocasión debí haber leído las críticas; de esa manera hubiese evitado (maldito pretérito pluscuamperfecto, como te odio) que me doliera la espalda luego de estar aplastadote dos horas viendo una pésima adaptación de una pésima novela.

Sí, sé que la posible respuesta de quienes han leído con gusto la historia del aprendiz de perfumista Grenouille, es que yo mismo tengo la culpa por haber escogido mirar esa cinta y no otra. Pero la verdad es que me declaro inocente porque cedí el derecho de elección a cambio de unas palomitas y una coca-cola, además de pretender proyectar una imagen de apertura hacia la cultura comercial con la finalidad de no quedar frente a mi acompañante como un culterano rancio y aburrido (eso de quedar bien en la primera cita tiene un alto costo y no precisamente económico).

Pero haciendo a un lado los elementos secundarios, quiero expresar porqué en mi opinión la adaptación cinematográfica de la novela de Süskind es tan mala -o aún más mala que la novela.

Primero porque a pesar de que la producción tuvo uno o dos buenos momentos a lo largo de la cinta (la reconstrucción de la vida cotidiana de los núcleos populares de las villas y ciudades francesas del siglo XVIII, la congregación multitudinaria para observar la ejecución de la sentencia de Grenouille, en donde se observa con claridad la división estamental de la sociedad), en general no logró proyectar la atmósfera lúgubre que Süskind delineó en la novela como telón de fondo para el desarrollo de toda la historia. Quizá la fotografía tampoco ayudó.

La dirección es tan deficiente que el actor que interpreta al aprendiz de perfumista parece un auténtico tarado y no logra proyectar nunca la esencia tétrica y de siniestra obsesión por los olores propia del personaje. Más bien parece un perro husmeando el aire o un cocainómano snifeando los restos del polvo que le quedaron en la nariz. Y ese es todo su potencial. Bueno, es tan chafa la dirección que hasta un actor de los vuelos de Dustin Hoffman parece adolescente de bachillerato representado la obra de teatro de su escuela.

Ni qué decir de la escena de la orgía comunitaria. Es tan fresa y mojigata que más bien parece una escena romántica extraída de una película de Sandra Bullock o Julia Roberts, cuando que para ese acto de furor sexual desmedido hubiera sido mejor que contrataran a un director de cine porno.

La musicalización es igualmente desafortunada. No ayuda en nada a realzar los momentos álgidos de la trama. En lugar de aumentar el suspenso y la expectativa, produce somnolencia.

El guión está tan mal adaptado que termina degenerando aún más la calidad de una historia ya sobradamente deficiente en términos literarios. Los diálogos son parcos, simples y sin gracia. Además, la voz en off narra la trama con un acento británico demasiado irritante, que paradójicamente contrasta con la locación francesa de los acontecimientos.

En fin, que lo único rescatable de “El perfume” son los trailers de las otras películas y eso para quienes gustan de los churros enlatados.

P.S. A propósito de la mecánica cuántica, porque tendría que apoyar el Estado mexicano una industria privada como la cinematográfica, estando copada por pequeñas mafias de actores y directores que pretenden hacer dizque “denuncia social” a través de historias muy chafas en las que si no salen dos o tres escenas de desnudos vulgares -remanentes del cine de ficheras- no son consideradas por ellos mismos como buenas cintas.

Si la industria del cine en México no es rentable es porque los propios productores, directores y actores se han encargado de llevarla a la quiebra.

Cierto, el gobierno debería promover regulaciones de competencia para que los circuitos comerciales abran sus salas a la exhibición de cintas nacionales. Pero no sé hasta qué punto resulte tan atractivo para los espectadores (y lucrativo para los exhibidores, porque el cine antes que arte es negocio) ver a Demian Bichir interpretando a un drogadicto, a un periodista izquierdoso y a un looser demente en tres distintos filmes proyectados durante una sola semana.

Puede ser una frivolidad o una “burda imitación” del cine de Hollywood, pero Lemon Films demostró con “Matando cabos”, que en México se puede hacer buen cine, con un sello propio, sin recurrir a los clichés de las ciudades oscuras y las almas atormentadas. Ahí está la muestra, es cuestión de honestidad aceptar que es funcional e intentar seguirla.
Un saludo a mi lector anónimo, que pasó de revisor de estilo a cupido. Gracias pero no gracias.

15 feb. 2007

Sobreviví al día de san Valentín

No sé si haya sido debido a la noticia de que Al Quaeda ya nos puso en la mira de sus potenciales blancos terroristas (aunque en realidad la mayoría somos morenos) , o a que el depósito de la quincena se hizo apenas hoy por la mañana, pero el hecho es que el día de ayer 14 de febrero, no vi tanta parafernalia o cursilería para festejar el amor y la amistad.

O talvez sí la hubo, pero en la zona del sur de la ciudad en la que se ubica mi casa y mi trabajo, no se registró tanto alboroto como seguramente sí sucedió en el centro o en las colonias chic famosas por sus bares, cafés y restaurantes (la Condesa, la Roma, etc.).

El punto es que además de que estuve trabajando como burro todo el día en la traducción de un miserable artículo que ya me sacó canas verdes, también empecé a preparar mi notas introductorias a La Ciencia Nueva, que es el texto del filólogo italiano Giambatista Vico con el que comenzaré mi curso.

Ya por la tarde-noche me fui a comer al merendero donde siempre, y la chica que suele atenderme me dió una puñalada trapera en forma de pregunta: "y qué joven, usté no celebra eso del día del amor? a poco no tiene novia?". Solo atiné a ordenar mi menú y esbozar una sonrisa gentil.

De ahí me fui a la libreria y me llevé la grata sorpresa de encontrar a otros grinchs del día de san Valentín deambulando entre los estantes en busca de algún título interesante.

Por lo que a mi hace, compré "La misteriosa llama de la Reina Loana" de Umberto Eco en una edición especial de pasta dura a un precio bastante accesible. También compré "El amor y la religión" de Sören Kierkegaard, "Los diez mandamientos en el siglo XXI" de Fernando Savater (que está excelente) y "Fundamentos de Ciencia Política" de Manuel Pastor.

La verdad no todos los voy a leer de un tirón; tengo libros que compré hace dos o tres años y que apenas he ojeado, pero los tengo en mi lista de espera junto a los otros chingocientos mil chorrocientos que me faltan por leer.

Por el momento ya he empezado la novela de Eco y la verdad está genial. No puedo decir más acerca de este semiólogo italiano; simplemente que es mi maestro en el díficil arte de la ironía y el sarcasmo.

En fin, que pasé otro día más de san Valentín sin contratiempos...

... a excepción del convivio de mis vecinos a quienes no pude decir que no.

Un saludo a mi lector anónimo; bueno, supongo que me lee. Aunque las preguntas que me ha realizado no están precisamente relacionadas con lo que aquí escribo.

13 feb. 2007

Buen presagio

Recién he regresado de presentar el programa de mi clase de filosofía y teoría política. Debo admitir que la impresión que me causó mi nuevo grupo es muy positiva. Hay personas con una gran disposición al análisis y la reflexión política, y como se los expresé a ellos, espero que el curso que hoy iniciamos sea constructivo y enriquecedor de nuestros respectivos panoramas intelectuales.

En esta ocasión quiero experimentar con un formato de cátedra basado en los orígenes de las facultades universitarias; es decir en la preparación de las clases como conferencias (lectio) que den pauta a la discusión (disputatio).

Ver la disposición y el buen ánimo de los alumnos es buen presagio de que éste será un curso muy interesante y de que tendré que preparar con esmero mis lecciones.

Un saludo.

Giovanni Papini: del odio entre los contrarios

Como el día de mañana pienso tener el mínimo contacto con el mundo, de una vez adelanto la publicación de otro texto más como parte de mi jornada de resistencia cultural contra el amor concebido como un producto burgués.

Sí. Sé que puede parecer una extravagancia izquierdosa esta caracterización, o producto de la demencia marxista. Sin embargo el fenómeno del amor como producto burgués apareció cuando menos un siglo antes de que Marx comenzara a teorizar acerca del capitalismo y las relaciones de clase establecidas en torno a los medios de producción.

De hecho uno de los primeros en abordar el tema, pero no desde la perspectiva del observador sino del protagonista, fue Rousseau quien a partir de sus experiencias en los salones parisinos y sus romances con importantes damas de la aristocracia francesa –quienes, por cierto, lo mantenían mientras él se desatendía de sus hijos y de su esposa legítima, Teresa Lavoisseur- escribió no sólo una nutrida correspondencia apasionada, sino también una célebre novela romántica intitulada La nueva Eloisa.

No obstante, Rousseau al igual que los escritores posteriores pertenecientes al movimiento romanticista de mediados del siglo XIX, como Senancour y Musset, fueron deudores del amor cortés surgido durante el medioevo, consistente en la exaltación espiritual en mayor medida que la exaltación carnal, de las relaciones entre hombres y mujeres de la aristocracia feudal, siendo los principales vehículos de expresión de esa epopeya sentimental los poetas y trovadores, es decir, personajes del vulgo que con el tiempo se convertirían en los literatos y artistas de la burguesía.

En fin, para no echar tanto rollo aburridor acerca de la configuración histórica del amor como producto burgués, en el sentido de cosificación y comercialización de objetos que en principio deberían ser intangibles y pertenecientes a la esfera íntima de los individuos, ahí van fragmentos del ensayo de Giovanní Papini en torno al amor.

Antes debo advertir que no tengo la referencia bibliográfica completa del texto, debido a que sólo tengo un facsímile del mismo.

Amor

La mujer ve en el hombre aquél que debe dominarla, al enemigo. El hombre ve en ella a quien querría dominar, a la enemiga. Entre ellos se miran como el animal no capturado y el cazador no victorioso. Los dos derrotados están siempre a punto de odiarse. La forma más célebre de ese odio se llama amor.

El amor es una guerra diferente de todas: el abrazo no es sino la tentativa de suprimir a uno de los antagonistas… La esencia del amor consiste en querer reducir a dos seres a la unidad: uno u otro debería ser anulado pero ninguno de los dos quiere ser destruido y cada uno intenta destruir. Las dos voluntades, idénticas pero contrarias, se consumen en una lucha dolorosa interrumpida por breves armisticios de felicidad.

Ya en su origen carnal el amor es presentimiento de muerte: el oscuro impulso de crear un ser nuevo destinado a tomar nuestro puesto el día del fin.



Entre las causas del amor, una es la soledad; y el amor nos deja todavía más solos. Su promesa de comunión perfecta nos consolaba con la esperanza, pero la prueba nos despoja también de la esperanza. Cada uno de los amantes sólo puede amarse a sí mismo, a lo sumo, ama en el otro algo de sí mismo… Cada uno ama en el otro un retrato pintado por la propia fantasía. Pone en el amado lo que en sí mismo es deseo, veleidad. Un manto imperial drapeado sobre un enano ruin, o un manto de Virgen sobre una mujerzuela fácil de comprar. Y no aprenden: caen. Al final la experiencia descubre que el fantasma imaginario no tiene nada que ver con la persona concreta.



La esencia del amor y su grandeza reside en querer lo imposible y en su impotencia para alcanzarlo.



El amor está de tal manera circunscrito a lo imposible que destruye lo que quiere crear y da lo que quiere quitar.

Al igual que el absoluto, del que es sinónimo, es un antes y un después: jamás certeza de presente. Lo único soportable que tiene el amor es el seseo naciente y el recuerdo lejano. Surge del deseo y el deseo transfigura al amado y a la amada: toda la gracia, el poder, la dulzura del amor, pertenecen a este tiempo de preparación y de distancia, cuando uno es para el otro un misterio o un espejo para recrearse en su propia belleza. Ni bien el deseo es satisfecho, viene la tristeza, el desencanto, el remordimiento: comienza el fin. Y cuando el amor ha terminado y está lejano, y se recuerda sólo la belleza del principio, la ilusión de la victoria, el delirio de la embriaguez sexual, entonces experimentamos más gozo –pero es el gozo de la memoria que contempla nuestra sustancia. Lo mejor del amor se reduce a una angustiosa promesa de la felicidad y a una añoranza dulce de la felicidad jamás gozada.

Sólo el indefinido amor al amor –amor no comenzado o amor ya muerto- nos ofrece un resarcimiento del suplicio guerrero.

Y esta compensación es concedida sólo a las almas lo suficientemente grandes para ser dignas de infelicidad. Y son las menos. En la mayoría el amor es juego de compartida lujuria o desviación del orgullo, o insaciada curiosidad por lo nuevo, o imitación, sugestión, simulación de buena fe.

Giovanni Papini, Amor.

Otros textos igualmente espléndidos acerca del amor, pero desde perspectivas disciplinarias ajenas a la literatura son:

Leonardo Consentino, Del amor y otras yerbas. Psicoanálisis para legos.
Rocío Silva Santisteban, El miedo a la utopía del amor en La Insignia, Perú, Julio del 2002.
Sigmund Freíd, Sobre la más generalizada degradación de la vida amorosa en Contribuciones a la psicología del amor II, Amorrortu, Buenos Aires 1947.



P.S Ya tengo el título y autor que mis alumnos tendrán que ir a buscar el día de mañana a las librerías: Paul La Mesquier, Hermenéutica del metarelato. Filosofía y lenguaje de la post modernidad, Tiró le blanch, Barcelona 2005.

Hay que reconocer que suena muy convincente, tomando en cuenta que los franceses se echan unas fumadas que nada más ellos entienden, como aquello de la intertextualidad derridaniana, o lo rizomatico de Paul Virilio.

Unamuno y el amor trágico

Continuando con mi gesta de resistencia cultural contra el 14 de Febrero, ahora publicaré un fragmento de “El sentimiento trágico de la vida” de Miguel de Unamuno -a saber mi gurú personal- en el que aborda la verdadera esencia del amor, es decir, la tragedia y el drama.

Por fortuna anteriormente transcribí ese fragmento para la elaboración de otro texto; de lo contrario hubiese sido imposible recordar las palabras precisas empleadas por el viejo filósofo español, debido a que tuve a bien obsequiar mi ejemplar de la obra referida, en un acto de buena voluntad y sincero agradecimiento.

Como sea, a continuación cederé este espacio para las palabras de Don Miguel, siempre tan arrebatadas y cargadas de pasión existencial:

El amor trágico

“Porque amar es compadecer, y si a los cuerpos les une el goce, úneles a las almas la pena.

Todo lo cual se siente más clara y más fuertemente aún cuando brota, arraiga y crece uno de esos amores trágicos que tienen que luchar contra las diamantinas leyes del Destino, uno de esos amores que nacen a destiempo o desazón, antes o después del momento o fuera de la norma en que el mundo, que es costumbre, los hubiera recibido. Cuantas más murallas pongan el Destino y el mundo y su ley entre los amantes, con tanta más fuerza se sienten empujados el uno al otro y la dicha de quererse se les amarga y se les acrecienta el dolor de no poderse querer a las claras y libremente, y se compadecen desde las raíces del corazón el uno del otro, y esta común compasión, que es su común miseria y su felicidad común, da fuego y pábulo a la vez a su amor. Y sufren su gozo gozando su sufrimiento. Y ponen su amor fuera del mundo, y la fuerza de ese pobre amor sufriente bajo el yugo del Destino que les hace intuir otro mundo en que no hay más ley que la libertad del amor, otro mundo en que no hay barreras porque no hay carne. Porque nada os penetra más de la esperanza y la fe en otro mundo que la imposibilidad de que un amor nuestro fructifique de veras en este mundo de carne y apariencias”.

De la intransigencia

Realmente admirable la intransigencia de algunos espíritus pequeños que guíados por la estulticia y la carencia de valor ético se esconden en los anónimos para criticar mi estilo literario.

No sé por qué tengo la insana sospecha de que esos arranques de ira se deben a cierta opinión que expresé en otro espacio acerca de un pintoresco ejemplar de la fauna política nacional.

Como sea, lo importante es precisamente no coartar la libertad de expresión. Si aquellas voces anónimas tuvieron a bien venir a este humilde reducto de estupideces sin sentido a vertir una opinión, quiero hacer de su conocimiento que si algo aprendí en esa institución vetusta, rojilla y revoltosa que es la UNAM, por cierto, la única universidad que hay en México, es que la risa es una expresión concreta de la tolerancia. Y cuando leí sus comentarios los toleré a montones.

No es ni oportuno ni valedero ofrecer aquí una semblanza de mi trayectoría académica. Este lugar es un divertimento y nada más.

Lo único que pido parafraseando a Savater es que me disculpen los ortodoxos de la sinrazón, la visceralidad y la estupidez, por no ser devoto de sus creencias.

Un saludo.

12 feb. 2007

Del odio, el amor y otras vicisitudes

En esta ocasión comenzaré con las otras vicisitudes, contrariando así mi propia y sana costumbre de comenzar siempre por el principio. Y es que esas vicisitudes por poco interrumpen mi jornada de resistencia (in)civil contra el amor y demás yerbas (¿o hierbas? ya me surgió la duda porque “hierbas” sería la forma subjuntiva presente en voz imperativa del verbo hervir para la segunda persona del singular, pero en este momento no tengo al alcance mi diccionario de dudas del español, así que si lo escribí mal, ruego que me dispensen sus mercedes) a causa de una conjuntivitis aguda que me dejó el ojo izquierdo como de boxeador noqueado al segundo round.

Desde el miércoles de la semana pasada comencé a sentir un ligero malestar en el ojo, pero se lo achaqué al lomo del libro que involuntariamente había utilizado como almohada la noche anterior. Sin embargo la molestia persistió y hacia la noche del jueves ya tenía el ojo tan rojo como un comunista ruso de los años veinte.

La tarde del viernes fue el acabóse; mi ojo se parecía al del marido de Paquita la del Barrio luego de una tremenda madriza propinada por esa gorda siniestra y más amargosa que el jugo de limón.

Entonces decidí hacer una visita urgente a mi doctor, que se declaró incompetente para atender mi conjuntivitis y me canalizó con un oftalmólogo que -cosa extraña en profesionistas con escasa o nula vida social, como los médicos, o los politólogos- había salido a cenar con su esposa justo esa noche.

Sin detenerme en consideraciones de cortesía y buenas formas le marqué a su teléfono celular y le dije que mi vida dependía de su rápida actuación y sus habilidades técnicas, antes de que fuera demasiado tarde.

Con un eufemismo muy elegante me dijo que no fuera tan mamón, que nadie se había muerto por una pinche inflamación del ojo y que me esperaba el sábado ¡al medio día! en su consultorio.

Con otro eufemismo, también elegante, le dije que se fuera a la chingada, que mi ojo no aguantaba hasta el medio día del sábado.

Así que con la moral en el piso y con el ojo como de perro recién nacido, decidí echar mano de mi último recurso: mi amiga Yara, que según su dicho, estudió medicina en los ratos libres que le dejaban sus continuos viajes alucinógenos.

Me pidió que relatara mis síntomas y luego de un breve silencio del tipo “a ver acuérdate, cuál era el tratamiento”, me recetó neosporin oftálmico, trimetropina con sulfametazol y naproxeno; junto con ranitidina para la inflamación que me produciría el naproxeno. Además de que me sugirió hacerme profilaxis con té de manzanilla y mantener el ojo tapado.

Así que ya con mi dotación de medicamentos y mi parche de gasa, me dispuse a convalecer todo el fin de semana.

Sin embargo ahí no acabaron las vicisitudes. Debido al parche en el ojo no pude leer, ni escribir (como Pedrito Fernández con la niña de la mochila azul), pues por si fuera poco, el ojo que me quedó sano es con el que veo menos.

Pero el problema mayor no fue ese, sino mi incapacidad para conducir. Y como en mi auto priva una regla muy simple consistente en que quien conduce pone la música, al estar incapacitado para conducir tuve que soportar las músicas pubertas y hormonosas de mi sobrina, que contraria a mi, anda totalmente instalada en la dinámica del “amor y la amistad”, escuchando a Nikki Clan, o como se escriba.

Afortunadamente mi recuperación fue pronta y satisfactoria, aunque todavía tengo una ligera inflamación.

Sin embargo estoy de regreso, dispuesto a resistir el asalto de la ridiculez, los chocolates en forma de corazones y la nausea producida por tanta miel derramada.

Por cierto, aprovecho para agradecer las muestras de solidaridad para con mi heróica y grinchesca causa; así como los comentarios, que son pocos, pero sinceros y muy reflexivos.

Para esta ocasión había pensado en publicar algunos fragmentos de un ensayo de Giovanni Papini acerca del amor, pero esta mañana leí en el diario una estupenda columna de Braulio Peralta que me pareció muy divertida y al mismo tiempo muy ilustrativa de la incertidumbre y la confusión emocional generadas alrededor de una relación amorosa. Ahí va:

Amantes, I

-Te odio.
-Yo también.
-Porque muchas veces he intentado dejarte.
-Y no hemos podido.
-Nos gana eso que llaman amor.
-Del que nadie ha podido descifrar su significado.
-Un invento del que ahora no viene al caso encontrar su significado en el diccionario.
-Pero sí conocemos la del odio.
-Es elocuente, directo y seco.
-Te odio y me odias simple y sencillamente porque estamos condenados a vivir juntos el resto de nuestras vidas.
-Porque nunca he dejado a nadie, hasta que terminan abandonándome.
-Porque serías incapaz de lo mismo. Aunque no siempre estoy seguro.
-Te odio porque te amo.
-Y me amas aunque no entendamos el término.
-Porque el amor es cobardía.
-Y rebeldía.
-Una tenaz resistencia a querer quedarnos solos.
-Una sinrazón para separarnos.
-Por esto que va más allá de la carne y el deseo.
-Del asco.
-O la ambición.
-O el poder.
-…
-…
-Me pregunto qué será el amor.
-Un amasijo de mentiras.
-Un deseo insaciable de llenar la soledad.
-Miedo.
-Valentía.
-Una tristeza infinita.
-O un optimismo que raya lo estúpido.
-Un invento de hombres y mujeres para acompañarse en soledad.
-Una reinvención personal para alejarse de la realidad.
-Esa sociedad que no nos permite estar solos.
-Que constantemente endilga las reglas del comportamiento civil.
-O religioso.
-Es la frustración.
-Es el resentimiento.
-De la necesidad de separarnos.
-De vez en cuando, sí.
-Y regresar.
-Por miedo.
-Y soledad.
-…
-…
-Dejémoslo así.
-Dejémoslo así.
-Buenas noches.
-Buenas noches.

Braulio Peralta, Amantes, I en Milenio Diario 12/II/07, p. 37

9 feb. 2007

Resistencia

Decidido a dar la batalla contra la embestida del día de san Valentín y la bola de sandeces, frusilerías sentimentales y actos verdaderamente ridículos que lo acompañan, he decidido batirme heroicamente promoviendo la contra hegemonía, representada por la sensatez y el sentido común.

Si bien este reducto es casi por completo desconocido y anónimo, es mi voluntad emprender aquí una campaña de resistencia cultural en contra la enajenación amorosa del tipo Winnie Pooh y sus amigos, promovida desde los centros de dominación ideológica del bloque en el poder (gracias Gramsci, y pensar que me parecías aburrido).

Así que durante estos días publicaré algunos textos encaminados a contrarrestar la concepción preelaborada del amor de corazoncitos y florecitas, a fin de descubrir que más allá de esa máscara de miel sobre hojuelas se esconden en realidad peligrosas patologías emocionales, causantes de la decadencia de la sociedad.

Para comenzar mi aventura quijotesca publicaré una selección de párrafos de una estupenda novela escrita por Fredéric Beigbeder, que bien podría ser referencia obligada en cursos de sociología o psicología, porque analiza de forma aguda y divertida el grado de escepticismo, desencanto y pesimismo prevaleciente en la sociedad contemporánea; cuya conjunción ha propiciado el debilitamiento de la cohesión social, problemas de identidad individual y desmovilización de las colectividades.

El amor dura tres años

Si he decidido difundir los siguientes fragmentos de la novela de Fredéric Beigbeder, “El amor dura tres años”, no es porque me sienta identificado con lo que en ellos expresa el autor, ni porque esté pasando por crisis emocional alguna.

Los reproduzco por el simple hecho de que me gustaron, y porque estoy convencido que algo de razón hay en ellos respecto a la idea predominante acerca del amor correspondiente a nuestro tiempo histórico, en el que irremediablemente ó es una ridiculez anacrónica ó es un producto de consumo, como cualquier otro que deambula en el mercado.

Hecha la aclaración, ahí van estos extractos. Espero que el autor no me demande por andar haciéndole publicidad gratuita a su libro.

“El amor es un combate perdido de antemano.

Al principio todo es hermoso, incluso tú. No das crédito a estar tan enamorado. Cada día trae consigo su liviana carga de milagros. Jamás nadie había conocido tanta felicidad. La felicidad existe y es muy simple: consiste en un rostro. El universo sonríe. Durante un año, la vida no es más que una sucesión de soleadas mañanas, incluso cuando nieva por la tarde.”


...

“Escuchar que el amor dura tres años no es agradable; es como un truco de magia fallido, o como cuando el despertador suena a mitad de un sueño erótico. Pero hay que acabar con la mentira del amor eterno, artesano de la infelicidad de la gente”.

...

“Me parece que todo el problema del amor radica en lo siguiente: para ser felices necesitamos seguridad cuando resulta que para estar enamorados necesitamos inseguridad. La felicidad se basa en la confianza mientras que el amor exige dudas e inquietud … Y enamorarse no es el mejor modo de encontrar la felicidad; si así fuera, ya nos habríamos enterado”.

...

“El amor es una catástrofe espléndida: saber que te vas a estrellar contra una pared, y acelerar a pesar de todo: correr en pos de tu propio desastre con una sonrisa en los labios; esperar con curiosidad el momento en que todo se va a ir al carajo. El amor es la única decepción programada, la única desgracia previsible que deseamos repetir”.

...

“Por más que sepa que el amor es imposible, estoy convencido de que dentro de unos años me sentiré orgulloso de haber creído en él.”

...

“Durante mucho tiempo, mi único objetivo en la vida fue autodestruirme. Hasta que, en una ocasión, sentí deseos de ser feliz. Es terrible, me siento avergonzado, perdonadme: un día experimenté esa vulgar tentación de ser feliz. Lo que he aprendido desde entonces es que aquél era el mejor modo de destruirme.”

...

“Finalmente, me comunicó que había encontrado un sustituto …

Ignoro por qué razón había imaginado que Anne se quedaría en viuda afligida, desconsolada. También ignoro por qué la noticia me molestó tanto. En fin, no, no ignoro por qué. Simplemente descubrí que tenía amor propio. Pequeño pretencioso. Te crees insustituible y enseguida eres reemplazado. ¿Qué me había creído? ¿Qué se suicidaría?”


...

“El amor dura lo que tiene que durar, me da lo mismo. Pero si quieres que dure, creo que es necesario aprender a aburrirse. Hay que encontrar a la persona con la que tengas ganas de aburrirte. Ya que la pasión eterna no existe, busquemos por lo menos un tedio agradable”.

Frédéric Beigbeder, El amor dura tres años, Anagrama, Barcelona 2003

Anna Nicole


1967-2007

Murió Anna Nicole Smith, inspiración de tantas y tantas prácticas onanistas alrededor del mundo.

Aún cuando no creo en la existencia de la justicia, comienzo a sospechar que la vida es injusta y que este año ha sido particularmente inmisericorde. Primero fue Kapuscinsky, ahora Anna Nicole, quién seguirá.

Un saludo

P.S Francamente no tengo ánimos para convertir este espacio en arena de controversias acerca de mis apreciaciones en torno a la religión; máxime si en los potenciales interlocutores priva una inclinación a la rijosidad y un desconocimiento considerable acerca de la materia.

8 feb. 2007

Por eso quiero ir a Italia

Entre mis dislates intelectuales ha permanecido latente la idea de realizar un doctorado fuera del país. De hecho la mira está puesta en Europa, porque además de que es la cuna de la intelectualidad occidental, no soportaría el pragmátismo de las universidades norteamericanas, con todo y que para parecer izquierdosas pongan en sus programas de doctorado en ciencia política los textos de Chomsky.

Incluso es más entretenido tener que volar seis o siete horas cruzando el charco, que volar tres o cuatro cruzando un mugroso río.

El punto es que con la mira puesta en Europa había pensando en primer lugar en Inglaterra; en parte porque ahí están la London School y la Sheffield University; pero antes que aprender inglés aprendí italiano, y bueno, también pensaba en Florencia o Turín antes de que muriera Bobbio.

Sin embargo a partir de la nota que recién leí en diario, mis ganas de ir a Italia han renacido.

Resulta que las italianas son las mujeres sexualmente más activas en Europa, pues en una encuesta realizada por la Sociedad Europea para la Anticoncepción, el 59 % dijeron tener uno o más encuentros amorosos (es decir, sexo desenfrenado) por semana.

Siendo objetivos la cifra es bastante conservadora, considerando que la gran mayoría de las italianas son como Monica Bellucci y Sofia Loren, que en lo personal considero que son mujeres que despiertan los instintos sexosos hasta del más célibe.

Pero aún así, uno o más encuentros sexuales por semana suena bastante atractivo.

Y ahora que lo sé me arrepiento de no haber continuado mis clases de conversación con Constanza Achinelli, una chica italiana que había venido a México a una estancia de investigación en COLMEX, pero que me cobraba como si fuera escort de lujo por 90 minutos de charla.

Lo bueno es que aprendí la pregunta esencial al respecto: vorresti scopare con me?

El rito romano y el motu proprio papal

En días recientes Joseph Ratzinger publicó el Motu Proprio en el que libera la Misa Tridentina establecida por Pío V después del Concilio de Trento, hace más de cinco siglos. Esto significa que los presbiteros que así lo deseen podrán celebrar la misa en latin sin pedir necesariamente la autorización al Obispo.

La misa tridentina, llamada así porque su codifiación fue resultado del Concilio de Trento mediante la bula Quo Primum Tempore, había quedado reservada a celebraciones solemnes por el Concilio Vatiano II, que favoreció el oficio litúrgico en lengua vernacula aceptando algunas modificaciones con el afán de "modernizar" los ritos de la Iglesia.

El significado del Motu Proprio publicado por Benedicto XVI con el auxilio de la comisión Ecclesia Dei, es una muestra clara de que el Papa alemán esta resuelto a llevar a la Iglesia cinco siglos atrás, en tiempos en los que se esperaría de esa institución una puesta al día tanto en sus rituales, como en sus dogmas de fe y posiciones doctrinales respecto a los problemas que aquejan al mundo actual y por tanto a los fieles de esa confesión: enfermedades sexuales y problemas de identidad causados la homofobia, por citar los más importantes.

Por supuesto que no toda la comunidad cristiana está en desacuerdo con la decisión de levantar la prohibición a la misa en latín. Hay sectores de la intelectualidad europea identificados con posiciones peligrosamente conservadoras, que celebran la decisión papal porque en su interpretación constituye un reconocimiento al legado cultural y religioso de la cultura y civilización cristiana.

Incluso desde que en el Concilio Vaticano II se estableció la celebración de la misa en lengua vernacula, hubo voces de intelectuales afamados que reclamaron airadamente al Papa por su decisión de acerca la Iglesia al pueblo. Entre aquellos intelectuales destacaron por su renombre Jorge Luis Borges, Agatha Cristie, Graham Green y W. H Auden.

No obstante, no todo en la decisión de Ratzinger es regresivo; en parte también busca afirmar la supremacía teológica del dogma central de la misa (particularmente del rito romano), frente a los rituales y dogmas de las Iglesias Reformadas, que en sus inicios erradicaron la noción del sacrificio de sus litúrgias; lo que significó el desplazamiento del concepto de la Real Presencia de Cristo en el Sagrado Sacramento, por las lecturas bíblicas y los sermones interpretativos (hermeneútica bíblica).

Ahora, quienes me han leído de forma más o menos sistemática se preguntarán por qué escribí acerca de mi descontento con el retorno de la misa tridentina.

Sencillamente porque me gusta la teología y el estudio de la religión, y porque considero a la Iglesia Católica como una de las instituciones espirituales más sólidas en cuestiones dogmáticas, que combina elementos filosóficos con otros de carácter escatológica.

Por tanto el regreso de ese misal me parece elitista, debido a que realmente son muy pocas las personas que entienden el latín y la gran mayoría quedaría excluída de participar activamente en la celebración. No me imagino a personas humildes que apenas dominan su lengua materna, tratando de cantar el Confiteor Deo omnipotenti...

Pero creo que muy poco podré hacer con mi casi anónima protesta, pues si nisiquiera a Hans Küng, amigo personal de Ratzinger, le hacen caso, qué se puede esperar de una alma como la mía que está más cerca del agnosticismo que de la fe.

7 feb. 2007

Confabulación

Para quien está habituado a padecer delirio de persecución crónico, no debería resultar difícil aceptar la existencia de ciertos momentos en los que el mundo deliberadamente confabula en su contra.

Situaciones en las que todo pareciera estar maliciosamente orquestado para hacerle sentir desgraciado y miserable, desde el comienzo del día hasta el anochecer.

Más que difícil es irritante, debido a la naturaleza arquetípica de cursilería pasional implícita en el acontecimiento confabulatorio, cuyo desenlace supone ejercer la capacidad de decisión –por lo demás prerrogativa exclusiva de las personas libres- ante una disyuntiva emocional que habrá de definir el estado de ánimo de los días venideros, entre la pesadumbre y el estoicismo.

Sin embargo, lo verdaderamente detestable no es decidir, sino reconocer que la disyuntiva que apremia la elección ha sido propiciada por una serie de eventos que, ya fuera por mera contingencia o por deliberada conspiración, conformaron el escenario propicio para una escena digna del video clip más ridículo, de la canción más cursi, acerca del desenlace –triste y dramático- de una relación sentimental.

Una tarde fría y lluviosa, un viento gélido soplando ligeramente, la mesa de un café de diseño; en ella, un par de insensatos que se fustigan de forma artera sus errores y desatinos. La discusión sube de tono, pasa del reclamo al reproche.

Las ofensas comienzan a fluir en el lenguaje con adjetivos originales: demandante, agotador, exigente; y con sustantivos de igual ascendencia: inmadurez, lasitud, incomprensión.

Afuera la lluvia comienza a arreciar y las personas buscan apresuradamente dónde guarecerse. El tráfico comienza a incrementar. La luz del día lentamente desaparece ante el crepúsculo.

Dentro la discusión se ha convertido en un soliloquio incriminatorio, fondeado por la música de una canción pop harto sintomática: I think I’ve already lost you… En la mesa vecina una de las ocupantes ha reparado en la situación y mira discretamente.

El monólogo prosigue.

Ahora es una extraña mezcla de recriminación y halago presentada en forma de metáforas bien singulares: el Universo, la masa crítica, la anti materia.

De pronto aparece un adjetivo que de tan original provoca estupefacción en el rostro de su destinatario. Absorbente.

A excepción de los anuncios de pañales, toallas sanitarias o pañuelos desechables, nunca antes había escuchado el uso de esa palabra como un calificativo hacia su persona. Le resulta novedoso, pero irritante.

El monólogo termina y las manos, que habían permanecido entrelazadas, se sueltan. El silencio que impera en la mesa es cubierto por la música de otra canción: When it’s over… All the songs she used to sing/Have gone out the window

Ella se levanta de la mesa, le dirige una última mirada y se da la media vuelta. Abandona el lugar.

La ocupante de la otra mesa mira sorprendida. Afuera la lluvia continua cayendo.

El absorbente, exigente y agotador ocupante de la mesa se retira.

La noche ha caído sobre la ciudad, ahora tan triste y sombría como nunca. El ruido del tráfico se vuelve lejano y el frío se torna inclemente.

Se acomoda el abrigo y la bufanda. Camina lentamente mientras fuma un cigarrillo. Mira hacia ninguna parte, pero siempre con el rostro en alto.

En el escaparate de una tienda de discos mira un gran corazón rosado. “Celebra el mes del amor” es el eslogan de la temporada.

Comienza a sonar una canción llena de sentimentalismo adolescente, se llama Viajar contigo. En la acera de enfrente camina con paso lento una pareja de ancianos. Se abrazan con ternura y se sonríen.

Más adelante otra pareja, más joven, se besa en medio de la lluvia.

Todo es una confabulación en su contra; quieren hacerle creer que la felicidad existe y que el amor es para toda la vida.

Para él la felicidad y el amor son una estafa.

Pero aún le queda ánimo para reírse de si mismo y comienza a cantar: Febrero me gustó pa’ que te vayas, que sea tu cruel adiós mi día de san Valentín…

6 feb. 2007

Frío

No es una ironía que los efectos del calentamiento global se reflejen en un días gélidos, grises y bien aburridos; bueno aburridos en cuanto a la imagen del paisaje urbano, completamente sucia a causa del lodo propiciado por las permanentes lluvias del fin de semana.

Hay que reconocer que la temporada invernal llegó con mucho retraso, y de continuar así habrá que apurar a la curia vaticana a cambiar nuevamente el calendario litúrgico, a fin de que la Navidad tenga lugar en el ambiente gélido y acompañado de nieve al que nos acostumbrarón desde que Dionisio Exigius decretó que el nacimiento de Cristo se celebraría cada 25 de diciembre.

En fin, maldito calentamiento global.

Quisiera escribir más, pero en estos días no los ánimos escasean...

3 feb. 2007

Alivio

Es bueno saber que no soy la única persona alrededor del orbe que odia el día de san Valentin. Eso es un alivio, pues estaba a punto de auto declararme un resentidazo sentimental.

Y no, no se trata de ir contra la corriente, sino simplemente de señalar uno de los tantos momentos que el cerdo y asqueroso capitalismo (habrán de dispensar esa expresión tan enardecida, pero estuve escuchando un discurso de Hugo Chávez) ha aprovechado para cosificar y convertir en materia de lucro los aspectos privados de la vida de las personas.

En este preciso momento me da mucha flojera echarme aquí todo el rollo de la pseudo concreción y la cosificación, porque además de que hace mucho frío y el día esta medio pinche, ya no tengo tan frescos en la memoría los argumentos principales que Karel Kosic formuló al respecto en la "Dialectica de lo concreto".

Aprovecho que ya no se me ocurre nada más y que sólo estoy escribiendo por inercia, para agradecer a quienes se toman la molestia de leerme, y todavía más, a quienes se toman el tiempo para dejar un comentario.

Un saludo para todos y buen fin de semana!

1 feb. 2007

Febrero

A reserva de otras opiniones, tengo la impresión de que el mes de Enero transcurrió demasiado lento, debido quizá a que fue el primer mes del año, así como al cansancio que sobrevino después de la intensidad de las últimas semanas de Diciembre; cansancio que por lo demás se resintió durante casi todo el mes que recién concluyó, no sólo en los ánimos, sino también en los bolsillos.

En lo que a mi concierne, un factor adicional que ha contribuido en mi percepción de un lento transcurrir del tiempo, ha sido el hecho de que en términos laborales Enero fue un mes muy relajado, cuyas tardes las pasé leyendo plácidamente en casa, o jugando solitario en la computadora de mi cubículo.

Afortunadamente el día de hoy comienza Febrero, mes de fiesta nacional por diversos motivos. El primero de ellos es el festejo del “día de la Candelaria”, que en todos lados es aprovechado para comer tamales y beber atole por la mañana, e ir a comer a casa de los compadres por la tarde.

Luego viene el primer “fin de semana largo” del nuevo calendario laboral, so pretexto de conmemorar la promulgación de nuestra remendada e incumplida Constitución.

Después el “martes de carnaval”, luego el “día de la bandera” y, por supuesto, el día del natalicio del mayor prócer intelectual que haya dado este país de globos y bicicletas al mundo.

Claro, Febrero es también el “mes del amor y la amistad”. Pero a mi francamente no me importa, porque mis amistades las cuido y las conservo presentes durante todo el año, y no sólo un día en el que cualquier lugar que expenda café o tenga mesas y sillas, se encuentra abarrotado por hordas de ilusos que le rinden culto al consumismo, la ridiculez y el estereotipo.

Así como existe el Grinch en la Navidad, así existo yo el 14 de Febrero. Ese día procuro pasarlo en casa o salir a lo meramente indispensable.

Apago mi celular, no leo el diario, no escucho la radio, no enciendo la televisión; todo esto con la finalidad de evitar la nausea que me produciría ver decenas de globos en forma de corazón, osos de felpa, ramos de flores y montones de parejas por todos lados, pretendiendo ser felices cuando, en realidad, el amor no comporta felicidad sino mucha angustia, incertidumbre y drama.

Por otra parte, Febrero es conocido como el “mes loco”; aunque cabría recordar que tal dicho (Febrero loco, Marzo otro poco) se refería originalmente a los drásticos cambios climáticos que se podían registrar de un día a otro, durante este mes.
Sin embargo, con los efectos del calentamiento global ahora todos los meses se dirigen inevitablemente a la demencia climática, debido a la alteración de los ciclos meteorológicos ocasionados por la contaminación.

Como sea, Febrero es mi mes preferido del año, a pesar de contener entre sus fechas el “día de san Valentín”, que por cierto, será un día después de haber presentado mi clase introductoria al curso de segundo semestre; lo que me da pauta para maquinar una idea perversa.

A fin de evitar que los alumnos se vayan a festejar esa payasada monumental, los obligaré recorrer las librerías buscando un título y un autor que no encontrarán nunca, porque los voy a inventar: jijijiji (imaginen que es una risa malvada, como la de Gargamé cuando les hacía maldades a los pitufos).

Por supuesto, Febrero es también el mes de la Feria del Libro en el Palacio de Minería de la UNAM.

Así que, bienvenido Febrero loco.

Un saludo